Fundido en negro: rescatando a Charles Williams
Hay un mundo entero dentro de la novela negra clásica estadounidense más allá y más acá de la sagrada trilogía compuesta por Hammett, Chandler y Macdonald. Incluso más allá de otros autores que han ido adquiriendo estatus de culto, como Jim Thompson, James M. Cain, W. R. Burnett, Patricia Highsmith, Chester Himes, John D. MacDonald, Donald Westlake o Elmore Leonard. A lo largo de los años cincuenta y sesenta floreció un próspero mercado del libro de bolsillo, sucesor de la pulp fiction original, y con él lo que algunos críticos denominan la Edad de Plata del Hard Boiled (es decir: del estilo duro, cortante y con filo característico del género a la americana), la mayoría de cuyos autores han caído en el más injusto olvido.
Bruno Fisher, William P. McGivern, Wade Miller, Ed Gorman, el británico James Hadley Chase, Lionel White, Richard S. Prather, entre otros habituales de la editorial Gold Medal, hoy son casi sólo una nota negra a pie de página, amados por los verdaderos expertos en el género. Y de entre todos ellos, quizá uno de los más tristemente relegados no sea sino Charles Williams (1909-1975), que vendiera millones de ejemplares de sus thrillers, muchos de ellos llevados a la pantalla dentro y fuera de Hollywood.
Maestro del suspense
Charles Williams –ojo, no confundir con el también excelente y olvidado novelista esotérico británico del mismo nombre, colega de Tolkien y Lewis– se especializó en dos escenarios singulares para su amplia producción, más de veinte novelas: por un lado, los ambientes marítimos e incluso la acción en alta mar; por otro, las pequeñas ciudades sureñas, tórridas, asfixiantes y corruptas. En ambos desarrolló un estilo único que, basado en la estructura, formato y personajes del hard boiled, encuentra su piedra angular en el uso del suspense bien temperado. Sus historias son casi siempre las de personajes atrapados en situaciones extremas, inocentes perseguidos, individuos más o menos normales llevados al límite de su resistencia, en desesperada lucha por sobrevivir o salvar a sus seres queridos, cuando no ambas cosas. Y para sus colegas John D. MacDonald y Ed Gorman o para críticos e historiadores como Anthony Boucher, Woody Haut y Geoffrey O’Brien, era el mejor en lo suyo: mantener en vilo al lector hasta la última página.
En nuestro país, Williams fue uno de los afortunados en ser publicado entre mediados de los setenta y finales de los ochenta, durante pleno boom del género, por editoriales como Península, en su colección «Serie negra policial», o Bruguera en «Serie novela negra». Gracias a esta última se editó «El arrecife del escorpión» (1955), una de sus obras maestras, paradigma de su noir marítimo o, como le han llamado algunos, «deep blue noir» –posteriormente reeditada por Medianoche Editorial (ya con prólogo de Migoya)–, y la intensa «Marcada por la sospecha» (1958). Gracias a la primera, pudimos leer «La larga noche del sábado» (1962), que serviría de base para la última película de Françoise Truffauty titulada «¡Vivamente el domingo!» (1983).
Sin traducir al castellano
La estupenda colección catalana de novela negra La Cua de Palla, dirigida por Javier Coma, uno de los introductores del género en España, publicaría a su vez algunos títulos que, paradójicamente, no se han traducido al castellano. También la editorial Versal, en sus colecciones de novela policíaca, editaría «La huida» (1958) –no confundir con la novela de Jim Thompson–, otra odisea de un inocente acosado. De vez en cuando podía llegar desde Argentina algún ejemplar de «Mar calmo» (1963), de la Editorial Tiempo Contemporáneo. Y poco más.
Pero eso fue suficiente no sólo para que un puñado de amantes de la novela negra se quedaran con el nombre de Charles Williams, sino para que un entonces muy joven Hernán Migoya, futuro guionista de cómic, autor de libros involuntariamente escandalosos como «Todas putas» (Rey Lear), de elogiados textos autobiográficos como «Baricentro» (Reservoir Books) o novelas policiales tan divertidas como «Nadie nuevo cerca de ti» (Pez de Plata), se obsesionara, casi literalmente, por «El arrecife del escorpión» y su autor. Charles Williams se convirtió en un dios de la novela negra americana y Hernán Migoya en su mesías. Precisamente, gracias a su paciencia y buen hacer, tenemos hoy en nuestras manos «Calma total» (Bunker Books), publicada antes en Argentina como «Mar calmo», ahora en su excelente traducción y acompañada por un prólogo que es en sí una historia de aventuras: las de un Migoya viajando a Estados Unidos para conocer al agente literario de Williams y a la hija de este, removiendo España con Texas y Hollywood hasta conseguir editar en condiciones a su autor fetiche.
Más aún: en 1998, la Semana Negra de Gijón editó el más extenso y prolijo libro dedicado a Williams en el mundo entero: «Charles Williams: La tormenta y la calma», de Hernán Migoya, reeditado después por Glénat. Podemos imaginar la cara de los investigadores académicos sobre novela negra americana al descubrir que el mejor ensayo sobre el autor de «Calma total» es obra de un español. Que Barry Gifford rescate a Jim Thompson, que Francis M. Nevins rescate a Cornell Woolrich o James Sallis a Chester Himes es una cosa… pero que un charnego catalán expatriado en Lima rescate a Charles Williams es de locos. De locura divina, claro.
«Calma total» es una de las obras fundamentales de Williams. Protagonizada por el matrimonio aventurero compuesto por John y Rae Ingram, es ante todo, más que novela negra, una aventura marítima de supervivencia, angustia y suspense, donde el autor demuestra su amor no sólo por el mar sino por autores como Conrad, Maugham, Hemingway o Jack London. La peripecia de una pareja en plena luna de miel separada en medio del océano por la aparición de un violento psicópata se convierte en una pesadilla en la que tanto él, atrapado en un derrelicto a punto de hundirse, como ella, prisionera del imprevisible asesino psicótico, tendrán que poner a prueba su resistencia, conocimientos y suerte para sobrevivir, incluso cuando todo parezca haber terminado.
Que nadie se confíe
La novela fascinó a Orson Welles, que no pudo llevarla a la pantalla, siendo adaptada por Philip Noyce en 1989, con unos espléndidos Sam Neill, Nicole Kidman y Billy Zane. Pero quien haya visto la película que no se confíe: la novela está llena de sorpresas también para él. Williams es un maestro del suspense, sí, pero no al estilo de ese suspense psicológico típico del melonoir o el noir gótico de escritoras como Vera Caspary, la Highsmith, Du Maurier o Margaret Millar, sino al estilo hard boiled. Duro, viril, violento, tenso y brutal, al tiempo que con personajes femeninos fuertes e inteligentes y situaciones de angustia extrema que rozan el terror.
«Calma total» es lectura obligada para todos los amantes de la mejor novela negra y de aventuras moderna. Ojalá que pronto podamos leer muchas más obras de Charles Williams, como las adaptadas al cine por Hubert Cornfield, Claude Sautet o Dennis Hopper –la espléndida «Labios ardientes» (1990)–. Mientras, demos gracias porque de vez en cuando alguien haga caso de aficionados a rescates literarios extremos, tan entregados y arriesgados como Hernán Migoya.
