En un país donde el origen pesa, el preescolar sí importa
En México hay una lotería que nadie compra, pero todos jugamos: el lugar donde nacemos. Y aunque nos guste pensar que el esfuerzo lo puede todo —porque viva México— la verdad incómoda es que el origen sigue marcando el destino, sí, en esta tierra donde por esfuerzo no se para. Por eso el preescolar —también conocido como Kinder o jardín de niños— es una de las pocas palancas reales que tenemos para torcer esa historia.
El informe más reciente de movilidad social del Centro Espinosa Yglesias confirma con números lo que muchas familias ya sienten en carne propia: en México el punto de partida pesa demasiado —de acuerdo al Centro, sobre una base de 100 pesa 62. Nacer en cierto hogar sigue determinando buena parte de las oportunidades que tendremos en el camino. Cuando la desigualdad se hereda, la movilidad se vuelve excepción. Y si el origen pesa tanto, el preescolar, Kinder o jardín de niños, es uno de los momentos donde todavía se puede intervenir antes de que la brecha agarre vuelo.
Aquí vale aclarar algo importante: el preescolar no es adelantar la primaria. No se trata de aprender a leer antes ni de llenar cuadernos. Se trata de exploración, lenguaje, convivencia. De juego e interacciones de calidad. De construir las bases invisibles que después sostienen todo lo demás. Son habilidades fundacionales, no contenidos: aprender a esperar turnos, a expresar emociones, a escuchar, a preguntar, a convivir. Todo eso que no se presume en una boleta, pero que hace que aprender matemáticas, ciencias o lectura sea después un poco más sencillo.
Y, sin embargo, en México seguimos dejando fuera a demasiados niños. De acuerdo a los datos publicados en MONITO (su plataforma de datos educativos de confianza que puede encontrar en www.mexicanosprimero.org/monito/), Tabasco, el estado con mayor cobertura en preescolar, atiende 8 de cada 10 niñas y niños en edad de estar ahí (3 a 5 años). Oaxaca y Guerrero le siguen. En el otro extremo, Quintana Roo apenas alcanza a 5 de cada 10. A nivel nacional solo 7 de cada 10 niñas y niños asisten al preescolar. De más de seis millones de niñas y niños en edad de cursarlo, alrededor de dos millones no lo están haciendo. No son cifras frías: son millones de oportunidades que no se aprovechan, millones de palancas que se quedan sin accionar.
Y sí, yo sé: “yo no fui al preescolar y mira qué bien estoy”, tal vez es verdad —o tal vez es una de esas mentiras que nos contamos en voz alta para poder dormir medianamente tranquilos por la noche. Porque aceptar que algo pudo haber sido mejor, incomoda. Pero el mundo que enfrentamos, que enfrentan hoy las niñas y los niños no es el mismo que nos tocó a nosotras. Sabemos mucho más sobre desarrollo infantil. Sabemos que las interacciones tempranas importan. Sabemos que empezar con bases sólidas cambia trayectorias completas.
También hay otra verdad que cuesta decir sin culpa: los adultos vivimos corriendo. Trabajo, tráfico, pendientes, cansancio. No es un juicio, es la vida hoy. Queremos dar tiempo de calidad, pero el reloj siempre va más rápido que nosotros. Y una niña o un niño necesita horas estables de juego, lenguaje y convivencia que a veces simplemente no alcanzamos a sostener solas o solos. El preescolar no reemplaza a la familia, pero sí ofrece algo que hoy es casi un lujo: rutina, comunidad, interacción constante, personas adultas preparadas para acompañar el desarrollo y hacerlo aún más divertido.
Y aquí viene la parte donde conviene no engañarnos: nuestras niñas y niños siempre merecerán estar, aunque sea un poco, mejor que nosotros. No se trata de corregir nuestra infancia ni de competir con ella. Se trata de cumplir una responsabilidad sencilla y enorme al mismo tiempo: que la siguiente generación encuentre el camino un poco menos empinado, un poco más amable, un poco más justo.
No caigamos en la excusa de “está muy chiquita o chiquito”. Precisamente porque están chiquitas y chiquitos es su mejor momento para correr como locos en el patio, pintar con las manos, aprender a convivir, emocionarse con sus maestras y maestros, salir de la escuela y correr a abrazarte. El preescolar —o kínder, o jardín de niños— es una aventura grande en un cuerpo pequeño. No dejemos que se la pierdan.
Y aquí va el comercial que vale repetir sin pena, sobre todo ahora que estamos en periodo de preinscripciones al preescolar (2° y 3° preescolar del 13 de enero al 27 de febrero, para 1° de preescolar del 19 al 29 de mayo): si ves a una persona adulta con una niña o un niño de entre 3 y 5 años, sé esa persona que pregunta: “¿ya va al preescolar?”. No es por metiche, es por recordarnos, entre todas y todos, que ahí empieza una mejor oportunidad.
A veces cambiar el destino empieza con una pregunta sencilla dicha a tiempo. En una lotería donde el origen pesa demasiado, el preescolar es una de las primeras puertas que podemos abrir juntos. Porque en México, aprender importa.
