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Para paliar el desamparo: Una historia del Hospicio de Huérfanos

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Estudiante del Seminario Mayor en el San José del general Tomás Guardia, el colombiano Manuel Sinisterra cuenta sobre una “magnífica donación” que recibió por entonces su casa de estudios:

“Una acaudalada dama josefina, cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo, había hecho construir fuera de la ciudad, por los lados de la estación del ferrocarril, un gran edificio moderno, todo de ladrillo y de un solo piso, el cual ocupaba más de una manzana.

“Este edificio fue construido con el objeto de fundar en él un asilo de ancianos, pero en el año 1880 la dueña del edificio resolvió regalarlo a los padres lazaristas para el Seminario Mayor. En las vacaciones de 1881 nos pasamos al nuevo local, en el mes de febrero, el rector y profesores del Seminario, la servidumbre y los internos”, detalla Sinisterra en el libro Un viaje a Costa Rica de 1879 a 1881.

Antecedentes de un orfanato

En las dos últimas décadas del siglo XIX, el capitalismo agrario costarricense se consolidó, en paralelo con el auge de los cultivos del café y del banano. Con ese panorama económico de fondo, la ciudad de San José vio surgir los edificios de tres instituciones de beneficencia pública: el hospicio de huérfanos, el asilo de locos y el hospicio de incurables.

De acuerdo con la historiadora Kattia Sánchez, la primera iniciativa con miras a acoger en un establecimiento a niños desamparados, data de 1864; cuando un grupo de hacendados presentó ante el Gobierno un proyecto para crear un hospicio de huérfanos de ambos sexos. Aunque el proyecto no prosperó, como resultado suyo se fundó una Junta de Beneficencia que administraría los legados o donaciones hechos en favor de los huérfanos.

Cinco años después, en 1869, gracias a un legado de ese tipo de la señora Jerónima Fernández de Montealegre (1788-1858), se creó el Hospicio La Trinidad. Más, por voluntad expresa de la matrona del clan Montealegre, en su testamento de 1857; el establecimiento sería de carácter privado y exclusivo, pues estaría administrado por miembros de su familia, y recibiría solamente a niñas (Filantropía e infancia: las Damas Vicentinas y el Hospicio de Huérfanos de San José).

Según Sánchez: “Además del sostén financiero y administrativo de la familia Montealegre, el hospicio gozó del apoyo del Estado, que le donó el edificio donde se instaló”.

Este era una casa ubicada en las calles de la “Universidad” (avenida 2ª) y del “Laberinto” (calle 1ª), en algún punto de donde se encuentra hoy el Banco Popular.

En 1875, se presentó un proyecto que pretendía redirigir al Hospicio La Trinidad las rentas que, a través de varios impuestos, asignaba el Estado al Lazareto y al Hospital San Juan de Dios. El proyecto no se concretó, pero dio pie a una rivalidad entre el Hospicio y la Junta de Caridad que, fundada en 1845, administraba aquellas dos instituciones.

De hecho, pocos meses después del incidente, la Junta intentó crear su propio hospicio de huérfanos, aunque no lo logró. El Hospicio La Trinidad, por su parte, siguió existiendo; pero en 1885 tuvo que cerrar temporalmente por dificultades económicas, cuando, ahora sí, los esfuerzos de quienes buscaban crear otro orfanato en San José estaban a punto de prosperar.

Los vicentinos en San José

La familia católica vicentina comprende agrupaciones religiosas y laicas, masculinas y femeninas, que derivan su nombre de San Vicente de Paúl (1576-1660); y están dedicadas a servir a los necesitados delmundo, realizando obras de caridad y atención sanitaria, evangelización y educación.

Su presencia en Costa Rica se remonta a diciembre de 1872, cuando arribaron al país las primeras cuatro Hermanas de la Caridad, para hacerse cargo del Hospital San Juan de Dios; cuyas labores sobrepasaban la capacidad de acción de la Junta de Caridad. Ya en aquel momento, se pensó que también podrían prestar sus servicios a un nuevo hospicio de huérfanos que crearía la misma Junta.

Al año siguiente, aprovechando la visita del vicentino padre Félix Mariscal a las Hermanas de la Caridad, la Iglesia analizó el proyecto de poner también el Seminario Mayor en manos de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl. Esto se concretó en 1877, con la llegada de los primeros padres lazaristas o paulinos; entre ellos, el sacerdote alemán Bernardo Augusto Thiel (1850-1900).

