Dios hace todo nuevo
Domingo V de Cuaresma
El signo de Betania nos coloca ante el umbral de la Pascua. Este no es un prodigio para impresionar, sino la palabra resolutiva sobre la muerte. Jesús llama por su nombre a un amigo con cuatro días en la tumba, y ordena con “gran voz”: «¡Sal fuera!». Lo que ocurre en ese instante ilumina toda la fe: la muerte no tiene la última palabra. La vida eterna no es solo un horizonte futuro. Dios es el Amigo que se acerca, llora, ora, manda y desata. Él hace todo nuevo así y el corazón humano ha de esperar contra toda esperanza.
«En aquel tiempo, había un enfermo, Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas enviaron recado a Jesús diciendo: “Señor, tu amigo está enfermo”.
Jesús, al oírlo, dijo: “Esta enfermedad no es para muerte, sino que es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Al enterarse Marta de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”.
Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Ella le dijo: “Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.
María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle se echó a sus pies diciendo: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Jesús, viéndola llorar, y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se turbó, y preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?”.
Le dijeron: “Señor, ven a verlo”. Jesús echó a llorar.
Entonces dijeron los judíos: “¡Cómo lo quería!”. Pero algunos dijeron: “Y uno que abrió los ojos de un ciego, ¿no podía haber impedido que éste muriera?”.
Jesús, conmovido de nuevo, llega al sepulcro; era una cueva, y tenía puesta una losa. Dijo Jesús: “Quitad la losa”. Marta, la hermana del muerto, le dijo: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”.
Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que tú siempre me escuchas, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Y, dicho esto, gritó con fuerte voz: “¡Lázaro, sal fuera!”.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadlo andar”. Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho, creyeron en él» (Juan 11,1-45).
Este pasaje está determinado por una doble afirmación: la humana y la divina. La primera es la de Marta, quien pronuncia la fe en la resurrección al final. Jesús es Dios, que pronuncia el cumplimiento de la espera: «Yo soy la resurrección y la vida». Aquí Cristo habla de su identidad. Por eso la pregunta no gira en torno al cuándo, sino al quién: «¿Crees esto?». La fe es relación, no cálculo. San J. H. Newman dijo que creer es adherirse a una Persona, y que esa adhesión reordena el tiempo y el corazón.
Jesús demora, y así ama. El texto subraya ambas cosas. No hay prisas en sus pasos, sino propósito. Para Dios, la demora no es olvido, sino pedagogía. Ante las suposiciones de Marta, Cristo no negocia con la muerte. La vence con una sola palabra. «Si hubieras estado aquí», repiten las hermanas. Y, sin embargo, él está; llega cuando todo huele a imposible. En Betania se ve la mano de la fe tirando del que pone en movimiento el mundo entero.
«Jesús echó a llorar». El verbo dakryō (δακρύω), “derramar lágrimas”, no designa desconsuelo sin salida. Es compasión que participa en el dolor y abre un camino. Dios no se queda inmune; su amor conoce las lágrimas. Santa Teresa de Jesús gustaba repetir que el Señor anda “entre los pucheros”, y también entre los duelos. La gloria no anula la ternura. Tolkien hablaría aquí de una eucatástrofe, la irrupción de una luz que no suprime las lágrimas, sino que las transfigura.
«Quitad la losa». La fe comienza retirando piedras. Esto no es solo un gesto material; sino esfuerzo de esperanza, como cuando se cargan sillares para alzar una catedral. Hay piedras que clausuran: cinismo, resentimiento, rutina. Pero entre ellas, la gracia se abre un hueco. “Padre, te doy gracias”. Antes del milagro, la gratitud. La oración de Jesús no es un conjuro, sino comunión. La vida vence porque el Hijo vive vuelto hacia el Padre.
«¡Lázaro, sal fuera!». El grito es personal. Dios llama por el nombre. La muerte es anónima, la vida conoce el nombre de cada uno. San Agustín veía en Lázaro la imagen de todo pecador llamado a salir de su tumba interior. «Desatadlo y dejadlo andar». Aquí aparece la Iglesia: Cristo llama a la vida, la comunidad desata. Nadie se desata solo. Por eso necesitamos confesar nuestros pecados a un sacerdote y ser edificados por la palabra fraterna que no humilla, por la paciencia que acompaña. Estas son las manos que sueltan las mortajas del alma. Gratia elevat naturam, enseñan los teólogos: la gracia eleva la naturaleza, y para ello se sirve de mediaciones concretas.
Lázaro sale aún con ataduras, pero ya camina. La Pascua en nosotros tiene esta forma: llamada, salida, desatadura, camino. Y es que laa perfección no se impone, se gesta. Gerard Manley Hopkins escribía que la vida de Dios “brota como savia en la primavera” en quien se deja tocar. El milagro no cancela el proceso; lo inaugura.
Muchos creen al ver. Otros se escandalizan. La luz también divide. No por crueldad, sino porque obliga a decidir. Dostoievski lo supo: si la vida eterna existe, todo cambia; si no existe, todo se marchita. La voz que llama a Lázaro sigue llamando hoy. Hay tumbas que no huelen a muerte física y, sin embargo, son más estrechas: la desesperanza que encoge, la culpa no entregada, el vicio que esclaviza. La Pascua comienza cuando se escucha la voz de Dios y se obedece.
El signo de Betania no confunde la resurrección de Lázaro con la de Cristo. Lázaro vuelve a esta vida y volverá a morir. Cristo, en cambio, saldrá del sepulcro ya sin sudario. Aun así, Betania señala la dirección. La muerte retrocede; su dominio ha sido sitiado por el que todo lo puede. Y el corazón recibe la consigna que basta para caminar: “No todo termina en la tumba”. La fe no niega la muerte; pone en ella la semilla de otra vida.
Cada Santa Misa prolonga Betania. Presentamos pan y vino, y también nuestras losas y vendas. Cristo padece, entra al reino de la muerte y la vence dando gracias al Padre. Nos llama por el nombre y nos dice que salgamos. La comunión sacramental no puede recibirse como si tal cosa. El alimento del alma exige quitarnos primero las ataduras de la muerte, que son nuestros pecados, para que podamos caminar en la luz.
«Señor, si hubieras estado aquí…». Él está. No siempre a la hora que calculamos, pero siempre en la hora que salva. El milagro comienza cuando aceptamos esta hora y dejamos la piedra a un lado. La esperanza cristiana no es optimismo; es memoria de una voz que nos llama más allá de la muerte.
Examina tu conciencia a la luz de Jn 1, 11-45
«Yo soy la resurrección y la vida»
¿Confieso que la vida eterna es Cristo presente y me abandono a Él?
«Si crees, verás la gloria de Dios»
¿Creo y obedezco cuando la gracia me pide quitar la losa, aunque todo parezca imposible?
«Jesús echó a llorar»
¿Dejo que las lágrimas de Cristo alcancen mis duelos y los conviertan en oración esperanzada?
«¡Lázaro, sal fuera!»
¿Escucho mi nombre en la voz del Señor y doy un paso real fuera de mi tumba interior?
«Desatadlo y dejadlo andar»
¿Busco y ofrezco ayuda para desatar ataduras concretas, o pretendo caminar solo, sin comunidad ni sacramentos?
Dile sinceramente a Dios
Señor Jesús, llama hoy por mi nombre. Quita mi losa, desata mis vendas, hazme salir hacia tu luz. Que en tu voz encuentre camino, y en tu vida, la esperanza que no se apaga.
