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El cerebro que nunca descansa: alto rendimiento, hipervigilancia y la factura invisible del deporte profesional

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En el deporte profesional —particularmente en disciplinas de contacto como el futbol americano— existe una consigna no escrita pero ferozmente respetada: resistencia. Resiste el golpe, la presión, el error, la crítica, el miedo. Resiste incluso cuando el cuerpo y la mente ya no pueden más; cuando rendir importa más que sentir. Ese mandato no solo forma atletas funcionales. Forma cerebros entrenados para sobrevivir -en sentido literal y figurado-, no para autorregularse.Durante años, el debate público se ha concentrado en las conmociones cerebrales, los impactos repetidos, el daño neurológico visible. Pero hay otra herida, más silenciosa, más difícil de medir, que no aparece en resonancias ni en estadísticas médicas: el patrón cerebral de hipervigilancia.Pilar Rojas, ingeniera industrial y entrenadora de neuro-retroalimentación cerebral, lo explica desde la electrofisiología, lejos del lugar común motivacional: “Cuando hablamos de hipervigilancia, hablamos de un patrón donde le quitamos energía a ciertas frecuencias del cerebro para llevárnosla a las más rápidas. Es un cerebro que se mantiene en alerta constante. ¿Sirve para competir? Posiblemente sí. ¿En el largo plazo? Te va a cobrar factura”. La factura no siempre llega en forma de lesión. A veces llega como insomnio, irritabilidad, fatiga crónica, conductas impulsivas o una incapacidad profunda para habitar el silencio cuando se acaba el ruido del estadio.Pilar Rojas insiste en desmontar una idea romántica que ha hecho mucho daño: que la mente lo puede todo. No. Detrás de la mente hay un cerebro, y ese cerebro funciona con electricidad, frecuencias y patrones aprendidos desde antes de nacer.Ahí está una de las grandes trampas del deporte profesional: confundir intensidad con desempeño.“En tu cerebro tienes energía, electricidad. Dependiendo de cómo se mueva esa energía, se crean barreras o habilitadores. Hay frecuencias lentas, rápidas y medias. Entre las lentas y las rápidas es donde se aprende. Y hay una frecuencia media, alfa, que es la del alto desempeño real”.“El estado ideal del atleta no es la hipervigilancia. Es moverse en alfa cuando compite. El problema es que muchos atletas no desarrollan suficientes ondas medias, entonces no saben entrar a ese estado. Por eso viven acelerados”. El cerebro hipervigilante no descansa. Respira rápido. Anticipa amenazas incluso cuando no existen. Vive preparado para el golpe, incluso fuera del campo. “Un atleta en hipervigilancia constante es un atleta que respira rápido. Y la respiración es la única forma consciente de darle ritmo al cerebro”. Respirar para no rompersePuede sonar simple, casi insultante para una industria multimillonaria, pero la regulación cerebral empieza por algo elemental: RESPIRAR. “Para que el nervio vago esté activo, necesitas más de diez segundos entre inhalar y exhalar. Lo ideal es seis respiraciones por minuto. Eso desacelera incluso el ritmo cerebral”. En un entorno donde el error se castiga y la exigencia es permanente, la autorregulación no se enseña. Se exige rendimiento, no equilibrio. “Cuando un cerebro no activa y desactiva a tiempo, se cansa. Y lo que no pudo liberar en su momento, lo suelta después. Ahí aparecen problemas de sueño, irritabilidad, dolores de cabeza, conductas inapropiadas” destaca la ingeniera. No es casualidad que muchos atletas retirados hablen de explosiones emocionales, adicciones o una sensación de vacío difícil de nombrar.Uno de los momentos más críticos para el cerebro del atleta no ocurre durante la competencia, sino después. “Cuando hay reconocimiento constante, es más difícil que el cerebro muestre lo que le falta. El reconocimiento externo funciona como muleta. Cuando desaparece, florece lo que no se trabajó” y entonces el retiro expone brutalmente los desbalances.