Por qué el filósofo Demócrito dijo: “El que todo lo aplaza no dejará nada concluido ni perfecto”
Hay frases antiguas que parecen escritas para nuestro tiempo. En medio de agendas saturadas, notificaciones constantes y proyectos interminables, la sensación de estar siempre empezando algo, y rara vez terminándolo, se ha convertido en una experiencia común. Sin embargo, mucho antes de que existieran los teléfonos móviles o las redes sociales, un pensador griego ya había observado ese rasgo humano con claridad.
“El que todo lo aplaza no dejará nada concluido ni perfecto”, sentencia atribuida a Demócrito, filósofo nacido en Abdera hacia el 460 a.C. La frase no es solo una crítica a la pereza, sino una reflexión profunda sobre la acción, la voluntad y el sentido de la vida.
Acción frente a dispersión: ¿qué quería decir Demócrito?
Demócrito es conocido sobre todo por su teoría atomista, desarrollada junto a su maestro Leucipo: la idea de que toda la realidad está compuesta por partículas indivisibles que se mueven en el vacío. Aristóteles y otros autores posteriores recogieron fragmentos de su pensamiento, que nos ha llegado de forma dispersa. Pero su filosofía no se limitó a la física: también reflexionó ampliamente sobre la ética y la vida buena.
Para Demócrito, el objetivo del ser humano era alcanzar la eutimia, término que suele traducirse como “serenidad del ánimo” o equilibrio interior. Esa calma no se logra desde la inacción ni desde la dispersión constante, sino mediante una vida ordenada y guiada por la prudencia. Aplazar indefinidamente las tareas importantes erosiona esa serenidad: genera inquietud, insatisfacción y sensación de fracaso.
En ese sentido, su advertencia sobre el aplazamiento no se refiere únicamente a terminar trabajos, sino a algo más esencial: vivir de manera coherente con los propios propósitos.
Hoy hablamos de procrastinación como si fuera un fenómeno nuevo. La psicología contemporánea la define como el retraso voluntario de una tarea prevista pese a prever consecuencias negativas. Investigaciones recientes en neurociencia señalan que no se trata solo de mala gestión del tiempo, sino de dificultad para regular emociones: evitamos lo que nos genera incomodidad y buscamos gratificación inmediata.
Sin embargo, los griegos ya habían identificado el problema. Hesíodo aconsejaba no dejar el trabajo para mañana, y más tarde filósofos estoicos como Séneca advertirían que, mientras posponemos, la vida avanza sin nosotros. Demócrito lo formula de modo directo: quien convierte el aplazamiento en hábito no culmina nada, y menos aún algo excelente. En otras palabras, la excelencia requiere continuidad. La perfección, entendida no como ausencia absoluta de fallos, sino como obra llevada a término, exige constancia y decisión.
Demócrito defendía que la educación y el ejercicio de la razón eran esenciales para formar el carácter. No basta con desear una vida buena; hay que practicarla. En varios fragmentos conservados por Diógenes Laercio se insiste en la importancia de la disciplina y del dominio de uno mismo.
Curiosamente, esta idea conecta con enfoques actuales sobre productividad saludable: dividir grandes objetivos en acciones pequeñas, establecer rutinas y reducir distracciones. No es una invitación a la obsesión por el rendimiento, sino a la coherencia entre intención y acción.
Breve retrato de Demócrito
Nacido en Abdera, en la región de Tracia, Demócrito viajó, según fuentes antiguas, por Egipto, Persia y posiblemente la India, ampliando sus conocimientos en matemáticas, astronomía y cultura oriental. Fue conocido como el “filósofo risueño”, en contraste con Heráclito, el “filósofo lloroso”, por su actitud crítica pero serena ante la condición humana.
Aunque muchas de sus obras se perdieron, su influencia fue decisiva en la tradición materialista y en el desarrollo posterior de la ciencia antigua. Epicuro retomaría siglos después su atomismo, y la física moderna ha visto en aquellas intuiciones una sorprendente anticipación.
Pero más allá de su teoría sobre los átomos, su legado ético sigue vigente. Demócrito entendió que la vida no se mide solo por lo que se piensa, sino por lo que se hace. Y que quien convierte el aplazamiento en norma termina atrapado en la frustración. Concluir lo empezado, actuar a tiempo, no dejar que las oportunidades se diluyan: esa es la lección que, desde hace 2.400 años, continúa resonando con sorprendente actualidad.
