Extremadura: el lujo de vivir experiencias auténticas y sin prisas esta Semana Santa
Parar en seco; respirar profundo y romper con la rutina. A estas alturas del año y con las vacaciones de verano todavía demasiado lejos en el horizonte, el cuerpo nos pide un merecido descanso sin prisas y sin masificaciones. Una escapada que nos ayude a vivir con intensidad y recargar pilas. Con estos ingredientes, el destino solo puede ser uno: Extremadura, santo y seña del turismo de lujo silencioso, basado en la autenticidad y en la conexión profunda con el entorno.
Frente a la ostentación superficial y al turismo masificado, Extremadura rompe
moldes y engatusa al viajero que aprecia el valor de lo esencial: naturaleza,
cultura local, tranquilidad, experiencias únicas y personalizadas, sin
alardes visibles, pero con un verdadero sentido de la autenticidad. En
Extremadura el silencio, la calma y la inmersión local
invitan al viajero a transportarse a otro mundo, un mundo extraordinario
capaz de llegar al corazón de quien lo descubre y atraparlo para siempre.
En plena primavera, y con la Semana Santa de
por medio, Extremadura no defrauda. Todo lo contrario, pues en esta época del
año la región muestra su cara más fascinante y apetecible, ideal para
quienes huyen de las masificaciones y buscan perderse en un mosaico de
paisajes naturales que dejan con la boca abierta. Sin duda, ahora es el
momento perfecto para adentrarse en el mar de cerezos en flor que están
en plena floración en el Valle del Jerte, al norte de Cáceres, pues se
trata de un espectáculo natural único que tiñe de blanco el horizonte
con más de un millón y medio de árboles hasta principios de abril.
Si en esta época el blanco domina el Valle del Jerte, el
intenso color verde colorea la inmensa dehesa extremeña, que luce
espléndida tras las lluvias del invierno. El bosque más característico y seña
de identidad de Extremadura ocupa más de un millón de hectáreas y constituye un
paraíso ecológico al ser uno de los ecosistemas mejor conservados de
Europa, un paisaje genuinamente extremeño de génesis prehistórica.
La región cuenta con una de las naturalezas mejor
conservadas y diversas del sur de Europa, lo que da pie a disfrutar de actividades
y experiencias al aire libre. De hecho, hay más de 50 espacios naturales
protegidos y cuatro con el sello Unesco: Parque Nacional y Reserva
de la Biosfera de Monfragüe; Reserva de la Biosfera Tajo-Tejo Internacional (la
primera de carácter transfronterizo); La Siberia y el Geoparque
Villuercas-Ibores-Jara. Todo ello sin olvidar los seis Monumentos Naturales
que salpican la región y que invitan a conectar con lo esencial: Los Barruecos
(Malpartida de Cáceres); Cueva del Castañar (Castañar de Ibor); Berrocal de la
Data (Valencia de Alcántara); Mina La Jayona (Fuente del Arco); Cuevas de
Fuentes de León, y Cerro Masatrigo (Esparragosa de Lares), la rotonda
natural más grande de Europa.
Con este escenario como telón de fondo, no es de extrañar
Extremque adura esté considerada uno de los mejores destinos de Europa para la observación
de aves debido a la variedad y la cantidad de especies que pueden verse
todo el año. ¿Qué mejor excusa para practicar turismo ornitológico?
Otra actividad que también queda grabada en la retina y que
pone el vello de punta es la contemplación del cielo extremeño, ya que
la escasa contaminación lumínica y las favorables condiciones
meteorológicas permiten disfrutar de lugares con el certificado «Starlight»
(Monfragüe, Alqueva y Las Hurdes) junto con el paraje de Moraleja, El
Chorrerón, que también cuenta con esta distinción, sinónimo de excelencia en
astroturismo.
