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Berlinde de Bruyckere: no hay más cera que la que arde

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Abc.es 
No hay más cera que la que arde. Esa expresión popular proviene de la vida monástica, cuando había que tener en cuenta la duración de las velas para que los rezos nocturnos no estuvieran entregados a las angustiosas oscuridades, tentadoras o premonitorias de lo demoniaco. El tiempo fugitivo imponía sus limitaciones, convirtiéndose la fórmula tanto en una llamada a aceptar lo dado cuanto en una condensación de la vanidad de todos nuestros afanes. Las imponentes esculturas que Berlinde de Bruyckere (1964) realiza con cera (material que estudió Julius Von Schlosser en su libro de 1911) introducen también una dimensión 'siniestra', esto es, hacen que recordemos que, tal y como Freud advirtiera, lo familiar se ha vuelto extraño por causa de una represión. Esta gran artista belga, con una trayectoria internacional brillante (Bienal de Venecia 2013), lleva años desplegando unas inquietantes 'esculturas' en las que la corporalidad entremezcla lo humano, lo animal y lo vegetal. En ocasiones parece como si estuviera componiendo una suerte de estética gótica en la que atraviesa lo 'taxidérmico' para indagar en una intensa poética del duelo. La primera obra dispuesta en la galería Pedro Cera, 'Need VIII' (2026), es un impresionante declaración de intenciones: una vitrina vertical de la escala de un cuerpo llena de ramas que tienen, al estar recubiertas de cera, el aspecto de la carne. Esta pieza corresponde a una serie que De Bruyckere creó para San Giorgio Maggiore en Venecia y deriva de las tallas de madera del coro mayor que representan episodios de la vida de San Benito de Nursia, entre los que se encuentra aquel en el que, para vencer las tentaciones, se arrojó a zarzas y espinos. El espejo de fondo, 'craquelado' o marcado por el implacable paso del tiempo, desbarata cualquier pulsión narcisista. Aquí late un enigmático dolor, se muestran 'heridas' y, al tiempo, parece que hay una demanda de ternura. De todo este magnífico conjunto de obras, tal vez la más fascinante es la que alude al martirio de San Sebastián, en la que el cuerpo desnudo es reconocible, aunque esté fusionado con un tronco en una suerte de referencia a la potencia de lo metamórfico en una clave heredera de Ovidio. En otras esculturas, De Bruyckere remite explícitamente a la 'Madonna del Parto' de Piero de la Francesca, en una mezcla de la iconografía del embarazo con lo fálico, o una manifestación de un deseo turbulento que incluso introduce la ritualidad funeraria. En 2003, seleccioné, junto a Cristiana Collu y Saretto Cincinelli, una instalación tremenda de esta autora para colocarla en el tramo final de la muestra 'Catastrofi Minime' en el Museo de Nuoro (Cerdeña); se trataba de unos cuerpos que parecían de caballos muertos colocados como si se fuera a realizar una disección anatómica. Había algo casi monstruoso en la pieza, que ha ido modulándose en estas más recientes hacia un aspecto de menor brusquedad. Si en su viaje a Irán en 1996 se quedó impresionada por los museos vacíos tras la revolución, con las vitrinas vacías, ahora sus obras friccionan entre nuestra angustia contemporánea con la violencia que reduce a escombros todo lo que no tenga que ver con 'nuestros amigos'. El mundo arde y la cera que con tanto mimo utiliza recuerda lo poco que nos resta. En sus 'collages', no obstante, sugiere que queda un pequeño resquicio para la esperanza.



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