“Cuando un cerebro entrenado para estrés extremo deja de estar expuesto, se siente descubierto. Ahí salen los problemas que estaban encubiertos”. No es un fenómeno exclusivo del deporte. Ocurre también en altos ejecutivos, líderes, figuras públicas. Pero en el atleta, el golpe suele ser más violento porque su identidad completa estaba anclada al rendimiento.El exatleta: cuando la voz ya no es parte del sistema. El ex receptor abierto de la NFL Calvin Johnson, miembro del Salón de la Fama, lo dijo con una honestidad incómoda tras su retiro prematuro de los Detroit Lions en 2016.Johnson habló públicamente del desgaste físico, pero también del mental:“La NFL es un negocio. Y mientras seas útil, todo funciona. Cuando ya no lo eres, te das cuenta de que estabas solo”. “Mi cuerpo estaba cansado, pero mi mente estaba peor. Vivía en alerta incluso fuera del campo. Tardé años en bajar esa guardia.”— Calvin Johnson, entrevista con Sports Illustrated, agosto de 2018.Ese “vivir en alerta” es exactamente el patrón que describe Pilar Rojas desde el neurofeedback.El neurofeedback es una técnica de entrenamiento cerebral basada en un principio simple y, a la vez, profundamente incómodo para muchos sistemas de alto rendimiento: el cerebro puede aprender a autorregularse si se le muestra cómo está funcionando.A través de sensores colocados en el cuero cabelludo (EEG), se registra en tiempo real la actividad neuronal. Esa información se traduce en estímulos visuales o auditivos —una imagen, un sonido, un videojuego, una película— que cambian según cómo esté trabajando el cerebro. Cuando el patrón es más eficiente o regulado, el estímulo “fluye”; cuando no, se interrumpe. El cerebro, como sistema adaptativo, aprende a corregirse sin órdenes conscientes.En el deporte de alto rendimiento, el neurofeedback se utiliza para mejorar concentración, control del estrés, recuperación tras lesiones, calidad del sueño y regulación emocional. No busca “hacer más duro” al atleta, sino hacerlo más estable. Y ahí está el choque cultural: mientras el modelo tradicional entrena para soportar, el neurofeedback entrena para salir y entrar del estado de alerta sin quedarse atrapado en él.Desde una perspectiva clínica, no es hipnosis ni sugestión. Es aprendizaje neurofisiológico. No se le dice al cerebro qué pensar, se le enseña cómo dejar de vivir permanentemente en modo amenaza. En atletas, ese estado de hipervigilancia suele confundirse con carácter, liderazgo o mentalidad ganadora. En realidad, sostenido en el tiempo, es desgaste.Por eso el neurofeedback resulta tan disruptivo en entornos como la NFL o la UFC: cuestiona la idea de que el alto desempeño exige estar siempre al límite. Propone otra lógica, menos épica y más incómoda: un cerebro regulado rinde más, dura más y se rompe menos. Y eso, para una cultura construida sobre el aguante, sigue siendo una verdad difícil de digerir.Crisis y retorno: la diferencia entre los que resisten y los que se rompenNo todos los atletas colapsan igual. ¿Por qué algunos logran transitar crisis extremas y otros no? Rojas cita un estudio clave del neurocientífico Barry Sterman, pionero del neurofeedback: “Sterman midió el cerebro de personas de altísimo desempeño en la NASA. La única correlación real no fue la ausencia de estrés, sino la velocidad con la que regresaban a alfa después de la crisis. No segundos. Milisegundos”. El alto desempeño no es aguantar más. Es salir más rápido del estado de alerta.