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Linda florcita blanquita

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¿Se acuerdan lo que dijo Gabriela Oviedo cuando era Miss Bolivia? Yo tenía once años y recuerdo que varios profesores nos repetían que las declaraciones de la Miss no debían ser vistas como modelo a seguir. Para quienes no se acuerden, en una entrevista en el Miss Universo, ella afirmó construir su identidad en una Bolivia blanca, alta y que habla inglés. La frase causó tal revuelo que Kalamarka le dedicó una morenada que muchos sabemos y bailamos. Ella se excusó en la traducción de la entrevista y muchos otros hasta hoy la eximen diciendo que su afirmación era más regionalista que racista. Sin embargo, es fácil explicar el racismo de la frase, dado que implica tener un fenotipo (blanca, alta) superior a otro (moreno, bajo).

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Lo que sí, nadie diría que Oviedo hizo esas declaraciones por ser mala persona o por avergonzarse de ser boliviana. Jamás pidió perdón sobre sus declaraciones (ni lo hará) y no habría ningún problema ante ello, si sus frases solo se validaran ante la minoría blanca a la que representa. El conflicto es que esta perspectiva de mundo está siendo validada en la mirada del resto del país.

No soy mirador de televisión, por ello, durante el último periodo electoral me sorprendió verla comentando noticias, dando opiniones políticas y lanzando frases de unidad. Pensaba que ella había pasado al olvido como una anécdota racista más, pero no: escribe libros, da charlas TED, conduce programas. Entonces, qué siempre ha pasado para que una persona que ha sido bandera del racismo pase, en veinte años, a ser una voz autorizada de opinión pública. Digo, a estas alturas ya deberíamos haber olvidado lo que dijo el 2004, pero es más claro que nunca que no ha sido un accidente, sino el producto de un problema estructural.

Noam Chomsky ha estudiado cómo los estamentos de poder requieren del consentimiento de la población para establecerse como tales, dado que siempre son pocos los que gobiernan y muchos los gobernados. Si bien puede lograrse por la tiranía, este consentimiento se fabrica sobre todo mediante estrategias de control de la opinión pública: los medios de comunicación filtran lo que vemos de la realidad hasta manufacturar un consenso, una perspectiva del mundo.

El primer filtro es la propiedad de los medios: quien tiene voz en la pantalla es un activo para el poder. Hay alguien que decide quién va a conducir el noticiero, ignorar el racismo y validar ese rostro como autoridad de opinión. Un segundo filtro es la publicidad, la televisión va a buscar siempre el rostro más vendible y, en un país racista como Bolivia, la blanquitud vende.

Un tercero es el abastecimiento de las noticias: ver a un rostro todos los días como voz autorizada de información ha convertido a Oviedo (y a otros) en fichas de la infraestructura del poder. La repetición naturaliza una neutralidad que no existe y el historial de sus declaraciones racistas queda olvidado en la mente de la población. Puede ser que su declaración del 2004 haya sido un desliz de la ignorancia juvenil, sin embargo, el racismo estructural de Bolivia está aprovechando cada oportunidad que nuestros ojos le dan para manufacturar su aceptación.

¿Y qué se hace ante semejante manufactura del racismo? Digo, al final, el grueso del país no somos dueños de canales ni ostentamos el poder económico para imponer una agenda. Diría que el primer paso es asumir que todos hemos dicho algo racista alguna vez: esto es algo que ni Oviedo ni JP Velasco (y otros) tienen la vulnerabilidad de admitir. Asumir que nos ha dado vergüenza la pollera de la abuela, que nos causa conflicto cómo pronunciamos la ere, que nos da vergüenza la zona en la que hemos crecido: y construir desde allí. Puede que suene algo romántico, pero comenzar otra pedagogía nacional desde el poder de la vulnerabilidad puede darnos herramientas que nos ayuden a construir nuestro país más allá de las manufacturas que quieren imponernos, más allá de nuestros propios prejuicios y nos permita, tal vez, comenzar a asumirnos en el espejo.

 

(*) Juan Pablo Vargas Rollano es escritor y educador

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