Un choque armado con cuatro muertos entre Cuba y una lancha procedente de Florida reaviva la tensión con EE UU
La muerte de cuatro personas en un enfrentamiento armado entre fuerzas fronterizas cubanas y los ocupantes de una lancha rápida registrada en Florida ha vuelto a tensar la ya frágil relación entre La Habana y Washington. El incidente, ocurrido esta semana en aguas cercanas a la costa central de Cuba, ha abierto interrogantes sobre lo sucedido en alta mar y ha provocado reacciones inmediatas en Estados Unidos, donde el secretario de Estado, Marco Rubio, ha pedido una investigación independiente y prudencia antes de extraer conclusiones.
Según la versión oficial del Gobierno cubano, la embarcación, con diez personas a bordo, fue detectada cuando se aproximaba a aguas territoriales de la isla. Las autoridades sostienen que, al ser interceptada por una patrullera de la Guardia Fronteriza, desde la lancha se abrió fuego contra los agentes, hiriendo al comandante del operativo. La respuesta de las fuerzas cubanas fue inmediata y letal: cuatro de los ocupantes murieron y otros seis resultaron heridos.
La Habana asegura que los tripulantes estaban armados y que el grupo tenía intenciones hostiles. En su relato, el operativo fue una acción de legítima defensa destinada a proteger la soberanía nacional. El Gobierno cubano enmarca lo ocurrido en un contexto de “amenazas externas” persistentes y recuerda que la isla ha sido históricamente escenario de incursiones desde territorio estadounidense, especialmente durante las décadas más tensas de la Guerra Fría.
En Washington, sin embargo, la reacción ha sido más cautelosa. Marco Rubio, de origen cubano y una de las voces más duras frente al régimen de La Habana dentro del Partido Republicano, afirmó que Estados Unidos no participó en ningún tipo de operación y que las autoridades están recabando información por sus propios medios. Subrayó que no se puede depender exclusivamente de la versión ofrecida por el Gobierno cubano para determinar qué ocurrió realmente.
Rubio confirmó que el Departamento de Seguridad Nacional y la Guardia Costera han iniciado averiguaciones para esclarecer los hechos, incluyendo la identidad y nacionalidad de las víctimas. “Es un incidente grave y poco habitual”, señaló, al tiempo que evitó adelantar posibles consecuencias diplomáticas hasta contar con más datos.
El suceso ha generado reacciones inmediatas en el ámbito político estadounidense, especialmente en Florida, donde reside una numerosa comunidad cubanoamericana. Algunos dirigentes republicanos han exigido transparencia y han pedido que se investigue si hubo un uso desproporcionado de la fuerza. Otros han reclamado una respuesta firme si se confirma que entre los fallecidos había ciudadanos o residentes legales de Estados Unidos.
El episodio remueve una memoria histórica sensible. Las relaciones entre Cuba y Estados Unidos han estado marcadas por episodios de confrontación marítima, intentos de salida irregular desde la isla y, en el pasado, incursiones armadas protagonizadas por grupos de exiliados. Aunque este tipo de acciones son hoy excepcionales, el incidente demuestra que el mar que separa ambos países sigue siendo un espacio de fricción.
En los últimos años, el deterioro económico en Cuba ha impulsado nuevas olas migratorias hacia Estados Unidos, muchas de ellas por rutas irregulares y peligrosas. Sin embargo, no está claro si el grupo implicado en el enfrentamiento pretendía emigrar, introducirse clandestinamente en la isla o realizar algún tipo de acción organizada. Esa es una de las cuestiones centrales que deberá aclarar la investigación.
El Gobierno cubano ha insistido en que actuó conforme a la ley y dentro de sus aguas territoriales. Desde su perspectiva, permitir el ingreso de embarcaciones armadas supondría una vulneración inaceptable de su seguridad. En este punto, la discusión jurídica y política se entrelaza con la geografía: la delimitación precisa de las aguas y la secuencia exacta de los disparos serán elementos clave para determinar responsabilidades.
Para la Administración estadounidense, el equilibrio es delicado. Una reacción precipitada podría escalar una crisis bilateral en un momento en que las relaciones ya atraviesan un periodo de enfriamiento. Pero una respuesta demasiado tibia podría ser interpretada internamente como falta de protección hacia sus ciudadanos.
Por ahora, ambos gobiernos parecen optar por contener el conflicto en el plano declarativo mientras se recopilan datos. Sin embargo, el episodio pone de relieve la persistente volatilidad de la relación entre Washington y La Habana. Más de seis décadas después de la ruptura diplomática y tras breves intentos de deshielo, cualquier incidente puede convertirse en catalizador de nuevas tensiones.
