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Russian Red: «Ya no necesito petarlo en Spotify ni que mis números me representen»

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Abc.es 
Mientras Lourdes Hernández posa para el fotógrafo en Le Clan, una cafetería jazzera de la zona noble de Madrid con una luz tan tenue que apenas se distinguen los rostros de la clientela, alguien se acerca y pregunta si la chica bajo los flashes es Russian Red . «¡Lo sabía! ¿Va a cantar algo?». Ella ríe cuando se lo contamos. «Es que a veces creo que ya nadie se acuerda de mí», dice antes de pedir un poleo y sentarse a charlar sobre su regreso a los escenarios con 'Rojo Relativo', «un cabaret místico» de música, teatro y performance bajo el mandato operacional de la improvisación que presenta con sendas residencias en el Café Berlín de Madrid (21 de marzo, 18 de abril, 23 de mayo y 13 de junio) y El Molino de Barcelona (29 y 30 de mayo) antes de plasmarlo en un álbum. Pero cómo olvidar a Russian Red. Su irrupción fue el primer gran fenómeno musical español protagonizado por una mujer en el siglo XXI, en una época en la que no nos poníamos tan histéricos como ha ocurrido con Rosalía, pero sí lo suficiente como para que a ella, una chica de 21 años que no estaba ni mucho menos preparada para lo que se le venía encima, se le atragantase el éxito. En febrero de 2014, en las entrevistas por el álbum 'Agent Cooper' se la notaba tristona, sin chispa. Su relación con su madre se había deteriorado y estaba a punto de hacerle una peineta a la industria largándose a Los Angeles, donde conocería al que hoy es su marido, con el que montaría un negocio de organización de bodas. En 2017 se autoeditó el que sería su último disco durante largos años, 'Karaoke'. Por eso es normal que en 2026 piense que se han olvidado de ella: no volvió a asomar la cabeza en el mercado pop hasta hace año y medio, cuando creó un nuevo proyecto 'indie' junto al canario Luis Sansó (ex Solo Astra, ahora en Cupido), que le devolvió la ilusión para resplandecer de nuevo en el mini-LP 'Volverme a enamorar'. «¿De la música?», le preguntaban en todas las entrevistas. Por el camino se había involucrado en proyectos de fotografía, diseño, poesía, 'clowning', cine y hasta compuso para una compañía de ballet, experiencias que «han tenido su peso en la creación de este nuevo espectáculo que tantas ganas tengo de presentar», asegura tras dar un sorbo a su poleo. Sonriendo. ¿La pregunta de qué es 'Rojo Relativo' sería demasiado amplia así para empezar? No, no. Lo sería ¿quién es Russian Red? (risas). Tengo muy claro qué es 'Rojo Relativo' y cómo explicarlo. Para mí es un ritual. He pasado de la idea de subir a un escenario para dar un concierto, a la idea de subirme para hacer un ritual. ¿Por qué creo que es un ritual? Porque es un show musical para públicos pequeños, 200 personas máximo. Y es ritualístico en el sentido de que recupero canciones clásicas, desde Frank Sinatra a Camela pasando por Los Panchos u Olivia Newton-John, haciendo un recorrido por el imaginario colectivo de las canciones de amor y me las llevo a mi terreno. Hago partes inventadas, y las canciones son vehículos para que se abra una conversación sobre el amor y sobre el deseo, que es mi tema nuclear. Siempre lo ha sido, pero cuando era más joven estaba investigándolo desde otro lugar. Ahora que soy mayor y tengo otra experiencia vital, tanto con el amor como con el deseo, quiero que la conversación sea a través de la música, pero también de la poesía, la contradicción, la reflexión, todo ello muy teatralizado. Eso no significa que me vaya a poner a «hablar de mi libro», significa que todo está improvisado, yo no lo controlo. Y es un cabaret místico porque es muy íntimo, y como el amor y el deseo son palpables, hay una seducción. Pero no superficial, es más como seducirse a una misma. La gestión de ese riesgo debe ser muy excitante. Es increíble. Yo nunca me he sentido tan plena sobre el escenario hasta que he empezado con este formato, al estrenarlo como en una incubadora el año pasado en el Berlín bajo el nombre de 'No voy a cantar cigarrettes'. Un título que ya de por sí fue un portazo al pasado. Ahí tuve como 'a-ha moment' brutal, de decir «¡Ah! ¡Era esto!». Toda una carrera alrededor de la música, y de repente sientes que has encontrado tu formato. Este show, mi sueño es hacerlo todos los años y que sean una colección de conciertos muy pequeños en los que vaya habiendo una evolución del personaje. Porque yo subo al escenario, pero interpreto a un personaje, que es la versión femenina del arquetipo del loco del tarot, que se mueve en ese limbo donde nada está controlado, donde no se sabe qué va a suceder, y donde hay una gran vitalismo pero también una parte oscura. Otra cosa que me ha traído 'Rojo Relativo' es la autogestión radical: estoy sin manager, sin sello, sin distribuidora, estoy yo sola. He cumplido 40 años, y desde la noche que pasé de los 39 a los 40 me siento como si me hubieran empujado para adueñarme de mi carrera. Estoy en un proceso de aprendizaje arduo para convertirme en una acróbata emocional, y a la vez encargándome de cosas que siempre se me han escapado. En este cabaret también un enfoque particular de la feminidad, ¿no es así? Sí. Ahora estoy abrazando más mi lado masculino, cosa que antes no hacía antes. Aunque aparentemente soy muy femenina, tengo un lado masculino bastante potente. Lo noto en comparación con mis amigas, por ejemplo. En cuestiones de resiliencia, de apostar, de tener unas dinámicas diferentes. En ocasiones siento que estoy más de igual a igual con mis amigos varones. Mi feminidad en el escenario tiene que ver con esto, pero con una masculinidad diferente a la que observo en Bad Gyal, Rosalía o Nathy Peluso, donde también la hay, pero más agresiva. Mi agresividad viene por otro sitio. La relación con su madre tuvo que ver con su marcha, ¿verdad? Sí. Yo creo que si tienes buena relación con tu familia es difícil irse. Pero si tiene una cosa más desestructurada, es más fácil preguntarse quien soy yo. Cantar en inglés tenía que ver con eso, con una fantasía de mí mismo que tenía que ver con mi búsqueda de identidad. Por eso, volver a España y empezar a cantar en español fue como la ensoñación a la inversa, después de haber sido otra persona en otro país. ¿'Volverme a enamorar' fue el germen de todo esto? Totalmente. Fue la transición. Me devolvió la sensación de jugar con la música, y además nunca había escrito canciones en español. Eso tiene que ver con mi vuelta a España tras diez años en Los Angeles, con volver a reconectar con quién soy yo en mi tierra, después de una temporada reinventándome y siendo otra persona, casándome, teniendo otros trabajos… Ahora está en una suerte de cara B de la industria. Ya no necesito petarlo en las listas de Spotify, ni que mis entrevistas se viralicen, ni que mis números me representen. No puedo estar más en contra de todo eso. Hay gente que se encuentra bien en la industria, y lo entiendo. A mí me fue bien en ella, pero ya no me funciona. La industria intenta controlar el arte, y mi propuesta es justo lo contrario, la improvisación, no controlarla. En ese sentido, abogo por dar un paso atrás en la profesionallización, en la industrialización de la música, un paso a favor de la experiencia no controlada.



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