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La resistencia de Kiev es la derrota de Putin

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Abc.es 
Se cumplen cuatro años de la invasión rusa de Ucrania, iniciada el 24 de febrero de 2022. Una agresión injustificada que quebró el orden de seguridad europeo surgido tras la caída del Muro de Berlín. Lo que el Kremlin presentó como una operación rápida para someter a Kiev y alterar el equilibrio continental se ha convertido en una guerra de desgaste de consecuencias humanas, económicas y geopolíticas de enorme calado. El aniversario no es solo una efeméride bélica: es el recordatorio del fracaso estratégico e histórico de Vladímir Putin. El coste humano no puede ser descrito en pocas palabras porque resulta devastador. Sin embargo, frente a esa erosión material y humana, la resistencia ucraniana constituye un hecho político de primer orden. Ucrania no ha sido derrotada ni militar ni diplomáticamente. Rusia no ha logrado tomar Kiev, la agresión ha cristalizado el espíritu nacional ucraniano y Moscú no ha conseguido imponer sus condiciones en el terreno internacional. Desde el punto de vista institucional, el balance es igualmente revelador. La invasión pretendía dividir a Occidente y debilitar a la Alianza Atlántica. Ha ocurrido lo contrario. La OTAN cuenta hoy con dos nuevos miembros –Finlandia y Suecia– y ha reforzado su presencia en el flanco oriental. La Unión Europea, lejos de fracturarse, ha mantenido una posición de apoyo sostenido a Kiev , pese a las reticencias puntuales de gobiernos como los de Hungría o Eslovaquia. El bloque comunitario ha aprobado sucesivos paquetes de sanciones y ha coordinado ayudas financieras y militares de alcance inédito. Más aún, Europa ha tomado conciencia de su vulnerabilidad. Gobiernos, industrias estratégicas y cadenas de producción han acelerado planes de rearme y modernización. El conflicto ha evidenciado la centralidad de nuevas tecnologías –drones, sistemas autónomos, inteligencia artificial aplicada a la defensa– y Ucrania se ha convertido, en buena medida, en un laboratorio bélico de las tendencias que marcarán los conflictos futuros. El incremento del gasto en defensa, reclamado desde hace años dentro de la OTAN, ha dejado de ser una exhortación retórica para convertirse en una necesidad asumida. La guerra también ha reconfigurado equilibrios globales. Cuatro años después resulta evidente que la invasión no ha producido la victoria que Putin prometió. Rusia es más dependiente de China, que actúa como aliado, pero desde una posición de superioridad. Ese es otro indicador del fracaso de Moscú: no solo no ha restaurado su influencia, sino que la ha condicionado. El dictador aspiraba a un triunfo rápido y a una Europa dividida. Ha obtenido una guerra larga, una OTAN ampliada y un continente consciente de su deber de defenderse. Nada de ello minimiza el drama ucraniano ni el elevado coste económico para Europa. La paz llegará, porque nadie puede soportar indefinidamente esta devastación. Pero un eventual acuerdo no debe dar lugar a que se contemple como una victoria rusa, aunque incluya cesiones que sólo pueden legitimarse en un marco de derecho internacional. Una victoria sería consagrar la agresión, y lo justo es que el imitador de zar que quiso reescribir la historia europea, se enfrente para siempre al resultado de su propio error.



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