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Juan Ortega y su perfecta imperfección

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Íbamos a la plaza con la intención de dejarnos llevar, sabiendo que, a priori, la tarde apuntaba más al concepto que al resultado. Después, como casi siempre, la vida —y el toro— nos pondrían exactamente donde tuvieran que ponernos. Pero los puntos de partida importan. Importan porque la ambición, el afán por cortar orejas, es una forma de mirar el mundo; perderse en un muletazo, en cambio, es otra manera de habitar la tauromaquia.

Uceda Leal, Juan Ortega y Pablo Aguado componían el cartel, con una corrida de Torrealta como argumento ganadero. Llegaba la terna justa de campo. O incluso menos que justa. Porque tentar este año se ha convertido en una misión casi imposible. El invierno ha cerrado puertas, ha negado espacios y ha sembrado de incertidumbre las mentes de los toreros en este mes de febrero.

Las dudas son un mar abierto cuando no se ha podido entrenar en soledad, cuando la preparación se ha quedado a medio camino y todo se fía a la memoria y al instinto. Por eso los comienzos de temporada tienen algo de fascinante: son una puesta a punto compartida. El primero tuvo la pena, y no pequeña, de tener las fuerzas contenidas, y también la suerte de tener un espada delante que sabía con lo que se hacía con las yemas de los dedos. De ahí que, a pesar de que al toro le costaba ir y lo hacía al paso, cualquier expectativa de muletazo era un gusto. Uceda dio una vuelta al ruedo con el cuarto. Fue como si, casi sin darnos cuenta, hubiera ido robando el trasteo poco a poco, construyendo la faena con paciencia y oficio. El toro iba y venía a media altura, sin excesivo celo, pero fue suficiente para el madrileño, que supo sacarle partido. En esta ocasión, la espada sí redondeó las aristas de la tarde.

Colocaba la cara abajo el segundo, aunque le faltaba largura en la arrancada. Fue una faena pausada de Juan Ortega. El torero probó por el pitón derecho, pero los mejores pasajes llegaron al natural, por donde el muletazo alcanzó mayor profundidad y belleza desde el cite. También tuvo interés el tramo final de la faena hasta que tomó la espada.

Ortega, a la verónica con el quinto, nos recordó quién es: belleza y transmisión a partes iguales. Cuando el toreo brota de verdad, borra las horas de espera o de desidia. Prosiguió después con chicuelinas, y esta vez la cosa no acabó ahí, porque el Torrealta mostró prontitud, duración y repetición. La faena de Juan fue imperfectamente perfecta: cada gesto parecía medido, pero con esa imperfección que la hace humana y vibrante.

El toro tenía un bullicio en la embestida, una tendencia a quedarse un punto encima, lo que convertía cada tanda en un viaje sobre un límite inestable y emocionante. Su embroque era más potente al natural, aunque quizá las tandas más macizas llegaron por la diestra. No lo sé; fue toda una neblina mágica en la que perderse, porque el toreo, lejos de las matemáticas, consiste en perder la cuenta y abandonarse a la felicidad. La inspiración del torero hacía el resto. Y eso hicimos, hasta que metió el espadazo y paseó el doble premio.

Del moderado silencio en el que se estaba desenvolviendo la tarde nos sacó Pablo Aguado en el tercero. Bastaron apenas dos o tres lances para que el ambiente cambiara, porque en la cadencia lenta de sus muñecas comenzaron a brotar los olés. Fue un saludo breve, pero lleno de intención. Luego llegó otro quite más a la verónica, precioso en su forma y en su ritmo, que además sirvió de aviso de lo que podía venir, o quizá de lo que no terminaría de llegar. Porque el de Torrealta se dormía a mitad de la embestida, perdía fuelle sin querer empujar más allá de los vuelos, y esa condición acabó marcando el devenir de la faena. Aguado apostó por el trazo limpio, pero el toro andaba muy limitado de transmisión. Falló con el descabello. Con el sexto no tuvo la mínima opción. El flojo toro descompuso.

Ficha del festejo

Valdemorillo (Madrid). Tercera de feria. Se lidiaron toros de la ganadería de Torrealta. El 1º, tan noble como flojo; 2º, coloca la cara abajo y corta la arrancada; 3º, muy flojo; 4º, va y viene; 5º, pronto y repetidor; 6º; flojísimo. Lleno en los tendidos.

Uceda Leal, de catafalco y oro, tres pinchazos, estocada (silencio); estocada (vuelta al ruedo).

Juan Ortega, de visón y oro, pinchazo, estocada caída (silencio); estocada (dos orejas).

Pablo Aguado, de catafalco y oro, pinchazo hondo, tres descabellos (silencio); dos pinchazos, media (silencio).




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