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Algo huele a podrido en Europa

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Abc.es 
El caso de Jeffrey Epstein ha dejado de ser un escándalo estadounidense, al margen de la ya conocida ramificación inglesa del expríncipe Andrés, hermano de Carlos III. A medida que se desclasifican papeles en Washington –más de tres millones de documentos– muchos europeos de postín contienen la respiración por el temor a aparecer en correos electrónicos que lo mismo pueden contener comentarios políticos o empresariales, que negociar y cerrar citas para la explotación de mujeres jóvenes, incluso menores de edad. Un auténtico mercado de poder e influencia y de trata de mujeres. Lo que en un principio fue recibido como un problema para Donald Trump y la derecha republicana estadounidense, pronto se extendió a figuras emblemáticas del Partido Demócrata, como el expresidente Bill Clinton, y de las élites culturales y sociales progresistas, como Bill Gates. La inclusión de Noam Chomsky, toda una referencia para el progresismo mundial, en la agenda activa de Epstein ha dejado muchos huérfanos en la izquierda universitaria e intelectual de Estados Unidos y sin argumentos a los que reducían el caso a una especie de sociedad secreta de la casta conservadora. La expansión a Europa de la red de Epstein se está revelando a medida que se conocen nuevos documentos desclasificados por el FBI y alcanza niveles repulsivos. Demuestra que no había espacio de poder político, cultural o económico al que el pederasta neoyorquino no pudiera entrar con asombrosa facilidad. Y una vez dentro resulta aún más inexplicable su capacidad para atraer las confidencias de embajadores, ministros, primeros ministros y hasta casas reales. Además de fotografías lascivas, hay múltiples confidencias escritas sin pudor alguno por quienes se presume que deben conducirse con una prudencia especial por sus cargos y responsabilidades. Pero, precisamente, eran los cargos y las responsabilidades de los interlocutores de Epstein lo que le interesaban. El pederasta amigo de las élites a un lado y otro del Atlántico sabía despojarlos de cualquier sentido de la discreción y hacía que se expresaran de manera que no se puede calificar más que como una autoincriminación. El cruce de correos entre Epstein y la Princesa Mette-Marit de Noruega, por ejemplo, desvela un nivel de intimidad, incompatible con la más elemental reserva exigible a quien está destinada a ser reina de su país, algo que ya se cuestiona por la opinión pública noruega. Cargos de confianza de Keir Starmer, primer ministro británico, han caído por sus conexiones con Epstein. Personajes de la política francés, como Jack Lang, aparecen en el circuito que Epstein creó a partir de los peores instintos humanos. Epstein consiguió que su inmensa capacidad de atracción arraigara en los núcleos más refinados de las clases altas de Estados Unidos y Europa y que lo hiciera con total opacidad e impunidad, con un código de silencio que se mantuvo incluso después de que el magnate de Nueva York admitiera en 2008 su culpabilidad tras la denuncia de una menor de edad. No sólo se ha desvelado la fuerza criminógena de Epstein y la receptividad que tenían sus ofertas de poder y sexo. También se ha puesto de manifiesto la ausencia de respuestas legales, la impunidad de facto, al margen de dimisiones nada exculpatorias, de los beneficiarios. Solo la meretriz de Epstein, Ghislaine Maxwell, ha recibido una condena, a 20 años de prisión, y ahora pide inmunidad para salvar a Trump y Clinton de cualquier responsabilidad con la trama. Lo seguro es que la mancha tóxica de la red de Epstein, suicidado en 2019, seguirá creciendo y sonrojando a la opinión pública por el infame nivel de unos dirigentes nada dignos.



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