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Como un cuerpo extraño en un hospital

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Abc.es 
Soy sacerdote desde hace seis meses y, en este tiempo, he comprobado que un joven vestido de negro riguroso y con alzacuellos no pasa inadvertido. Ya me he acostumbrado a la primera mirada curiosa, a la sonrisa limpia de los niños y también a los resoplidos, muecas o silencios incómodos de quienes consideran mi presencia una anomalía. Pero lo vivido estos últimos días ha sido distinto. Mi padre fue operado de urgencia por una hernia inguinal que se complicó más de lo previsto. Dejé mis encargos pastorales en buenas manos y salí apresuradamente hacia el hospital. Allí me sentí, literalmente, como un pulpo en un garaje. Un hospital moderno, de unos quince años de antigüedad, ya sin capilla. Y la presencia de un sacerdote no se interpretaba como algo natural o siquiera comprensible, sino como una rareza, una excentricidad fuera de catálogo. Varios me preguntaron quién había fallecido. Otros dieron por hecho que mi presencia anunciaba un desenlace fatal, fruto de la vieja confusión entre la unción de los enfermos y la antigua 'extremaunción', como si la oración solo tuviera sentido cuando la medicina ya ha arrojado la toalla. Aunque mi padre presumía a discreción de tener un hijo sacerdote –y pronto toda la planta supo de mi reciente ordenación–, yo seguía siendo, a ojos de muchos, un cuerpo extraño. Solo una enfermera, una sola, me dijo que antes era habitual ver sacerdotes por el hospital: llevando el viático, acompañando a los enfermos, ofreciendo una palabra de aliento. Hoy, en cambio, parece que solo nos preocupa la salud del cuerpo, como si el alma fuera un apéndice prescindible, tolerado a regañadientes mientras no interfiera en los protocolos sanitarios. Sin embargo, en el Evangelio ocurre siempre al revés. Jesús comienza sanando el alma –perdonando los pecados– y solo después, como signo visible, devuelve la salud al cuerpo. La carta de Santiago y el Evangelio de san Marcos son explícitos al hablar del poder de la oración y de la unción con óleo para la salvación del enfermo. Pero me temo que hemos separado tanto el cuerpo del alma que nos hemos vuelto seres escindidos, casi bipolares: salimos del hospital y, para recomponer el espíritu herido por la fragilidad, acudimos a cualquier gurú de 'mindfulness' que nos ayude a 'gestionarla'. Somos polvo y al polvo volveremos. Lo escucharemos de nuevo en unos días, al comenzar la Cuaresma. Pero mientras el cuerpo se desgasta, el alma –si se la cuida– puede permanecer sana, lúcida y orientada hacia Aquél por quien y para quien fue hecha. Quizás el verdadero escándalo de nuestro tiempo no sea la presencia de un sacerdote en un hospital, sino la ausencia de preguntas por aquello que no se ve con los ojos, pero que, sin embargo, sigue siendo lo más real. Ramón Fernández Aparicio. Valencia



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