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La «lectio» del Rey en el Museo Arqueológico Nacional

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El lunes pasado S.M. el Rey visitó, acompañado por el embajador de México, en el Museo Arqueológico Nacional, la exposición «La mujer en el México indígena. El ámbito humano». No se trataba exactamente de la inauguración de la exposición, sino de una visita. Durante el paseo por las salas del MAN tuvo lugar un fascinante diálogo entre Don Felipe y el embajador Quirino Ordaz. No se trataba, ni de declaraciones, ni de discurso. Fueron, por el contrario, unas reflexiones en voz alta llenas de espontaneidad.

A cualquiera que tenga un juicio maduro y libre de piedras bezoares no creo que le pueda llamar la atención otra cosa sino la prudencia del juicio del Rey, la mesura en sus palabras y en sus gestos. Porque eso que tanto gusta ahora que es el analizar el lenguaje corporal, estuvo muy presente durante la plática de Don Felipe, delante de la vitrina, y con tres testigos nada más.

Pudimos y hemos podido oír al embajador hablar de «la grandeza de los pueblos originarios» y «cómo se aprecia la historia compartida de nuestros pueblos». Y se puede oír al Rey que en un tono admirablemente sosegado y docente, ratifica lo dicho con un «cómo las civilizaciones se han encontrado con sus momentos de lucha, de conflicto y de controversia», ampliado con «al fin y al cabo, esa cultura mestiza que nace ahí, en América, es lo que nos define hoy». ¡El Rey aludiendo a la Controversia de Valladolid! Y el que quiera saber que sepa…

Dirigiéndose a las autoridades arqueológicas y culturales, hablaba de sus sentimientos, con total naturalidad, «yo creo que esta exposición, además, para muchos, abre una ventana de conocimiento…» y que le parecía que «es muy bonito conocer más a fondo esa historia antigua, con cosas que están por descubrir, me imagino, porque la ciencia continúa su esfuerzo de investigación». ¡Qué apoteosis, el Rey hablando de innovación y Ciencia!, y más aún, desde su poco ponderada humildad que tanto cautiva, «es interesantísimo conocer más, valorarlo más, incluso con matices».

Pasaron unos segundos en los que siguió el monólogo (porque no hubo diálogo, ¿quién iba a decir, corregir o añadir nada?) y lo coronó con un categórico «la juventud yo creo que debería conocerlo más para apreciarse a sí misma y no solo de un lado y de otro (del Atlántico), sino en ambos lados».

Es en verdad reconfortante, ver la preocupación del Rey por la educación, en la que –al menos en España– tan poco se ha cuidado la enseñanza de la Historia que no sea la Contemporánea, con los resultados que tenemos. Y el Rey, sin embargo, proponiendo que los chavales de España y del Reino de Nueva España, sepan más de las historias compartidas porque «conociendo la antigüedad es una manera preciosa de valorar lo moderno también».

En ese momento de la conversación el Rey introdujo una reflexión que demuestra que intelectualmente está muy por encima de muchos, pues sabe alejarse del presentismo (la ideologización de la Historia, que es hacer panfletos) y añorar el saber más y más (de nuevo): «En nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues obviamente no pueden hacernos sentirnos orgullosos. Pero hay que conocerlos. Y en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso. Y sacar lecciones»… Lecciones (¡me recuerda a un Francisco de Vitoria con sus Relectiones!), «los propios Reyes Católicos, la Reina Isabel, con sus directrices, las Leyes de Indias, todo el proceso legislativo, hay un afán de protección que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho abuso».

Naturalmente, porque fue una obra humana y por ello, imperfecta…, por tanto, hubo que legislar y se legisló y se reflexionó, desde la Teología y desde el Derecho, o la Filosofía con Aristóteles, Agustín, Egidio y muchos más (que claro, algunos y aún alguna no puede entender, ni leerá jamás).

Y mientras SM hablaba, en una sosegada charla de un par de minutos, los acompañantes asentían con la cabeza porque ¿cómo no iban a asentir si lo único que se decían eran verdades como puños y anhelos (saber más y más, investigar, hacer ciencia) objetivamente incuestionables?

El Rey terminó de hablar en su Discurso de la vitrina implorando, de nuevo a la verdad y a los sentimientos que nos unen a los españoles con los hispanoamericanos: «Estas exposiciones son muy importantes. México es producto de todas aquellas culturas, incluso del propio encuentro con españoles. Enhorabuena, porque es un gran esfuerzo [montar una exposición como esta]».

Supongo que para otro paseo deslumbrará a sus contertulios contando las cosas de Rumeo de Armas («La política indigenista de Isabel la Católica», 1969), del gran Luciano Pereña y su vital «Corpus Hispanorum de Pace» (entre otras obras), de los monumentales estudios de Miguel Anxo Pena, del infinito proyecto (¡extranjero!) https://www.salamanca.school/index.html, o la pestaña de la Fundación Larramendi dedicada a nuestros polígrafos, o cualquier otra cosa de la que haya que comentar algo que tenga que ver con eso que se llamó y aún se llama el Derecho Indiano. Incluso podría invitar a algún despistado a visitar «La lección de Salamanca» del gran muralista Sert (1936) en la Sociedad de Naciones de Ginebra, y tantas, y tantas cosas más, que hacen a la huella de España por el mundo y que se encarnan en su aplomo del Rey.

Y he de dejarlo ya.

Justo antes de escribir estas líneas, transcribía el nombramiento de un doctor, Antonio González, que el 2 de enero de 1569 fue nombrado presidente de la Audiencia de Guatemala y allá que se iba, dejando su puesto de oidor en la Chancillería de Granada, para seguir defendiendo el común Derecho de españoles, indios y mestizos, en nombre del Rey de España.

Alfredo Alvar es Profesor de Investigación del CSIC




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