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Esta fue la primera red social de la historia: la descubren en los “grafitis” de las ruinas de Pompeya

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Un estudio internacional revela que los muros del pasillo que unía los teatros funcionaban como un auténtico tablón interactivo hace casi 2.000 años

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Si hoy medimos la vida social por likes, comentarios y mensajes cruzados, en el año 79 d.C. bastaba con un estilete y una pared. En las ruinas de Pompeya, los grafitis no son simples garabatos antiguos: son conversaciones. Y ahora, gracias a un proyecto de investigación reciente, sabemos que lo que parecía desorden es en realidad una red de comunicación sorprendentemente compleja.

La ciudad quedó congelada tras la erupción del Monte Vesubio. Esa tragedia, que sepultó calles y casas bajo ceniza, fue también lo que permitió conservar detalles íntimos de la vida cotidiana romana. Entre ellos, cientos de inscripciones espontáneas grabadas en muros.

Pero hasta ahora nadie las había leído como lo que realmente eran: un sistema de interacción social.

Un corredor que latía como un timeline

El estudio, conocido como Bruits de couloir, ha analizado los grafitis del pasillo cubierto de unos 27 metros que conectaba el gran teatro con el theatrum tectum de la ciudad. Era un espacio de tránsito, sí, pero también de espera, de charla, de refugio del sol y la lluvia. Un lugar donde la gente pasaba tiempo.

Las paredes, pintadas originalmente en tonos rojizos y amarillos, eran el soporte perfecto para escribir. En la zona norte había incluso una cuneta que funcionaba como urinario público, detalle que confirma que aquel pasillo no era precisamente un lugar de paso rápido. Allí se estaba. Y cuando uno está… escribe.

Lo fascinante no es solo lo que dicen los mensajes, sino cómo dialogan entre ellos. Los investigadores han documentado hasta 300 vínculos entre inscripciones: respuestas directas, superposiciones intencionadas, contradicciones y juegos visuales. Algunos grafitis contestan a otros situados justo enfrente, como si las paredes mantuvieran una conversación cruzada.

No es exagerado decir que aquello funcionaba como un tablón colectivo. Un muro donde dejar opinión, amor, rabia o chisme. La versión romana de un hilo viral.

Amor, sexo y gladiadores

¿Y de qué hablaban los pompeyanos? Exactamente de lo mismo que nosotros: amor, deseo, espectáculos y política local.

Hay declaraciones afectivas explícitas —como una tal Methè confesando su amor por Chrestus— y fórmulas directas del tipo “Erato amat…”. También aparecen referencias al trabajo de prostitutas como Tychè, bromas subidas de tono y comentarios irónicos.

El pasillo, al estar junto a los teatros, también recoge dibujos y menciones a gladiadores. Uno de los grafitis muestra una escena especialmente dinámica, lo que lleva a pensar que su autor estaba plasmando lo que acababa de ver. Es casi una crónica en directo.

Y luego están los laberintos dibujados en paredes opuestas, colocados estratégicamente frente a frente. Los investigadores sugieren que podrían imitar la disposición de las gradas del teatro cercano. Un juego visual, casi un meme arquitectónico del siglo I.

Leer lo que el tiempo quiso borrar

Muchos de estos grafitis apenas eran visibles a simple vista. El yeso erosionado había difuminado incisiones. Para recuperarlas, el equipo recurrió a técnicas como el RTI (Reflectance Transformation Imaging), que utiliza luz variable para resaltar microrelieves invisibles. Durante cinco noches se tomaron unas 15.000 fotografías que, combinadas con modelos 3D y fotogrametría, permitieron reconstruir mensajes prácticamente borrados.

Al comparar imágenes actuales con fotografías de 1957, los investigadores comprobaron que muchos grafitis ya han desaparecido. El registro digital se convierte así en una herramienta clave para preservar esta memoria urbana.

Además, el análisis lingüístico ha revelado detalles sorprendentes: distintas capas temporales de escritura y hasta nombres en safaitic, una lengua protosemítica rarísima en Occidente. Eso implica movilidad, intercambio cultural y una Pompeya más diversa de lo que imaginábamos.

Quizá lo más interesante no sea que los romanos escribieran en las paredes. Eso ya lo sabíamos. Lo revolucionario es entender que esas inscripciones no eran impulsos aislados, sino parte de un ecosistema social. Un espacio donde se respondían, se citaban y se contradecían.

En otras palabras: antes de que existieran algoritmos y pantallas, ya había muros donde la gente compartía su vida.

La primera red social no nació en Silicon Valley. Nació en un pasillo cubierto de Pompeya, con fondo rojo, olor a teatro… y mucha necesidad humana de ser leído.




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