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Cambio de hora, la herencia de la costumbre

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La madrugada del sábado al domingo, España volverá a hacer algo que parece casi ritual: adelantar los relojes una hora. A las dos de la mañana serán las tres. Una hora menos de sueño y, a cambio, tardes más largas. Pero detrás de este gesto aparentemente trivial hay una pregunta que lleva años flotando en el aire: ¿tiene todavía sentido?

Si uno mira el mapa del mundo, el cambio de hora ya no es la norma, sino más bien una excepción geográfica. En 2026, alrededor de 70 países o territorios mantienen algún tipo de horario de verano, mientras que más de 170 no lo aplican en absoluto –la suma da más de los países existentes debido a que hay territorios y aún regiones en ciertas naciones que sí mantienen esta costumbre–. En total, el 90% de la población del planeta vive libre de las siglas DST o Daylight Saving Time, alias horario de verano.

Es decir, la mayoría del planeta, incluyendo potencias como China, India o Japón, vive todo el año con la misma hora. Europa, en cambio, sigue siendo uno de

los grandes bloques donde el cambio se aplica de forma coordinada, junto a Estados Unidos, Canadá o algunos países de América Latina.

Y lo más interesante: la tendencia no es a expandirse, sino a retroceder. Países como Rusia lo abandonaron hace años, y otros, como México en gran parte de su territorio, han dado marcha atrás recientemente. El cambio horario, en otras palabras, ya no es un consenso global. Es una herencia.

El horario de verano nació con una idea muy concreta: aprovechar mejor la luz solar para reducir el consumo eléctrico, especialmente en iluminación. Fue adoptado masivamente durante la Primera Guerra Mundial, cuando cada tonelada de carbón contaba. Durante décadas, ese argumento se mantuvo casi intacto. Pero el mundo ha cambiado más rápido que los relojes y el carbón ya no es el motor de la sociedad. Ni de las guerras.

Hoy, los estudios muestran que el ahorro energético es, como mínimo, discutible. En algunos casos es marginal; en otros, directamente inexistente. Cambiar la hora reduce el uso de luz artificial por la tarde… pero puede aumentar el consumo en climatización o en las mañanas más oscuras.

De hecho, estimaciones recientes sitúan el ahorro en cifras casi simbólicas: apenas unos céntimos al mes por hogar en algunos países europeos. Si bien la idea original no estaba basada en conceptos erróneos, ha quedado desfasada.

¿Y el impacto en la salud? Buena pregunta. A menudo, en estas fechas, se habla de la producción de hormonas propiciada por la luz diurna, del descanso de los más jóvenes y su impacto en la educación… Pero si hay un campo donde el consenso científico es más claro, es éste.

El cambio horario, especialmente el de primavera, cuando «perdemos» una hora, actúa como un jet lag impuesto y taxativo. Nuestro reloj biológico, ajustado a ciclos de luz y oscuridad, necesita varios días para adaptarse.

Durante ese periodo se han documentado efectos medibles: peor calidad del sueño, fatiga, irritabilidad y dificultades de concentración. Algunos estudios incluso han observado aumentos puntuales en accidentes de tráfico y problemas cardiovasculares tras el cambio.

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No es un impacto catastrófico, pero sí lo bastante consistente como para que organizaciones como la Sociedad Española del Sueño pidan su eliminación.

Y es que en términos biológicos, el cambio de hora es una pequeña disrupción repetida dos veces al año.

Puede que en lo social y lo económico la respuesta sea más ambigua. Por un lado, hay sectores que sí se benefician de las tardes más largas: el comercio, la hostelería o el ocio al aire libre suelen registrar más actividad cuando hay luz hasta más tarde. Pero ese beneficio es difícil de aislar y medir con precisión. No está claro cuánto de ese aumento es real y cuánto simplemente se redistribuye a lo largo del día. O si acaso forma parte de la llegada de mejores temperaturas.

De hecho, en términos macroeconómicos, los estudios no muestran un impacto claro y consistente que justifique por sí solo mantener el cambio de hora. Lo más revelador es que el debate ya no es marginal. En la Unión Europea se ha planteado varias veces eliminar el cambio estacional, aunque sin lograr un acuerdo definitivo entre países. Y esa falta de consenso europeo refleja algo más profundo: no hay una respuesta que sirva para todos.

El cambio de hora funciona mejor en latitudes altas, donde las diferencias de luz entre estaciones son extremas. Tiene menos sentido cerca del ecuador. Y en sociedades modernas, donde el consumo energético ya no depende tanto de la luz natural, su utilidad se diluye. Entonces llega la pregunta incómoda, ¿por qué seguimos haciéndolo?

Coordinar el tiempo es una de las decisiones más complejas que existen: afecta a transportes, mercados, rutinas laborales y sincronización internacional. Cambiarlo o dejar de cambiarlo implica mucho más que ajustar un reloj.

Es una herencia, impuesta, taxativa y con la que aún no sabemos qué hacer. Y ahí está el verdadero conflicto: no dejamos el cambio de horario porque no sabemos si funciona o no. Lo mantenemos porque no sabemos cómo abandonarlo.




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