Un año después, en 1878, se fundó la Sociedad de Señoras de la Caridad de San Vicente de Paúl (Damas Vicentinas de Costa Rica); lo que permitió extender la intervención en el campo de la beneficencia a las mujeres de la élite política y económica de la ciudad, más allá de las de la familia Montealegre. Así, en la rivalidad entre partidarios del Hospicio La Trinidad y quienes buscaban crear otro, las Damas Vicentinas se sumaron a este último bando.

Mientras tanto, hacia 1880, la señora Eduviges Alvarado de Mora (1813-1897) había iniciado la construcción de aquel “gran edificio moderno” que mencionara Sinisterra. Si bien, de acuerdo con su testamento de 1876, el inmueble albergaría un instituto “para la enseñanza de huérfanos varones”; lo cierto es que este fue donado a la Iglesia, en la persona del recién preconizado segundo obispo de Costa Rica, el padre Thiel, en 1881.

Fue así como el Seminario se trasladó de su edificio original, en la esquina noroeste de las actuales avenidas 4 y calle 3, al “edificio de la Estación” en febrero de aquel año. No obstante, en julio de 1884, en medio de la tensión contra la Iglesia causada por los políticos liberales en el poder, el obispo Thiel fue expulsado del país; y, un año exacto después, se expulsó también a los padres paulinos a su cargo.

Con todo, la sección menor del Seminario ocupó el edificio un año más; al menos hasta la vuelta del obispo a Costa Rica, en mayo de 1886. De seminario a orfanato. Al mes siguiente, con la asistencia del monseñor Thiel y el presbítero doctor Carlos María Ulloa (1833-1903), empezaron las Damas Vicentinas a trabajar en la creación del Hospicio de Huérfanos de San José.

Su acta fundacional, fechada en julio de 1887, viene firmada –entre otras distinguidas damas josefinas– por su benefactora Eduviges Alvarado y por doña Cristina Castro de Keith, primera presidente de la Junta Directiva de la institución. Sus estatutos fueron aprobados por el presidente Soto Alfaro, y publicados en el Diario Oficial La Gaceta también en 1887.

Entonces, el obispo permitió a las Damas Vicentinas instalar el Hospicio en el edificio. Al año siguiente, este quedó completamente terminado y, en 1891, fue donado oficialmente a la institución. Originalmente, el lote que lo albergaba, según el Registro Nacional, era “como de tres manzanas amuralladas, todo con paredes de ladrillo”; de las que aún quedan vestigios. Estaba ubicado entre las actuales avenidas 7 y 9 y calles 19 y 23, en barrio Aranjuez; y la mayoría de su área la ocupa hoy la Universidad Internacional de las Américas.

El diseño arquitectónico ha sido atribuido al ingeniero Lesmes Jiménez Bonnefil (1860-1917); y se trata, en esencia, de un conjunto de pabellones articulados por patios internos, que ocupaban media manzana de área y tenían a la capilla dedicada a San Vicente como eje espiritual.

Sus amplios salones estaban construidos con gruesos muros de ladrillo, y tenían una estructura de madera de cedro que sustentaba unos grandes techos de teja. Pero el edificio apenas mostraba una estética neoclásica en la vistosa cornisa de su muro frontal, en el pórtico de acceso y en el muro de la capilla. Por lo demás, sus vanos eran sencillas ventanas rectangulares, alternadas con óculos de ventilación.

Posteriormente, el edificio original sufrió remodelaciones y ampliaciones, una de las cuales lo llevó a perder su extremo este, sobre calle 23, donde construyó el Hospicio un edificio de dos plantas. Pero antes, incluso, la planta original se había duplicado hacia el norte, sección que desapareció para dar espacio a la UIA.

Desde 1892, la institución fue regentada por las Hermanas de la Caridad, mediante un contrato que las Damas Vicentinas establecieron con la orden religiosa. En 1898, se recogieron en el orfanato las últimas 12 niñas que le quedaban el Hospicio La Trinidad; y, en 1908, ambas instituciones se fundieron por fin en una sola.

En 1998, el Hospicio de Huérfanos de San José fue declarado institución benemérita, como reconocimiento a su labor en el campo de la protección y cuido de menores de edad en riesgo social o en situación de abandono. No obstante, en diciembre de 2018, el edificio que acogiera al orfanato durante 130 años y en medio del bullicio de los niños, cerró sus puertas… y hoy sólo lo habita el silencio.




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