Anantara Palazzo Naiadi Rome: lujo contemporáneo sobre las huellas de la Roma imperial
En el corazón de la Piazza della Repubblica, uno de los grandes espacios urbanos del centro de Roma, el hotel Anantara Palazzo Naiadi Rome Hotel emerge como un enclave singular donde la historia clásica y el lujo contemporáneo conviven literalmente sobre los restos de la antigua Roma.
El edificio que hoy alberga este cinco estrellas se levanta sobre los vestigios de las monumentales Baths of Diocletian, cuyos cimientos excavados, mosaicos y piscinas pueden contemplarse desde la planta baja del hotel. A ello se suma otra capa histórica: elementos arquitectónicos encargados por el papa Pope Clement XI para el Vaticano en 1705 forman parte del conjunto original. El resultado es un palacio urbano suspendido entre siglos de historia. Desde su terraza (una de las mayores de la ciudad) se despliega una panorámica privilegiada del skyline romano, mientras la monumental fuente de la plaza recuerda constantemente la escala teatral de la capital italiana.
El hotel dispone de 238 habitaciones y suites diseñadas para combinar el glamour del viejo mundo con el confort contemporáneo. El interiorismo alterna estilos neoclásicos y líneas más actuales, generando un ambiente sereno que funciona como punto de partida para descubrir la ciudad eterna. Entre las opciones más exclusivas destacan las once Suites Dúplex, con vistas a la plaza y a la emblemática Fountain of the Naiads. También sobresalen tres suites ejecutivas equipadas con elementos poco habituales incluso en hoteles de lujo (como cinta de correr, jacuzzi, baño de vapor o terrazas privadas) pensadas tanto para viajeros de negocios como para escapadas urbanas. En la cúspide de la oferta se encuentran dos suites presidenciales con ventanales franceses de doble altura, baños de mármol y amplias zonas de salón con comedor y cocina americana, concebidas para celebraciones privadas o cenas íntimas.
Bienestar y experiencias romanas
El hotel completa su propuesta con un spa inspirado en la tradición del bienestar mediterráneo. Cuatro salas de tratamiento, hammam, sauna, hidroterapia y zonas de relajación permiten desconectar tras recorrer la ciudad. A ello se suman gimnasio, sesiones de entrenamiento personal y clases de yoga, incluso al aire libre en los jardines de Villa Borghese.
Más allá del alojamiento, el hotel organiza experiencias diseñadas para descubrir las múltiples caras de la capital italiana: desde recorridos por el Vaticano hasta rutas por barrios vibrantes como Trastevere, Monti o Campo de' Fiori.
Entre las propuestas más originales figuran clases de cocina romana con productos comprados en mercados locales o recorridos por la ciudad a bordo de un Fiat 500 clásico o en sidecar, evocando el espíritu cinematográfico de la Roma de Audrey Hepburn y Gregory Peck.
Gastronomía
Dentro del Anantara Palazzo Naiadi, el restaurante INEO se ha convertido en uno de los proyectos gastronómicos más personales de la escena romana. Al frente está el chef Heros De Agostinis, nacido en Roma en 1976, cuya cocina combina tradición italiana, recuerdos familiares y sabores recogidos durante años de viajes. “Mi cocina no es una fusión pensada en un laboratorio; es simplemente la historia de mi vida”.
Su historia comienza en el barrio romano de Esquilino, uno de los enclaves más multiculturales de la ciudad. Allí creció rodeado de mercados internacionales, talleres históricos y restaurantes llegados de distintos rincones del mundo. “Crecí en un barrio donde distintas culturas han convivido durante décadas y donde la comida se convierte de manera natural en un lenguaje común”, explica. Esa diversidad no es solo urbana, también forma parte de su propia historia familiar. Su padre procedía de Abruzzo y su madre de Eritrea. “Crecí entre dos mundos gastronómicos: por un lado la cocina rural italiana de Italia central y, por otro, la cocina eritrea del Cuerno de África, rica en especias y aromas”.
Tras formarse y trabajar con chefs internacionales, De Agostinis regresó a Roma para abrir INEO precisamente en el barrio donde todo había empezado. “Empecé a viajar porque sentía la necesidad de trabajar junto a grandes chefs internacionales y luego regresé aquí para construir un estilo de cocina que parte de Roma pero habla al mundo”.
En sus platos, la tradición romana se entrelaza con ingredientes, técnicas y recuerdos recogidos durante sus viajes. Pero el chef insiste en que su cocina no busca romper con el pasado. “Mi objetivo no es romper la tradición, sino dejar que evolucione”, afirma. Para él, la propia historia de Roma explica ese diálogo culinario: “Desde la antigüedad, Roma ha sido un cruce de encuentros e intercambios culturales. Siempre ha acogido influencias externas y las ha transformado en algo nuevo sin perder su identidad”.
A menudo el punto de partida de un plato no es una técnica ni una idea conceptual, sino un recuerdo muy concreto. “A veces surge de una memoria muy precisa: un plato compartido con amigos en otro país, quizá en Indonesia, Tailandia o Sudamérica”. Un ejemplo que menciona con especial cariño ocurrió en Oriente Medio: “Recuerdo comer baba ghanoush con amigos chefs en Bahréin. Ese sabor, esa atmósfera, esa sensación de estar bien juntos permanece conmigo. A veces ahí es exactamente donde empieza un plato”.
El restaurante obtuvo su primera estrella Michelin gracias a una propuesta creativa y multicultural. Sin embargo, el chef recuerda que el camino hacia esa identidad no fue inmediato. “El verdadero punto de inflexión fue darme cuenta de que no necesitaba inventar una identidad: simplemente tenía que contar mi propia historia”, explica. Al principio recibió consejos muy distintos: algunos le sugerían centrarse en una cocina más clásica, otros en propuestas vegetales o en una interpretación estricta de la tradición romana. “Durante un tiempo tuve dudas”, admite. La respuesta llegó al mirar su propio pasado. “Entendí que la respuesta era mucho más simple: mirar de dónde venía y escuchar a mi alma y a mi corazón”. Esa revelación transformó el proyecto. INEO pasó a ser el espacio donde reunir todas sus experiencias: viajes, encuentros con chefs, recuerdos familiares y momentos compartidos alrededor de una mesa. Para De Agostinis, cada plato tiene un origen distinto: puede surgir de un ingrediente, de un aroma o de una experiencia vivida.“Muchas de mis ideas nacen de momentos felices compartidos alrededor de una mesa: un plato comido con amigos, el olor de una especia en un restaurante indio de mi barrio o una verdura china del mercado de Esquilino”, explica.
Al final, todo se resume en una filosofía muy personal: transformar esos recuerdos en algo que el comensal pueda experimentar. “Cuando creo un plato intento convertir esa emoción en algo que pueda compartirse con quienes cenan en el restaurante”. Por eso, concluye, su cocina no responde a una fórmula calculada. “Mi cocina no es una fusión diseñada en un laboratorio; es simplemente la historia de mi vida”.. Y en INEO, esa historia se cuenta plato a plato.
