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España no está en la agenda de Pedro Sánchez

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Abc.es 
Pedro Sánchez es un dirigente que ha dejado de ser gobernante. Está demostrando que solo le interesa el poder, como herramienta autoritaria para asegurarse su permanencia en La Moncloa, no como medio necesario para la gestión de un país. Además de provocar una pérdida de legitimad política, esta actitud de Sánchez, el sanchismo, entraña una irreversible pérdida de moralidad pública en la toma de sus decisiones, porque todas están orientadas a un fin personalista. Un síntoma muy común en los dirigentes políticos en declive, como Sánchez, es que oscilan entre el victimismo –«son las cinco y no he comido» o «yo estoy bien»–; y el mesianismo de percibirse como el líder carismático convocado por la historia para dar la batalla a un fascismo rampante. Por eso Sánchez empieza a ser visto con cierto patetismo por sus esfuerzos para causar mucho ruido, provocar enfrentamientos y crear espejismos sobre sí mismo, todo para sepultar la realidad de un país que, como dijo Felipe González, y en aspectos esenciales, no funciona. Sánchez ha cultivado un ego desmedido que es incompatible con los proyectos colectivos. No quiere liderar el PSOE, sino anularlo como organización política para convertirlo en un lacayo silente de su estrategia de supervivencia. No quiere compartir un proyecto serio de seguridad colectiva, adecuado a las circunstancias actuales derivadas de la guerra ilegal declarada por Rusia contra Ucrania, y juega con la OTAN al escondite por el presupuesto de defensa. Repudia comportarse como actor sensato del concierto internacional y busca el enfrentamiento personal a toda costa, sea con Trump o con los tecnoligarcas, de los que Sánchez se olvidó en cuanto cerraron las urnas en Aragón. Y su última aportación al currículum de superhéroe del progresismo mundial han sido las críticas a la primera ministra italiana por no haber sido invitado, según dice La Moncloa, a una reunión de 19 países europeos, previa a la cumbre de los 27 celebrada en Bélgica. Quizá Europa aprecie más la coherencia de Meloni que los bandazos del jefe del Ejecutivo y haya tenido en cuenta su falta de visión global con una regularización de inmigrantes que ha alarmado a los Veintisiete. Sánchez nunca se preocupa de preguntarse –o de preguntar a su legión de asesores– por qué se ha convertido en un marginado de la política internacional; o peor aún, de la política europea, porque se trata de eso, de pura imaginación, y no de ese protagonismo épico con el que fabula el líder del PSOE. Mientras Sánchez vive en la confrontación con todos –incluidos los muertos, como el expresidente aragonés Javier Lambán–, España empieza a verse a sí mismo como un país cuyo funcionamiento material, el día a día de su vida cotidiana, tiene fecha de caducidad. La tragedia de Adamuz (con 46 muertos) ha demostrado que el eslogan de «Disculpen las mejoras» era una bengala de distracción para que no se viera la intolerable carencia de mantenimiento, de inversiones, de planificación y de eficiencia en la red ferroviaria. A día de hoy, no se sabe qué causó el apagón de abril de 2025, dando razones a las alarmas de expertos sobre la posibilidad de que se produzca otro incidente similar por no tomar las medidas necesarias en la red eléctrica. Y han tenido que producirse lluvias históricas para que salga a la luz la crítica situación de las presas estatales. No hay suficiente personal para cubrir turnos, según información oficial la mayoría de las infraestructuras carece de plan de emergencia, necesita renovar sistemas de control, recibir refuerzos estructurales y ser rehabilitadas. En la dana, toda la atención judicial y política se ha fijado en el barranco del Poyo, pero lo que preocupaba era la situación límite de la presa de Forata. Se acumulan los avisos, como con Adif. Tanto anunciar día y noche que «el cambio climático mata» –cosa que lleva pasando miles de años–, el Gobierno se desentiende de garantizar a los ciudadanos unas infraestructuras que hagan frente a los «fenómenos extremos», como las lluvias torrenciales, que aseguren el suministro de luz ante episodios críticos y que fomenten un transporte verde como el ferrocarril. De esto no se ocupa un presidente de Gobierno cuya agenda, a pesar de llevar siete años en el poder, se centra en elegir al siguiente chivo expiatorio de su descrédito.



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