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Generación Rosalía: la era de los seminaristas sin complejos ni prejuicios

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En su Spotify también se ha colado «Lux». Con Rosalía comparten la naturalidad sin prejuicios con la que hablan de la fe. Sin los complejos de quienes les han precedido. Ella en el escenario. Ellos, entre su familia, sus amigos, los que eran sus compañeros de trabajo y estudio. Es la nueva generación de seminaristas, los sacerdotes españoles de pasado mañana. Tan poliédricos como lo son sus lugares de procedencia, edades y experiencias vitales. En total, España cuenta con 1.066 seminaristas, treinta más que el curso anterior, aunque han entrado 38 aspirantes menos. Se compensan estos ingresos de menos con aquellos que continúan formándose, a la espera de ser ordenados. Hoy, en torno a la fiesta de San José, la Iglesia española celebra el Día del Seminario poniendo a estos jóvenes en el centro de sus oración y donativos.

«Yo sí que he escuchado alguna canción de ‘Lux’, pero no es muy de mi estilo. Pero sé que hay muchos seminaristas que la tienen en su número 1», expone Jorge Carrascosa, que ya está en quinto curso en el Seminario Diocesano de Getafe Nuestra Señora de los Apóstoles. Son cuarenta los jóvenes que se preparan para ser sacerdotes en este centro formativo del sur de Madrid. «Estoy convencido de que el Señor se sirve de la sinceridad y honestidad con la que Rosalía se expresa, desde lo que ha descubierto o intuido para que sea semilla inicial de búsqueda», señala, teniendo claro que «no generará una oleada inmediata de conversos, pero sí es un punto de partida para quienes están sedientos y buscan».

Jorge considera que esa desenvoltura de la cantante catalana es un rasgo compartido por su generación de seminaristas. «Si hace unos años había cierto rechazo al hecho de creer, la descristianización de la sociedad parece haber borrado parte de esos recelos y barreras. Aunque hay desconocimiento, esa indiferencia superficial puede verse también como una ignorancia abierta, como una búsqueda que se traduce en oportunidad para que cada uno descubra su vocación», reflexiona este madrileño de Villanueva de la Cañada que cambió los estudios de Ciencias y Lenguas de la Antigüedad en la Universidad Autónoma de Madrid por el Cerro de los Ángeles. Fue una peregrinación al santuario de la Virgen de Guadalupe cuando estaba en Secundaria la que le llevó a descubrir que «Jesús es la fuente de la verdadera felicidad». Aquel runrún se fue traduciendo en llamada al presbiterado al ver a los curas de su parroquia en acción: «Notaba que mi corazón se encendía cuando los veía entregarse». Un retiro Effetá un fin de semana antes del encierro pandémico y una frase de Jesús a sus discípulos hicieron el resto: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?».

Identidad definida

«Los seminaristas hoy tienen una identidad muy definida, pero no significa que sean uniformes», aprecia, evitando caer en generalizaciones Florentino Pérez, director del Secretariado de la Subcomisión Episcopal para los Seminarios de la Conferencia Episcopal Española. Aunque resulta aventurado elaborar un retrato robot del candidato al sacerdocio de 2026, sí se constata una media de edad en aumento con respecto a hace un par de décadas. Ahora se situaría entre los 25 y 30 años, por lo que se trata de jóvenes que dan un paso al frente cuando ya han tenido un recorrido vital que les ha llevado a estudiar una carrera, tener experiencia de profesional, haber tenido una pareja… «Hay una variedad grande en cuanto a su camino, porque algunos han tenido una conversión radical, con lo que eso implica, mientras que otros han afrontado un proceso de crecimiento madurativo en la fe más paulatino», añade el especialista.

«En cualquier caso, todo ellos entran con una decisión bastante madura, llegan con un discernimiento trabajado, después de un acompañamiento serio por parte de un sacerdote o de su comunidad. No se presentan en el seminario para tantear, a ver por dónde van las cosas», detalla Pérez. Desde ahí, apunta que, «aunque esta decisión esté bastante consolidada, después lógicamente se va verificando y contrastando».

Uno de los empeños del plan de formación sacerdotal de nuestro país pasa por evitar que los seminarios sean una burbuja en la que se forje un ideal de sacerdocio alejado de la realidad en la que luego han de moverse. «Cuando el seminario está abierto, tiene un contacto con las comunidades, con las parroquias, con la vida pastoral de la diócesis, con los jóvenes, se nota en los seminaristas esa apertura y ese contacto con la realidad», comenta el responsable de coordinar a los seminarios españoles. «Cuando se frena esa apertura por miedo a que el proceso formativo se deforme generando una especie de mayor control para evitar peligros, acaba provocando un aislamiento y generar cierta brecha», advierte.

De la misma manera, una de las asignaturas pendientes que parecen tener los seminarios es la ausencia de referentes femeninos. De hecho, el grupo de estudio sobre la formación para el sacerdocio, instituido por Francisco en febrero de 2024, tras la primera sesión del Sínodo de la Sinodalidad, ha presentado recientemente una hoja de ruta para toda la Iglesia en la que plantea la necesidad de formadoras en estos centros.

«No se trata de una idea que está pululando por ahí, sino que se está viviendo ya en algunos seminarios de forma incipiente», defiende el sacerdote, que desvela cómo sí hay ya una apuesta mayoritaria por psicólogas para orientar a estos jóvenes.

A Cruz Gonzalo, rector del Seminario Diocesano de Getafe, también le resulta complicado elaborar un retrato robot del seminarista de 2026. «Son muy propositivos y tienen mucha iniciativa», elogia, subrayando igualmente la variedad de la procedencia de unos y otros, tanto de parroquias como de nuevos movimientos, o de contextos sociales dispares.

«Son hijos de su generación: con un deseo grande de entrega, de vivir con autenticidad, muy transparentes a la hora de decir lo que sienten; lo mismo expresan sin rodeos que han tenido algún problema con algún compañero o muestran sin tabús que han empezado a sentir algo por una chica…», remarca, poniendo en valor su sinceridad y falta de dobleces. A la par, reconoce entre las carencias que pudieran presentar que «afectivamente son más vulnerables» a lo que suma una «mayor inseguridad existencial». Eso sí, aplaude su «capacidad de relación con los demás, de generar comunión y de tomar la iniciativa».




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