Crítica de "El mago del Kremlin": el poder es siempre vertical ★★
En plena preproducción de las Olimpiadas de Invierno de Sochi, en 2014, Vadim Baranov (Paul Dano) defiende que la ceremonia inaugural debe ser “una apoteosis del kitsch”; que, en fin, debe sintetizar los excesos y el mal gusto de una cultura política que se ha expandido canibalizando la vulgaridad del capitalismo neoliberal. Es una afirmación que debería haberle servido como credo a Olivier Assayas a la hora de explicar la historia de Rusia desde los tiempos de Boris Yeltsin, con la ‘glasnost’ dejando a la vista las ambiciones mafiosas de un puñado de oligarcas y un zar que venía del frío de los despachos de la KGB, y que dio la campanada convirtiéndose en adalid de la censura y la posverdad.
Es una pena que Assayas no haga caso de su protagonista, el Rasputín de la comunicación política que entiende el politburó como un programa de telerrealidad: por desgracia, “El mago del Kremlin” tiene más de informe sumarial, de correo interno entre burócratas, que de desmelenado espectáculo kitsch. Podríamos decir que la película se une a “Carlos” y “La red avispa”, los otros acercamientos al thriller político, muy dispares en resultados artísticos, de la filmografía de Assayas. En el tono gélido, formulario, de “El mago del Kremlin” hay algo de esas películas de espionaje de los setenta y ochenta -de “Chacal” a “Gorky Park”- que diseccionaban el mapa táctico de la Guerra Fría.
Sin embargo, no hay apenas acción en el filme: sus interminables, discursivas dos horas y media verbalizan las estrategias narrativas de la transformación política y económica de Rusia como si Emmanuel Carrère, co-guionista y autor del célebre “Limonov”, estuviera redactando en voz alta una de sus novelas de no-ficción. Inventado para la ocasión, Baranov es un maestro de marionetas, pero resulta, como azaroso accidente de la Historia, un personaje muy poco atractivo para que creamos en su capacidad de seducir a un Putin que un sobrio Jude Law salva in extremis de la caricatura. Puede que Assayas piense que el verdadero devenir histórico, como ocurría en relación al mundo corporativo en “demonlover”, es una realidad virtual cualquiera, y que la geopolítica es el gran teatro del mundo, pero es imposible que la obra que se represente en sus escenarios sea tan tediosa.
Lo mejor:
Explica cómo se construye un líder que hizo de su grisura un arma implacable, vengativa y venenosa.
Lo peor:
Es verborreica, discursiva, tediosa, le falta nervio.
