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Crítica de "Pillion": el desorden del amor ★★★★

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Sabemos que el esquema canónico de la comedia romántica da para mucho, incluso cuando se lo somete a lecturas que pueden resultar chocantes. “Pillion” llama la atención no por ser la versión ‘queer’ del clásico ‘boy meets girl’ sino por trabajar una relación afectiva desde el ejercicio del poder y la sumisión, o lo que es lo mismo, desde la desigualdad transformada en mantra amoroso. Es interesante porque Harry Lighton nunca juzga ese ‘décalage’, que forma parte de la filosofía identitaria del BDSM, y lo observa con una abrumadora naturalidad, interesado, por un lado, en describir los usos y costumbres de la comunidad ‘biker’ y, por otro, en entender las dinámicas del deseo que convierten a dos personas tan distintas como Colin (extraordinario Harry Melling) y Ray (Alexander Skarsgard) en la pareja improbable más perfecta del año.

“Pillion” carece de la distancia irónica de una película como “The Duke of Burgundy” al retratar una relación sadomasoquista. La mirada de Lighton comparte la pureza de espíritu de su protagonista, un guardia de tráfico tímido e inseguro que encuentra en el laconismo dominante de un motero la razón de ser de su existencia. Aquí la entrega casi sagrada del sumiso a su dueño se contempla desde los ojos anhelantes de alguien que descubre su identidad a través del amor por el otro, y eso también supone aprender a poner límites. La película es tan simple y directa en la expresión de los afectos de Colin como franca y honesta al filmar sus prácticas sexuales con Ray.

Antes hablábamos de desigualdades, y es un triunfo del rigor con que “Pillion” trabaja su punto de vista que sepamos tanto de Colin -de su pertenencia a un grupo de ‘singers’; de sus padres y, en especial, de esa madre que le busca citas románticas con chicos en pubs de provincias; de su torpeza al cocinar; de su devoción por complacer a los demás- y tan poco sobre Ray, un auténtico enigma. A Colin no le importa quién es Ray, solo le importa que ordene y mande, respire y controle, exista en presente para que pueda proyectarse con él en el futuro. Es ahí, en esa desigualdad, donde “Pillion” reescribe los códigos de la comedia romántica.

Sin embargo, al final siempre queda el desorden del amor. Lighton nos reserva para el tercer acto la creación de ese espacio donde las reglas del BDSM desaparecen, y entonces nace algo nuevo, donde todo está por hacer. Tal vez la película sea un tanto ingenua al pensar que, en realidad, el ejercicio del poder no hace al monje, pero a veces el que parece más fuerte se siente indefenso cuando el que tiene enfrente se sale del guion. “Pillion” es tan ambigua respecto al que domina como empática con el que es dominado, que es el que aprende a amar respetando lo que le pide el corazón.

Lo mejor:

La espléndida interpretación de Harry Melling, y esa mirada tan limpia, tan desprejuiciada, sobre la relación amo-sumiso.

Lo peor:

La última escena juntos nos hace querer saber más de Ray, y nos deja la miel (o el misterio) en la boca.




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