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¿Por qué logramos un récord en exportaciones?

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Pareciera un contrasentido. En el año en el que se aplicaron aranceles por parte del gobierno de Trump y en el que el peso se apreció, encareciendo las exportaciones mexicanas, México logró que sus ventas a Estados Unidos alcanzaran un máximo histórico.

Las exportaciones mexicanas al mercado estadounidense llegaron a alrededor de 535 mil millones de dólares, según los datos que difundió el Departamento de Comercio de ese país. Nunca antes se había alcanzado esa cifra.

Y, sin embargo, el sector automotriz —corazón histórico del comercio bilateral— retrocedió. Las importaciones estadounidenses de vehículos y autopartes provenientes de México cayeron 7.2 por ciento el año pasado. Es un dato que obliga a mirar más allá de la narrativa tradicional.

A nivel agregado, el crecimiento fue cercano al 6 por ciento respecto a 2024, cuando las ventas habían rondado los 505 mil millones de dólares. En términos absolutos, estamos hablando de casi 30 mil millones de dólares adicionales en un solo año.

México se consolidó así como el principal socio comercial de Estados Unidos, con una participación cercana al 15.5 por ciento del total de sus importaciones. Más allá de la retórica proteccionista, la integración productiva de América del Norte sigue funcionando con profundidad.

El impulso provino de la manufactura no automotriz, que según datos del INEGI creció 17.3 por ciento en el año y ya representa cerca de dos terceras partes de las exportaciones totales. Ese es el cambio estructural que explica el récord.

Las categorías más dinámicas fueron equipo eléctrico y electrónico —cuyas exportaciones a Estados Unidos superaron los 100 mil millones de dólares en 2024 y continuaron expandiéndose—, maquinaria y equipo especializado para la industria, instrumentos médicos y científicos, así como productos minerometalúrgicos. Se trata de segmentos vinculados a inversión, tecnología y relocalización industrial.

La Reserva Federal de Dallas ha documentado que las exportaciones mexicanas de productos de tecnología avanzada a Estados Unidos prácticamente se duplicaron entre 2018 y 2024, al pasar de 60 a más de 102 mil millones de dólares. Lo que se observó en 2025 fue la aceleración de esa tendencia.

Y aquí entra el factor geopolítico. Mientras las importaciones totales de bienes de Estados Unidos desde México crecieron cerca de 30 mil millones de dólares en el año, las provenientes de China registraron una contracción superior a los 100 mil millones. No todo ese espacio fue capturado por México, pero sí una porción relevante. La participación china en el mercado estadounidense descendió a niveles que no se observaban desde hace más de dos décadas.

Las ventajas arancelarias del T-MEC fueron decisivas. No sólo por el acceso preferencial que otorgan, sino por el contraste que generaron frente a competidores asiáticos. En electrónica, por ejemplo, las reglas de origen exigen umbrales de contenido regional que funcionan como barrera efectiva contra el ensamblaje ligero desde Asia; para los productores establecidos en México, esas mismas reglas operan como un pasaporte comercial.

¿Y el tipo de cambio? Aunque el peso mostró fortaleza en términos reales, el impacto fue amortiguado por la naturaleza de las cadenas productivas. En manufacturas complejas, el costo total depende más de logística, tiempos de entrega y cumplimiento de reglas de origen que de variaciones marginales en la paridad. Además, otras monedas también se apreciaron frente al dólar en distintos tramos del año, reduciendo el diferencial competitivo.

El resultado es un récord histórico que consolida a México como pivote manufacturero de América del Norte, y lo hace precisamente donde menos se esperaba: fuera del sector automotriz.

Sin embargo, el déficit comercial de bienes de Estados Unidos con México se aproxima a los 200 mil millones de dólares, también un máximo histórico. Esa cifra inevitablemente alimentará la artillería proteccionista en Washington, sobre todo de cara a la revisión del tratado.

La lección estratégica es clara: el récord de 2025 no fue casualidad, sino resultado de integración productiva, ventajas arancelarias relativas y reconfiguración geopolítica. Pero parte del impulso provino de factores externos —la caída de China y la expansión del mercado estadounidense— que no están bajo control de México.

Convertir este momento en una ventaja estructural exigirá elevar el contenido regional, invertir en infraestructura fronteriza, dar certidumbre energética y fortalecer la competitividad interna.

El récord está ahí. Pero un récord construido sobre el retroceso de un competidor es distinto de uno sustentado en capacidades propias.

La diferencia entre ambos determinará si 2025 fue un año excepcional… o el punto de partida para una nueva etapa de expansión.




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