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Consecuencias de la guerra en España

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John Maynard Keynes (1883-1946), quizá el economista más influyente del siglo XX y todavía referente, al menos nominal, para muchos políticos que apenas lo han leído, escribió en 1919 el libro Las consecuencias económicas de la paz. Era una crítica, tan técnica como feroz, a los acuerdos del Tratado de Versalles tras la I Guerra Mundial, que impuso a Alemania unas sanciones que no podía pagar y que, para muchos, fueron el origen último del ascenso del nazismo y de la II Guerra Mundial. Lorenzo Bernaldo de Quirós, presidente de la consultora Freemarket, experto económico y polemista infatigable, nunca ha sido seguidor de Keynes. Sin embargo, acaba de publicar el informe Las consecuencias económicas para España de la guerra con Irán, con un título de reminiscencias -buscadas- keynesianas. Son dos mundos y dos épocas, pero la crítica a las medidas del Gobierno de Sánchez para “paliar” los efectos de la guerra en Irán tiene algo de keynesiano, porque incorpora una contundencia similar a la de los acuerdos de Versalles.

El discurso oficialista de un Gobierno, entre otras cosas dividido, como demostró el esperpento del Consejo de Ministros extraordinario con el plante de Yolanda Díaz y los ministros de Sumar, bascula entre la idea de que España está mejor preparada que otros países para soportar las consecuencias de la guerra iniciada por Trump y Netanyahu y la necesidad -urgencia- de adoptar unas medidas que, al final, son más cosméticas que efectivas. Todo enmarañado porque, además, son un remedo de algunas propuestas previas del PP de Núñez Feijóo, con excepción de la deflactación de la tarifa del IRPF, algo enmascaradas para que las aceptaran algunos socios del Gobierno. También la ahora candidata socialista a la Junta de Andalucía, María Jesús Montero, ya descartó cualquier reducción en la fiscalidad de los carburantes, justo lo último que ha tenido que defender antes de dejar el Ministerio de Hacienda.

España, no obstante, está en mejores condiciones que en otras ocasiones para afrontar “un shock de oferta cuyo impacto dependerá de la duración del conflicto en Irán y, con él, de la reapertura del transporte por el estrecho de Ormuz y de la vuelta al funcionamiento de las infraestructuras de gas y crudo de los países del Golfo”, escribe Bernaldo de Quirós. En las crisis energéticas de los años setenta del siglo pasado, los gobiernos tardofranquistas esgrimían que la llamada “tradicional amistad hispano-árabe” aliviaría la situación española. Todo quedó en nada y España no solo no se salvó, sino que sufrió una crisis mayor y más prolongada. Ahora, el experto recuerda que el encarecimiento de los precios del petróleo y el gas “genera un efecto dominó que desborda el uso convencional”. “Si bien España -añade- no tiene una dependencia significativa del Golfo en sus aprovisionamientos de gas y petróleo -gracias a la diversificación con proveedores como Argelia, Estados Unidos y Nigeria-, no es invulnerable, sino todo lo contrario, a una elevación del precio global de ambos.” Es decir, “no existe -concluye-, por tanto, un riesgo inminente de desabastecimiento, pero sí el encarecimiento de la factura energética nacional”.

Al final, esa situación, si se prolonga, supondrá una reducción significativa del crecimiento del PIB. La OCDE ha sido la primera en rebajar sus previsiones para todos los países, y para España reduce el crecimiento esperado de la economía en 2026 al 2,1%, que puede ser menor si el conflicto se prolonga, que es la gran incertidumbre. Meses de hostilidades colocarían a todo el mundo, y a España, en una situación desconocida. De momento, menos crecimiento significa menos empleo y menos renta disponible, ante la obcecación gubernamental de negarse, por lo menos, a la deflactación -actualización con el IPC- de la tarifa del IRPF.

Las consecuencias económicas para España de la guerra no aflorarán de inmediato y serán asumibles si todo concluye en unas semanas. Si, por el contrario, las hostilidades se prolongan, la economía española deberá adoptar medidas contundentes -y algunas bastante impopulares- si no quiere repetir errores del pasado y encaminar al país hacia una crisis prolongada y más dolorosa, como ocurrió en los años setenta del siglo pasado. Todo eso, mientras en el horizonte surgen, al mismo tiempo, otros nubarrones. El analista Juan Ignacio Crespo ha identificado al menos cuatro nuevos: el crac del crédito privado no bancario, el crac de los metales industriales, la latente fuerte subida de las materias primas agrícolas y el crac de las criptomonedas. Alarmante. “Las consecuencias económicas de la guerra”, que sería lo que escribiría ahora Keynes.

Diecisiete mercados en busca de unidad y superar la fragmentación estructural

Judith Arnal, investigadora del Real Instituto Elcano y consejera del Banco de España, en un estudio publicado por Fedea, indica que la Comisión Europea insiste en que la fragmentación del mercado interior español es uno de los lastres de la economía española. Apunta que el futuro del mercado interior español está en manos de las Comunidades Autónomas, tras una sentencia del Constitucional que anuló el principio eficacia nacional de la Ley de Garantía de Unidad de Mercado de 2013.

Vivir solo en España cuesta hasta un 40% más por persona que hacerlo en pareja

Un estudio de la Universidad Internacional de Valencia, liberado por Ernesto Campos Campillo, constata que los hogares unipersonales representan ya el 28% del total en España y que el sistema fiscal y el mercado inmobiliario siguen diseñados de forma exclusiva para economías compartidas. El informe habla de un «impuesto a la soltería» que lastra a millones de ciudadanos y que supone que vivir solo puede costar hasta un 40% más que hacerlo en pareja.




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