Pasión en estado puro
Si llegamos hasta Extremadura en Semana Santa, además de una
buena inyección de naturaleza e inmersión local, el viajero no
puede perder la ocasión de vivir en primera persona la pasión y la tradición
que emana esta tierra. Prueba de ello es la Semana Santa de Cáceres, en
la que destaca el Viacrucis del Cristo Negro por las calles del casco
antiguo, Fiesta de Interés Turístico Internacional; al igual que la Semana
Santa de Mérida, en la que se lleva a cabo un imponente viacrucis en
su anfiteatro romano; o la Semana Santa de Badajoz, también
declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional. De gran arraigo y
espectacularidad son las celebraciones de la Pasión Viviente de Oliva de la
Frontera, en la que los vecinos de esta localidad rayana se convierten en
los grandes protagonistas, o Los Empalaos, en Valverde de la Vera,
donde el misterio y la devoción marcan la madrugada del Jueves al
Viernes Santo.Plasencia, Trujillo, Alcántara, Zafra o Jerez de los
Caballeros son otras de las localidades que viven estos días volcados en la tradición,
invitando al viajero a zambullirse en una cultura popular que deja
huella.
Y es que las raíces históricas y culturales de
Extremadura siguen marcando hoy en día a su gente, anfitriones perfectos que
esperan con los brazos abiertos a quienes llegan de fuera. No es de
extrañar, ya que esta región ha sido zona de asentamientos desde tiempos
inmemoriales, por lo que ahora acoge un patrimonio cultural de gran valor
y enorme diversidad gracias al legado desde la Prehistoria,
la Edad Antigua, Edad Media… hasta nuestros días.
Si es amante de la historia y del patrimonio
cultural, aquí hay mucho que ver y hacer: Cáceres, Mérida y el
Monasterio de Guadalupe son Patrimonio Mundial de la Unesco y el monasterio
de Yuste es Real Sitio y Patrimonio Europeo. Además, Cáceres es el tercer
conjunto monumental más importante de Europa. Todo ello sin olvidar la
enigmática cultura tartésica, ya que los hallazgos del yacimiento
tartésico de Casas del Turuñuelo (Guareña) han puesto en el mapa mundial la
riqueza arqueológica extremeña. Un edificio de grandes dimensiones con
funciones religiosas, sociales y agrícolas donde se celebró un sacrificio
de animales; los primeros rostros tartésico o la escultura de mármol
griego más antigua en la Península Ibérica, son los hallazgos más
significativos.
Entre visita y visita, el viajero puede toparse con joyas
culturales escondidas, pero de gran valor histórico artístico, como
la Ermita del Ara en Fuente del Arco, conocida como «la Capilla
Sixtina extremeña», el convento de El Palancar, el más pequeño
del mundo, el arco romano de Cáparra de cuatro lados, único en
España, o la Basílica de Santa Lucía del Trampal en Alcuéscar, la única
iglesia visigoda que se conserva en el sur de la Península Ibérica.
Impronta gastronómica
La gastronomía es también reflejo del devenir de la historia en la región, tradicional y de vanguardia, elaborada con productos de gran calidad y prestigio con 12 Denominaciones de Origen y cinco Indicaciones Geográficas Protegidas. Da igual donde recale el viajero, que seguro que podrá deleitar el paladar con recetas únicas y productos típicos como Jamón Ibérico Dehesa de Extremadura; Torta del Casar; Queso de Acehúche; Queso Ibores; Queso de la Serena; los aceites de oliva virgen Gata-Hurdes, Monterrubio y Aceite Villuercas Ibores Jara; Cereza del Jerte; Miel Villuercas Ibores o Pimentón de la Vera, sin pasar por alto el cordero, la ternera o el cabrito de Extremadura. Y todo regado con Vino Ribera del Guadiana o cava de Almendralejo.
Gracias a esta impresionante materia prima los chefs
extremeños son cada vez más conocidos dentro y fuera de España y, año tras
año, las guías Michelin y Repsol destacan a más restaurantes, tal y como
confirma la primera Estrella Verde Michelin de la región para Hábitat
Cigüeña Negra por su compromiso con la sostenibilidad, mientras que
mantienen sus estrellas Michelin Atrio en Cáceres (3) y Versátil
(1), en Zarza de Granadilla, ejemplos del valor de la autenticidad.
Esa misma autenticidad que emociona y conquista al viajero cada vez que llega a
Extremadura.