“La diferencia real es la velocidad de activarse y desactivarse”. En el deporte, esa habilidad rara vez se entrena.En deportes de contacto, el cerebro puede desarrollar una trampa aún más peligrosa: la anestesia emocional “Después de impactos repetidos, se pueden producir alfas lentas. No son alfas de resiliencia. Son alfas de anestesia. No sientes. Y al no sentir, retienes.”No sentir no es estar bien. Es postergar el colapso. “Eso se cobra en el largo plazo. Sin duda”. Dice enfática Rojas. La pregunta es inevitable: ¿se puede revertir? “Sí es reversible, si el factor externo cambia. Si arreglas el cerebro pero el entorno sigue igual, el proceso se dificulta.”El problema no es solo individual. Es estructural. Lo que tendría que cambiar (y casi nadie quiere tocar).​Desde la perspectiva de Pilar Rojas, la protección real del atleta pasa por tres ejes simples, pero incómodos para el sistema: “Primero, autorregulación: aprender a activarse y desactivarse. Segundo, recuperación: dormir bien, no solo horas, sino profundo. Tercero, propósito: no concentrar la identidad en el deporte”. Porque cuando el deporte es el único propósito, el retiro se vive como una muerte simbólica. “Si cuidamos estas tres aristas, tendremos atletas exitosos, sí, pero también personas felices cuando ya estén retiradas”.Brett Keisel y el costo neurológico del “guerrero que aguantó”. Lo que Pilar Rojas describe desde su oficina, el futbol americano lo revela años después en los diagnósticos. Brett Keisel es uno de esos nombres que no aparecen en los comerciales del Super Bowl, pero sí en la lista de cuerpos que pagaron el precio completo.Brett Keisel, ex defensivo de los Pittsburgh Steelers, fue diagnosticado con demencia de inicio temprano (early-onset dementia) años después de su retiro de la NFL. El diagnóstico no llegó en pleno colapso mediático ni como parte de una demanda colectiva, sino de forma casi discreta, coherente con el perfil de un jugador que siempre encarnó la ética del aguante silencioso.Keisel jugó 12 temporadas en la NFL, la mayoría en una posición —línea defensiva— marcada por choques constantes, impactos subconcusivos repetidos y desgaste neurológico acumulativo. No fue un receptor de golpes espectaculares televisados; fue algo más peligroso: un cuerpo que absorbió violencia de forma sistemática, invisible y normalizada.Su caso es paradigmático porque rompe con el estereotipo del atleta “trágico”. No hablamos de conductas autodestructivas públicas ni de crisis explosivas, sino de un deterioro progresivo que aparece cuando el cuerpo ya dejó de ser útil al sistema competitivo. La demencia no irrumpe como un accidente, sino como resultado acumulado de una carrera construida sobre la repetición del impacto.En el ecosistema del futbol americano profesional, historias como la de Keisel suelen quedar relegadas porque incomodan: no permiten romantizar el sacrificio. No hay épica posible cuando el final es una enfermedad neurodegenerativa. Y sin embargo, su diagnóstico conecta directamente con el debate abierto tras el caso del Dr. Bennet Omalu y el reconocimiento del CTE: el daño no siempre se manifiesta en violencia o colapsos emocionales inmediatos, sino en pérdida de memoria, alteraciones cognitivas y erosión de la identidad.Editorialmente, Keisel representa algo aún más inquietante que el escándalo: el precio neurológico de haber hecho todo “como se debía”.No desafió al sistema mientras jugaba. No fue un rebelde. Fue exactamente el tipo de jugador que la NFL premia, celebra y utiliza como modelo. Y aun así, su historia confirma el núcleo del problema: la masculinidad del alto rendimiento no distingue entre fortaleza y daño irreversible.En un reportaje sobre liderazgo, masculinidad y salud emocional, Brett Keisel no es una anécdota: es la evidencia silenciosa de que el costo del espectáculo no siempre se paga en el campo, sino años después, en la mente.El deporte profesional sigue formando guerreros funcionales, no personas integrales. Premia la resistencia, castiga la pausa, romantiza el sacrificio y posterga la conversación incómoda.Mientras tanto, los cerebros siguen aprendiendo a sobrevivir en alerta. Y cuando el estadio se apaga, el ruido ya no está afuera. Está adentro.CIG



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