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Pedro Grández: La degradación del discurso público y las campañas electorales

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Pedro P. Grández Castro - Profesor Universitario - Sociedad Peruana de Constitucionalistas

En los últimos días, tras el dislate producido en el Congreso con las negociaciones para colocar a un nuevo Presidente, los insultos e imputaciones mutuas subidas de tono no se han hecho esperar. Mientras el líder de Perú Libre, desde la clandestinidad, explicaba que lo que había ocurrido era el triunfo de una “estrategia leninista” para la captura del poder, los dos líderes más notorios de la derecha se batían en un duelo mediático a través de las redes. “Fuji-jerismo” fue el término que acuñó el comunicado de Renovación Popular para referirse a la férrea defensa que hizo el fujimorismo contra la censura congresal del Presidente Jerí, aun cuando luego, desde sus propias filas, habrían confirmado que en la votación abrumadora a favor de los “comunistas” también habría votos de algunos fujimoristas. La respuesta de Keiko Fujimori llegó en tono más pausado, pero no menos virulento: “tonto útil de los caviares”, le ha increpado de manera frontal refiriendose al candidato López Aliaga.

Lamentablemente, no es un episodio aislado. Una rápida incursión a los candidatos en campaña en las redes y lo que ahí abunda no son propuestas o intentos de diálogo alturado. Insultos, amenazas, chantajes o propuestas radicales y maximalistas, que, si fueran expuestas ante un auditorio de ciudadanos razonables e informados, sería improbable que fueran aceptadas. La polarización crea incentivos para que el debate racional sea sustituido por los ataques. No sólo porque existe una audiencia que lo “demanda”, sino porque el “ambiente” electoral donde compiten cerca de cuarenta agrupaciones convierte en irracional el pretender diferenciarse sobre la base de la deliberación, las ideas y propuestas. Lo que es “eficaz” es “hacerse notar” o mantenerse en las redes, y así, las recetas de los asesores del 'marketin' electoral termina por imponerse con graves costos para la calidad del discurso público y la propia democracia.

Se olvida que la democracia deliberativa no empieza ni termina en las urnas, sino en la calidad del discurso y los argumentos en que se basa. Antes de la decisión política existe una conversación colectiva que la hace posible: el discurso público. En él participan líderes políticos, empresariales y sindicales, académicos, periodistas y editorialistas. Es un espacio plural donde la sociedad procesa información y forma el juicio. Sin embargo, dentro de esa pluralidad hay que admitir el papel que juegan los líderes de las instituciones. Cuando hablan los titulares de los poderes públicos, los líderes de los partidos u organizaciones políticas, los magistrados de las altas cortes o las autoridades electorales, su voz no es sólo individual, sino institucional. En ellos el lenguaje se convierte en ejercicio de poder. Por eso la prudencia, la objetividad y el respeto a la audiencia resultan también parte fundamental de la cultura democrática.

El ataque con discursos hostiles a los líderes de los poderes públicos, a los magistrados o autoridades electorales se proyecta ante la ciudadanía con efectos perniciosos sobre la propia legitimidad del sistema político en su conjunto. Un espacio público saludable no es aquel donde todos hablan, sino aquel donde hay argumentos y la ciudadanía puede identificar tales discursos sobre la base de las razones o argumentos que le sirven de sustento. La argumentación cumple una función civilizadora: obliga a ofrecer razones, presentar evidencia y someter las ideas a contraste. El debate abierto y transparente permite distinguir la discrepancia legítima del engaño y la manipulación deliberados. Por ello, el combate a las falacias es una tarea democrática. El ataque personal sustituye al argumento, la generalización apresurada reemplaza la prueba, y la insinuación conspirativa desplaza la explicación verificable. Identificar estos mecanismos no es un ejercicio académico, sino una forma de separar la información de la manipulación. Es, al final, un ejercicio ético de la ciudadanía democrática.

En los últimos años, la agresividad se ha convertido en estrategia comunicativa. En campañas electorales, la búsqueda de atención de públicos desinteresados por la política conduce a elevar el tono del mensaje. El conflicto y el ataque deliberado circulan mejor que la razón y los argumentos. Pero ese éxito inmediato produce un daño acumulativo: la política gana visibilidad, pero pierde credibilidad. El adversario deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo y el ciudadano deja de evaluar para reaccionar emotivamente. El discurso deja de persuadir y pasa a movilizar emociones primarias. Al final, la democracia de las emociones no es más que el triunfo del populismo —una de las peores desviaciones de los sistemas democráticos.

Las Constituciones organizan el poder, pero también organizan la conversación que permite controlarlo. La deliberación y el diálogo racional son el elemento que permite que la democracia se nutra de contenidos de verdad y razón. Si la democracia fuera sólo votos y emociones, las libertades y la propia dignidad humana estarían en riesgo. Este es un proceso electoral absolutamente inusual, no sólo por el número de candidatos y el contexto de regresión que vivimos, sino también por el cansancio de la ciudadanía. Por eso mismo, los líderes que participan debieran hacer el máximo esfuerzo para que el discurso público no se deteriore aún más de lo que ya está actualmente.




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