Espido Freire: «No tengo demasiado interés en ser recordada»
A veces regresar a los clásicos nos permite entender óptimamente situaciones del presente, pues cuando Antonio Machado escribió sus célebres versos de «Caminante no hay camino, se hace camino al andar» ya vaticinaba que la necesidad psicológica de averiguar lo que nos rodea y la irreversible curiosidad humana por lo desconocido serían cualidades tan típicas de los hombres como el respirar. Para Espido Freire, el sentimiento de no pertenencia se agudiza conforme vamos creciendo, aunque ella ya vio por primera vez la luz «entre dos aguas».
Nacida en País Vasco pero de padres gallegos, para ella era más que necesario construir una senda vital como la que escribía el poeta del 98, siempre circulando en la travesía emigrante de la tierra perdida y la que la vio crecer. «En mi casa se hablaba el gallego, vivía en un entorno en el que cada vez el euskera tenía más presencia y finalmente estaba el idioma en el que me manifestaba y lo sigo haciendo que es el español», explica para entender las posibilidades lingüísticas de las que fue forjando su identidad, culminadas con su decisión de estudiar la carrera de Filología Inglesa.
Aunque ahora se considere «más literata que lingüista», los idiomas perfilaron su personalidad narrativa, siempre próxima a las confluencia de mundos dispares. Aunque empezara su «marcha» en la ópera, donde tuvo que hacer uso de varias lenguas latinas, en 1999, con apenas 25 años, su pasión por las letras tuvo un fruto deseado. Se alzó con el Premio Planeta gracias a su tercera novela, «Melocotones helados», con la que ostentó el podio a la ganadora más joven de la historia del certamen, récord que sigue custodiando. Sin embargo, aunque la imprudencia es un atributo muy juvenil, ya se percató de que el camino se tenía que seguir andando. «Yo fui consciente de que sería difícil superar el número de ventas, y de que probablemente hubiera alcanzado un tope determinado, pero siempre lo observé como el punto de partida y el lugar desde el cual quería arrancar», expresa la autora.
«Lo tengo todo: hija de inmigrantes y turista, una desgracia»
Sus siguientes pasos lo verifican, pues ya en 2001 volvió al ruedo literario con tres nuevas obras, entre ellas el ensayo «Primer amor». Hace unos meses, retomando el género ensayístico, publicó «Guía de lugares que ya no existen», pieza en la que recorre algunas destinaciones que construyen los pedacitos de su alma, aunque siempre apenada por la impresión de que estos enclaves ya no existen del mismo modo. En su itinerario se encuentran Damasco antes del conflicto que asoló a Siria durante más de una década, el Madrid que ideó Galdós o el Bath de la Regencia en el que vivió Jane Austen. «Todo cambia, y si no es así, el que se ha transformado eres tú. No obstante, no con todos los sitios creas el mismo vínculo emocional, por lo que aunque hayan cambiado, no tienes la sensación de pérdida», confiesa la autora.
A pesar de su patente pasión por la investigación viajera, y más conteniendo altas dosis de realismo su última publicación, no contempla su trabajo como periodístico. «Siempre hablo desde la opinión y no acudo a las fuentes, por lo que me he tomado la licencia de ficcionar pasajes del relato», confiesa.
Turistas y no viajeros
Independientemente de la forma por la que opte para plasmar sus periplos, una de las declaraciones más impactantes que ha emitido versa justamente sobre la materia: «Ya no somos viajeros, nos hemos convertido en turistas». «No es un ciclo generacional, sino vital, pues cuando yo era pequeña ya no existían los viajeros. Ser viajero estaba vinculado a la clase, y el turista a lo económico. Todo lo relacionado con el viaje es ahora un bien de consumo», asume Freire. En esta ocasión, esa realidad pasada no la puede acreditar, pues asevera que ella ya nació siendo la segunda opción, soltando cómicamente que «lo tengo todo: hija de inmigrantes y turista, una desgracia».
Como rápidos consejos para próximos trotamundos, recuerda que «si se escoge el medio de transporte correcto, el viaje ya empezó antes de llegar al destino». A su vez, reivindica los viajes solitarios al «no obligarte a compartir con nadie la redención que el lugar tiene en ti». Y, como obligación para sí misma, realizar de una vez por todas su añorada visita a Islandia.
Demostrado está que la nostalgia es una cualidad intrínseca de Freire cual nubes de vapor a un ferrocarril victoriano, pero no considera que sea un elemento imprescindible para la pluma, simplemente se ha dado la circunstancia de que ella lo es. Por ello, para bajar finalmente del tren y pisar tierra, a la pregunta cómo le gustaría ser recordada, responde «no tengo mucho interés en ello, me importa el ahora». En ese caso, que el ferrocarril no pare en la estación.
