La de Nicolás Combarro (1979) en Pamplona es una exposición ambiciosa, tanto en cuanto al espacio que ocupa como a sus propósitos, pues suma al repaso de su carrera la presentación de una nueva serie. Muy acertadamente, el montaje se ha configurado como una sucesión de piezas de cámara y se desarrolla en una buscada oscuridad que parece imagen de un proceso en que el artista alumbra, señala, o activa la memoria. Combarro podría contar entre los fotógrafos mestizos. Bien dice que piensa «desde la pintura». Su foto se plantea como una herramienta pictórica (incluso, pictográfica, rehabilitando este término denostado) o escultórica y la arquitectura será su territorio de juego. Sucede un poco como con Aitor Ortiz, compañero de generación, pero Combarro no juega en absoluto con la espectacularidad. Todo lo contrario. El mundo de Matta-Clark le está próximo, o el de James Casebere y sus maquetas. Antes de llegar a la serie última, producida para la ocasión, podemos hacer en esta cita un breve recorrido por otras previas. En 'Arquitectura espontánea', las construcciones juegan al objeto encontrado, ejemplos fuera de normas que, en su anonimato y carácter subversivo, invitan a la intervención plástica. En la maravillosa serie 'Soterranei', los subsuelos de Roma y Nápoles –testimonio del poder imperial– sirven a un ejercicio en que la luz propone geometrías básicas a la oscuridad, en una especie de pulso con un caos apadrinado por Piranesi. Otro tipo de manipulaciones del espacio las había provocado antes en 'Desvelar, desplazar', proyecto en la Tabacalera de Madrid. Allí la luz vuelve a ser un útil pictórico, de manipulación intangible. Lugares donde ha sucedido algo. Así pueden describirse desde las fotos quirúrgicas de a los campos de batalla de Bleda y Rosa. También sucede eso en Combarro. Pero en su caso no se elegirá la máscara de la frialdad, todo lo contrario. En esta exposición, los documentos que encontramos a nuestra disposición hablan de una interiorización, de un arduo trabajo documental. Esa consideración de la Historia, y del drama asociado a la arquitectura se aplica de modo especial a la nueva serie, 'Materia del silencio', que explora los campos de concentración de Francia y España, lugares que, sin el terrible prestigio de los nazis, destilan ese horror silencioso de la burocracia represiva. Aquí, como en sus subterráneos piranesianos, volvemos a encontrar el recurso de la luz en la noche, iluminando las ruinas de estos campos, devolviendo con ella el foco a la Historia. La formalización de estas obras, como adelantaba, se aleja de la estética objetiva. La impresión y la presentación son voluntariamente pictóricas, con textura, quieren ser memoriales. Las fotos se convierten casi en losas , y literalmente lo son en casos donde las imágenes se han grabado sobre placas de viroc (mezcla de cemento y madera). Aquí Combarro maneja el registro del documentalista y del arqueólogo. Como en la excavación científica de un yacimiento, cualquier detalle cuenta, y cuenta en el sentido de contarnos una historia. Una piedra, un cascote, un signo. Para los elementos que reproducirá tras escaneos 3D elegirá materiales que alumbrarán la oscuridad. Y lo mismo sucederá en la sobresaliente resurrección de barracones y cárceles en un vídeo. La metáfora de la luz se convierte en arma ética.