En 1993 el maestro Luis García Berlanga estrenó 'Todos a la cárcel' , un magistral retrato rodado en pleno apogeo de la corrupción política española y de lo que dio en llamarse la cultura del pelotazo, cuyo argumento giraba en torno a las jornadas del Día Internacional del Preso de Conciencia en la prisión de Valencia, donde lo más 'granado' del hampa de ese binomio político y empresarial se daba cita entre rejas para continuar con sus negocios, independientemente de cumplir una condena abreviada por buena conducta. Pero las primeras farsas y esperpentos de la melé política empezaron a proliferar dos décadas antes, con gran aceptación entre el público, sin que sus señorías convirtiesen la crítica de cineastas y guionistas en una cuestión de Estado ni de debate parlamentario: 'Vota a Gundisalvo' (1977), de Pedro Lazaga, 'El asalto al castillo de la Mocloa' (1978), de Francisco Lara Polop –con las deliciosas voces en off de Tip y Coll– y 'El alcalde y la política' (1980), de Luis María Delgado, se estrenaron sin que a su equipo artístico se les complicase la vida civil ni se les cancelasen sus respetivos proyectos, que ahí están para quien desee recordar de dónde venimos y adónde vamos. 'De camisa nueva a chaqueta vieja' (1982) y 'Las autonosuyas' (1983), de Rafael Gil, basadas en las novelas homónimas del prolífico y mordaz Fernando Vizcaíno Casas, ofrecieron sendos retratos de aquellos parásitos que, desde el comienzo del franquismo hasta la democracia, habían ido adaptándose a los nuevos tiempos sin perder su estatus económico. De falangistas a socialistas, los 'prohombres' de la España del poder habían logrado sobrevivir e invertir en los negocios que les ofrecían los lobistas, y fueron retratados en filmes que piden más que nunca una urgente y feliz revisión. Fue también Mariano Ozores quien primero abrió el melón de la sátira de la incipiente democracia, con títulos tan emblemáticos como 'Los autonómicos' (1982) y '¡Que vienen los socialistas!' (1982), en las que el incipiente Estado de las autonomías quedaba ya inmortalizado, en una suerte de anticipación de lo que iba a venir –ay–, y que completó con títulos verdaderamente visionarios como 'El recomendado' (1985), 'Los presuntos' (1986), 'Hacienda somos casi todos' (1988), de resonancias tan actuales. Santiago Segura , a través de la saga Torrente , ha sido el único que ha continuado por la senda de la denuncia satírica del sistema que iniciaron los grandes de nuestro cine español hace décadas, muy pegado en sus tramas a los casos Gürtel, ERE, Koldo o Bárcenas , amén de haber podido fijar un espejo gigante de esta España casposa, corrupta, confiscatoria y depredadora que nos ha tocado vivir, sin duda caricatura profética de comportamientos actuales que todos, en mayor o menor medida, hemos ido normalizando a base de tragar con el telediario. El personaje de José Luis Torrente, expolicía corrupto, racista, frecuentador de prostíbulos y amigo de delincuentes, que vive de chanchullos y mordidas, reúne en carne mortal desde 1998 los vicios asociados a nuestros escándalos políticos reales. Desde la primera película, Torrente cobra comisiones, protege mafias, falsifica pruebas y vive del tráfico de influencias, un paralelismo con lo que años después se destapó en casos como Gürtel –comisiones en las adjudicaciones–, Púnica, o incluso tramas de corrupción en cuerpos de seguridad y ayuntamientos. La saga arrojó al patio de butacas la verdad del policía chorizo y putero, que recientemente hemos conocido con tantos casos de 'rabiosa' actualidad, obligados a dimitir por el ministro de Interior. Torrente siempre está cerca de los alcaldes que exigen mordidas por la concesión de licencias, dispuestos a ejercer el enchufismo de los 'sobrinos' y habituales ejercientes del más descarado amiguismo o recomendación de 'amiguetes'. El caso de los ERE de Andalucía, con el desvío masivo de fondos públicos, o el caso Filesa, le dieron la razón al cine de Segura de que en España se roba mucho y se perdona más o, lo que es lo mismo, que robar mucho se penaliza poco. En 'Torrente 4' y 'Torrente 5' (2011 y 2014) ya emergen las tramas de los grandes chanchullos urbanísticos y políticos, traslación cinematográfica del ladrillazo y la burbuja inmobiliaria que estalló después. La sexta entrega, 'Torrente presidente' nos presenta a su protagonista como candidato presidencial verdaderamente procaz en un partido paródico (NOX), realizando mítines y promesas surrealistas, una sátira a líderes populistas de toda laya y condición, con el caso Koldo-Ábalos-Cerdán de las mascarillas, las comisiones en obra pública y las tramas del PSOE aún candentes y recién abiertos. Santiago Segura había amagado varias veces con que «al final tendré que hacer 'Torrente presidente'» porque entendía que la realidad política en España superaba la ficción , y la estrena este viernes. Se sabe que incluso intentó fichar a Koldo y a Ábalos para sendos cameos, con chistorras y meretrices incluidos, pero el brazo de la ley, que a veces funciona, los mandó a tomar el sol a cuadros a Soto del Real. De momento, los llenazos de los cines con la masiva preventa constituyen la mejor de sus credenciales, y promete taquillazo porque a los españolitos parece que les gusta saber de qué calaña es su cleptocracia y hasta dónde está dispuesta a llegar en la consecución de su cuñadismo insolente. Tal vez muchos se lo tomen como un vaticinio, uno de esos anticipos de Santiago Segura, el cineasta visionario, siempre tan atinados.