Se acabó el 23-F
Debo reconocer que algunas ocurrencias del Gobierno pasan de espectáculos sencillamente geniales, a fuegos artificiales golosos que quedan en borrasquitas, maremotos dentro de un vaso de agua, en nada con sustancia. Miren lo que ha sucedido con los papeles del 23-F que tanto iban a mover los cimientos de la democracia y la conciencia de la culpable “fachosfera”. Salió el presidente, solemne, para poner firmes a los españoles que esperaban, conteniendo la respiración, la verdad del Golpe de Estado.Todos a una, mientras se abría el cofre sagrado, el subidón se nos bajaba al aparecer la gran novedad. “El Rey no tuvo nada que ver con los militares golpistas”. “¡No me diga!”. Ni las imágenes del Congreso, ni la serie de Victoria Prego, ni los libros publicados en los ochenta, ni las memorias de los viejos militares, ni los falsos documentales, ni pollas en vinagre después de 45 años. Apareció de la chistera lo que todo el mundo esperaba y lo que unos pocos deseaban que no sucediera. Si es que lo vimos en la tele, contándolo con esa mala cara de la madrugada y el uniforme de capitán general puesto. El “Tejerazo” fue lo que pasó, una operación bajo el modelo del General De Gaulle que acabó mal porque nadie le contó al principal ejecutor, el teniente coronel del “!quieto todo el mundo!”, que todo era una rara maniobra de Alfonso Armada. O no, porque cada español tiene una versión de aquella tarde de 1981. A las pocas horas de abrirse los secretos, se muere Tejero, y cierra el círculo de una opereta que iba en serio sólo para unos pocos que dieron la cara, como pasa siempre en este país, a los que se la rompieron por la chusca ocurrencia de otros. La esposa de Tejero al teléfono, según se ha conocido, contaba entre sollozos que su marido era “tonto”, “gilipuertas” y que lo había dejado tirado “como una colilla” un “ejército de maricones”. Pura España, puro esperpento: así se acaba ya para siempre el 23-F. Amén.
