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Todo de lo que no se habló en los Goya

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La noche del 30 de enero de 1998 unos pistoleros de la banda terrorista ETA asesinaron, por la espalda y a sangre fría, a Alberto Jiménez Becerril, a la sazón concejal del PP en el Ayuntamiento de Sevilla, y a su mujer, la gaditana Ascen García Ortiz. Tras una cena con amigos, la pareja de treintañeros volvía a casa, en pleno centro histórico de Sevilla, donde les esperaban sus tres hijos, Ascensión, Alberto y Clara, quienes tenían 4, 7 y 8 años por entonces. Apenas 24 horas después se celebró la 12ª gala de los Premios Goya. Una entrega de premios donde el entonces presidente de la Academia del Cine Español, el egregio maño José Luis Borau dijo tajantemente que «¡Nunca, nadie, jamás, en ninguna circunstancia, bajo ninguna creencia o ideología, nadie digo, puede matar a un hombre!», un mensaje que enfatizó mostrando las palmas de sus manos pintadas de blanco, símbolo de la inocencia y, desde el asesinato seis meses atrás de Miguel Ángel Blanco, de la lucha contra ETA.

Dichas palabras fueron recordadas ayer por sus presentadores para utilizarlas, omitiendo toda alusión al terrorismo etarra (o sea, manipulándolas), en favor del discurso progre hegemónico: «A mí, la verdad, me sigue impresionando mucho la imagen de José Luis Borau –dijo Luis Tosar–, que cambió su discurso institucional por un gesto muy simple, el de las manos blancas, para condenar la violencia..., la violencia que esta industria ha condenado: en la guerra de Irak, en la guerra de Ucrania, en el genocidio de Gaza... (aquí el público rompe en aplausos)».

Sí se habló mucho, demasiado quizás, de Palestina–daban pines a cambio de chapas–: una cuestión que cumple todos los requisitos para ser la causa progre por antonomasia. Más allá de ETA –«La memoria histórica también está para la historia reciente de este país», dijo María Luisa Gutiérrez, productora de «La infiltrada», en la gala de 2025– el silencio también fue atronador respecto a otros graves asuntos como el de los trenes, con 45 muertos recientes en Adamuz y uno en Gélida, a apenas 40 kilómetros de donde se celebraban los Goya. No se fuera a molestar el presi Sánchez, de «gran lucidez moral» según Susan Sarandon.

Ardía Teherán durante la celebración, y ni siquiera la presencia del cineasta disidente del régimen Jafar Panahi invitó a nadie a hablar de la teocracia criminal, tal y como denunció en la alfombra roja Aldo Comas con la complicidad de su esposa, la actriz Macarena Gómez, quien, tirando de ironía, aseguró que tampoco creía que una gala de cine fuera el lugar más apropiado para hablar de guerras. Je, je, je.

Se dijeron, en fin, muchas tonterías –se mentó hasta el ICE trumpista y la motosierra de Milei, como si aquí nos preocuparan esos asuntos y no el serio problema de la vivienda o la corrupción gubernamental–en varias lenguas cooficiales –y hasta en lenguaje de signos–, pero las consignas sonaron igual de imbéciles que en castellano, en vasco, en catalán y en gallego. Todo se podría resumir, en fin, en que la panda de «agradaores» querían que Pedro pasase una «bona nit».




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