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La ventaja del Temple

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En un mundo que corre, dirigir es saber esperar el momento exacto.

“Parar, templar y mandar: ahí está todo. Si no templa, el torero solo corre”.— Manolete

“El verdadero temple no es del cuerpo, sino del espíritu: esa serenidad que permite avanzar aun cuando todo embiste”.

Cuentan que Juan Belmonte, el torero que cambió la historia del toreo, se encontraba una tarde frente a un toro particularmente incierto. El animal embestía con violencia y la plaza entera esperaba que el sevillano se quitara; Belmonte, en cambio, permaneció quieto, citó con suavidad y dejó pasar al animal, apenas rozándole el traje. Un espectador, impresionado, le gritó: “¡Juan, que te va a agarrar!”. Belmonte respondió sin voltear: “Si me quito, seguro”.

Esa escena –mitad valor, mitad serenidad– ilustra mejor que cualquier tratado de liderazgo lo que significa el temple. En el toreo –esa vieja metáfora de la vida bien vivida– existe una palabra que explica mejor que ninguna el carácter de quien conduce en tiempos inciertos: temple.

Mi amigo y colega Antonio Casanueva –profundo conocedor del arte taurino– publicó hace poco un sugerente texto sobre este concepto: La disciplina de templar lo incierto (https://www.linkedin.com/ pulse/la-disciplina-de-templar-lo-incierto-antonio-casanueva-phd-ogjge/).

Su artículo, fino y bien pensado, me dejó dando vueltas a esa palabra que, aunque pertenece al mundo del toreo, desborda con facilidad hacia la vida y el liderazgo. Yo no soy, ni de lejos, tan versado como Casanueva en materia taurina, pero el término “temple” siempre me ha intrigado, incluso podría decir que me fascina. Quizá por eso me permito, a partir de sus reflexiones y de algunas propias, ensayar aquí unas cuantas ideas sobre ese raro dominio interior que hoy parece más necesario que nunca.

Templar no es frenar.

Templar no es dudar.

Templar no es ceder.

Templar es gobernar el tiempo interior cuando el entorno embiste. Es decidir desde la serenidad y no desde el impulso. Es sostener la forma cuando todo alrededor parece exigir velocidad.

Un gran torero no domina al toro por fuerza, sino por ritmo; no lo vence, lo conduce; no acelera la faena, la administra. Hay un instante, casi invisible, en el que decide no reaccionar con miedo ni con prisa, decide templar y, en ese gesto, comienza su autoridad. En el liderazgo ocurre lo mismo.

Vivimos en organizaciones llenas de ejecutivos valientes… y carentes de temple. Se apresuran a responder correos, a decidir, a convocar reuniones, a lanzar proyectos. Mucho, pero poca conducción. Se confunde actividad con eficacia y urgencia con importancia.

El temple estratégico consiste en algo más difícil: no dejarse arrastrar por la urgencia del entorno. Un líder con temple, escucha un minuto más antes de decidir, observa el contexto completo antes de actuar. No porque sea lento, sino porque entiende que la precipitación rara vez produce grandeza. La prisa empobrece el juicio. Y el juicio es el capital principal de quien dirige.

En tiempos nublados –que son casi todos– el temple se vuelve una ventaja competitiva. Permite distinguir lo urgente de lo esencial, evita que el miedo marque la agenda y abre espacio para decisiones más limpias.

Mientras unos reaccionan, otros dirigen. Mientras unos se aceleran, otros afinan. Mientras unos se desgastan, otros construyen.

El temple no elimina la incertidumbre, la vuelve navegable. Permite avanzar sin estridencias y sostener el rumbo cuando el entorno cambia. También es una forma de carácter porque templar exige serenidad; supone haber domesticado el ego, moderado la ansiedad, entrenado la paciencia, además de que implica aceptar que no todo depende de uno y aun así actuar con firmeza cuando llega el momento.

Por eso el temple distingue a los líderes memorables de los meramente eficientes. Los eficientes resuelven, mientras que los memorables conducen.

Dirigir –bien visto– se parece mucho a torear: hay que pararse, templar… y entonces mandar.

Quizá por eso, cuando uno observa a los grandes líderes, descubre algo curioso: no parecen apurados ni nerviosos, no parecen reactivos, sino conscientes del momento exacto en que deben intervenir y del momento en que conviene esperar. Parecen dueños del tiempo.

En la costumbre actual del ecosistema empresarial, en la que todos corren, contestan, opinan y se precipitan, conviene recordar la lección taurina: no siempre sobrevive el más rápido.

A veces, sobrevive –y dirige– el que sabe quedarse quieto, aunque el toro sea el cierre trimestral.




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