Dialéctica de la Ilustración
Acaba de fallecer Jürgen Habermas y la opinión pública, a la que se dedicó en cuerpo y alma, no le ha tributado el homenaje que se merece. Un época se mide por la altura de los personajes a los que admira y resulta sintomático que la prensa dedique páginas y páginas a la muerte de cualquier advenedizo de la farándula y solo sintéticos obituarios a quien asumió la carga de la filosofía en el siglo XX.
Bien mirado, es poco lo que se puede decir de Habermas en una columna. Es un filósofo de monográfico, de tesis doctoral. En cualquier caso, no hay mejor manera de homenajearlo que hablar de quienes lo precedieron, teniendo en cuenta que dentro de poco celebraremos la publicación de unos de los principales ensayos filosóficos del siglo XX.
Me refiero a Dialéctica de la Ilustración, la obra de Horkheimer y Adorno que por primera vez apareció en 1944, pero de forma oficial se suele datar dos años después. En ella, los fundadores de la Escuela de Frankfurt ajustan cuentas con la racionalidad occidental y someten a crítica el cientificismo.
La sutil reflexión de los frankfurtianos muestra cuál es el destino al que conduce la Ilustración. Lo que se preguntan es algo que todavía no ha dejado de inquietarnos y que, a ellos, de origen judío, obligados a dejar su puesto docente en Alemania y forzados al exilio, se les presentaba con mayor drama y crudeza, a saber, ¿cómo es posible que las luces ilustradas se hubieran apagado tan de repente en el mismísimo corazón en que comenzaron a alumbrar?
Para Adorno y Horkheimer la Ilustración no empezó en el siglo XVIII; a su juicio, el afán de dominio y la explotación anidaban en el propio concepto occidental de razón. No era la primera vez que acusaban de totalitario un modelo de cálculo de tipo instrumental que, en el momento que escribían, se habían transformado en el paradigma de la razón por excelencia.
La prosa de los teóricos críticos no es fácil; coquetean con la jerga marxista, incluyendo dosis altas de psicoanálisis, teoría social y hegelianismo abstracto. Pero, aunque no se suscriba por completo su mensaje, fueron de los primeros en denunciar las fallas del utilitarismo y en advertir de la manera en que la atención a los medios y los instrumentos estaba opacando la conversación sobre los fines y el sentido de la existencia.
Cuando hace unos años, el triste y repentinamente fallecido Nuccio Ordine señalaba que lo inútil es tan necesario para el ser humano como el aire que respira, la crítica alabó la audacia del italiano, su valentía a la hora de sacar los colores al capitalismo desbocado. Pocos señalaron entonces que la diatriba de Ordine contra el filisteísmo era un síntoma del éxito de la razón instrumental y que revelaba lo poco que ha importado la imposición del cientificismo a lo largo del siglo XX.
Para Adorno y Horkheimer la Ilustración no empezó en el siglo XVIII; a su juicio, el afán de dominio y la explotación anidaban en el propio concepto occidental de razón
Porque lo que cuestionó Ordine está fundamentado y expuesto, más prolijamente -y estilísticamente también de una manera mucho más tosca-, por los maestros de Habermas en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Asimismo, fueron suficientemente proféticos para adivinar el letargo de las masas ante los avances científico-técnicos.
Se equivocaron en algunas cosas. Por ejemplo, está claro que la civilización o el sistema no colapsaron, sino que avanzaron aún más. ¿El motivo? Lo señaló el joven Habermas: ni Adorno ni Horkheimer acompañaron su crítica de un modelo de racionalidad alternativo, ni fueron muy pragmáticos a la hora de proponer salidas a la crisis.
Habermas intentó ofrecer aire fresco sosteniendo que el modo originario de razón no es el instrumental, aplicado o técnico, sino aquel que tiende a la comunicación y a la defensa argumentada de nuestras posturas. Los tres no se percataron de que la solución no estaba en sacarse de la chistera fórmulas novedosas, sino justamente en echar mano de todo aquello contra lo que la Ilustración arremetió.
Dicho a las claras: el antídoto frente al cientificismo es Grecia. Dejemos de lado las boutades de Voltaire y recuperemos el sabio sosiego de Aristóteles o de Platón y de quienes, siguiendo sus intuiciones, atisbaron que el objetivo de la razón no es tanto dominar como admirar. Ellos cifraron la finalidad en la vida contemplativa, no en la cansada obsesión por explotar o instrumentalizar lo que únicamente se nos ha donado.
Ni Adorno ni Horkheimer acompañaron su crítica de un modelo de racionalidad alternativo, ni fueron muy pragmáticos a la hora de proponer salidas a la crisis
Ayer, por casualidad, me topé enredando en la biblioteca con un viejo y hermoso libro de Jean Guitton, titulado Nuevo arte de pensar. El francés escribía: “He aquí el mundo ante ti, joven. ¿Qué le falta para que tú comprendas? Falta que te admires. Para hacer el mundo más maravilloso, más habitable, solo falta transformar los ojos que lo contemplan. No es el universo el que se esconde; ahí está, siempre ahí, silencioso, mudo. No es el universo el que se escapa y se desnuda: es a ti a quien se le escapa el universo”. ¿Necesitaban los frankfurtianos las utopías?
