El pudor perdido
Cualquier dirigente democrático, con una acumulación de escándalos como la que hoy rodea al Gobierno, estaría desaparecido de la agenda, refugiado en el silencio, intentando al menos simular bochorno. Mantendría el tipo, sí, pero con bajo perfil, sin exhibirse, sin convertir la normalidad institucional en una provocación. Cualquiera… salvo Pedro Sánchez.
Sánchez no se esconde. Al contrario: presenta planes de vivienda como si no pasara nada, firma la subida del SMI con gesto solemne, viaja al extranjero como si fuese un estadista en plenitud, mientras en España apenas puede pisar la calle sin encontrarse con protestas, abucheos o un clima social irrespirable. Su agenda internacional ya no parece política exterior, sino política de evasión: fuera se vive mejor, dentro la realidad incomoda.
Ese no pasa nada que quiere transmitir debe ser por el afán de distinguir la faceta personal de la institucional que su núcleo duro trasladó a raíz de la famosa carta a la ciudadanía cuando se supo del inicio del caso Begoña Gómez. Diferenciar entre Pedro y Pedro Sánchez.
Así, si el escándalo afecta a la esfera personal —esposa, amigos del Peugeot—, Sánchez se refugia en el rol institucional y no pasa nada. Y si el escándalo afecta al Gobierno o al partido, entonces se viste de Pedro, de ciudadano particular, y tampoco pasa nada. En ambos casos, el pudor no existe.
Lo más divertido es que esta coartada fue expresamente negada por el propio Sánchez en noviembre de 2018, ante una pregunta sobre si hablaba como líder del partido o como jefe del Ejecutivo, sentenció sin titubeos: «El presidente del Gobierno y Pedro Sánchez son la misma persona». Hoy, en cambio, son dos inquilinos distintos que se turnan el despacho según lo exija la actualidad judicial.
Es una fórmula magistral: no dimitir nunca, no pedir perdón jamás y, sobre todo, no sentir vergüenza. La corrupción deja de ser un problema político para convertirse en un problema de identidad. No hay responsabilidad, solo cambios de personalidad. Como si gobernar fuese un juego de disfraces.
Ahora bien, que Sánchez no acuse el golpe en su comportamiento no significa que no exista desgaste. Existe, y es profundo. Los últimos resultados electorales en Extremadura y Aragón lo demuestran: el PSOE ha cosechado allí sus peores cifras históricas.
Lo verdaderamente grave no es solo la acumulación de casos, sino la normalización de la indecencia. Sánchez ha logrado algo inédito: que los escándalos ya no alteren la liturgia del poder. No hay comparecencias excepcionales, no hay gestos de humildad, no hay siquiera contención estética. El presidente actúa como si gobernar bajo sospecha fuese una modalidad más del ejercicio democrático.
Quizá la explicación sea más sencilla de lo que parece. No estamos ante un líder sin pudor por estrategia, sino ante un líder que ha convertido el “depende” en sistema de gobierno. Depende de si hoy es Pedro o es presidente. Cuando el pudor depende, deja de existir.
