Autocomplacencia, estancamiento, decadencia, quiebra.
No es esta una secuencia extraña en el mundo empresarial. Lo sorprendente es que no la apliquemos por igual en el ámbito personal.
No me refiero ahora a la carencia de ambición por conseguir mejoras laborales o económicas, sino a la esfera de las facultades específicas de la persona.
Es precisamente aquí donde todos corremos mayor riesgo. Basta con sentirnos suficientemente buenos y satisfechos con nosotros mismos, con interiorizar que lo que hacemos mal no es nada comparado con lo que hacen otros. Ya hemos luchado bastante y mejorado lo suficiente. Merecemos descansar.
Consecuentemente, surge el convencimiento de lo absurdo que sería esforzarse, dar un paso más. Nos acomodamos. No importa la edad. Hay jóvenes viejos. Cuando nos decantamos por la vida muelle, hasta pensar resulta agotador.
Colgamos el “Do not disturb” en el pomo que abre la puerta de la superación, pero -esta vez- por tiempo ilimitado.
Ignoramos que la perfección nos llama desde el horizonte de la vida. Hacemos oídos sordos. Preferimos sumergirnos en otros ruidos para evadirnos de la realidad y de nosotros mismos. Hemos decidido detener el progreso al que se nos llama cada mañana. Nos llena contemplar como crece lo sembrado antaño. Holgar será la pauta de cada jornada y, el objetivo en la vida, aguantar. El plan: acumular primero para pasmar luego.
Esto supone sumergirse en aguas estancadas; dejar en blanco las páginas que van pasando del diario de nuestra existencia; quedarse en las metas logradas, desechando las “volantes”, que nos aguardan y nos estimulan a pelear por la definitiva; creerse seguro, cuando la vida fluye rápidamente en corriente descendente, llevándose al que se duerme y deja de nadar para contrarrestarla; la pérdida de “masa muscular” de la voluntad, y la atrofia progresiva de las articulaciones que la mueven, así como del entendimiento, que nos permite descubrir el sentido de vivir cada día.
Los avatares de la vida nos ofrecen la posibilidad de acumular mérito y crecimiento como personas, pero también pueden conducirnos a mermarlo y dilapidarlo hasta la quiebra de nuestro proyecto vital.
Paradójicamente, es en la precariedad donde mejor se manifiesta la grandeza del ser humano. Y la forma en que nos enfrentamos al sufrimiento y a las contrariedades, indica el lugar en el que situamos la propia dignidad. Podemos encallar en el “por qué” o buscar el “para qué”. Aquí está la cuestión, la de perder o ganar.
Francisco Javier Lage Ferrón
