Esa malvada realidad
No fueron las promesas sino la exhibición abrumadora, el uso propagandístico de los errores, abusos y la corrupción innegable del pasado, lo que otorgó la metralla al caudillo que se haría cargo de salvar a la patria de las garras opresoras de una clase política rapaz, usurpadora, deshonesta y decadente, postulando la regeneración de la vida pública y un futuro feliz, feliz, feliz para las y los mexicanos.
La bandera que le otorgó el triunfo, el estandarte que le otorgó la victoria tras recurrentes derrotas y coronó su entereza, fue la explotación del hartazgo, la frustración social acumulada, la insatisfacción popular canalizada hacia el rechazo de lo ya sufrido y la generación de una expectativa de cambio positivo con mayor bienestar.
En sus orígenes, la narrativa fue exitosa, la propaganda redituable. La extinción de la corrupción, la abolición de privilegios y lujos excesivos de la clase política y, privilegiadamente, la justicia social, la distribución de la riqueza sin intermediarios, lo que constituyó el basamento de toda la estructura del primer piso transformador.
Pero, más pronto que tarde, paulatinamente, la realidad va entrando en conflicto con la retórica.
Los hechos van ahogando las palabras y la confianza inicial se ha venido transformando en incredulidad y sospecha, por la cadena de eventos escandalosos que día a día se suman al escenario político sin que se asuma la responsabilidad o se desestime la trascendencia de los hechos.
Pese a la robustez del andamiaje construido durante los últimos siete años, los cimientos se perciben vulnerables.
Los misiles informativos son tan cotidianos como los escándalos, mostrando realidades alternativas que contrastan ostensiblemente con la narrativa oficial, particularmente en lo relativo al principal postulado del movimiento transformador: el combate a la corrupción.
Pero el tiroteo no solo proviene de fuera; también campea en la base el fuego amigo.
Las desavenencias internas constituyen un lastre doméstico y un antagonismo quizás más determinante que la exposición externa, toda vez que vulnera las entrañas mismas de la organización y deja al descubierto, aunque el discurso lo envuelva, la fragilidad heredada que, con el pecado, lleva la penitencia.
Paulatinamente, la solidez avasalladora, la aplanadora construida en sus primeros años de existencia, la abrumadora maquinaria política va ofreciendo signos de vulnerabilidad y no por la presencia de una poderosa oposición, que es casi inexistente, sino por la actuación desfachatada de sus propios y muy prominentes cuadros que deambulan en la escena política sin aparente preocupación alguna, pese a la evidencia que se cierne sobre su imagen.
Del dicho al hecho se ha dejado un gran trecho y la realidad, esa malvada y omnipresente realidad, opera contra el discurso, mostrando su verdadero rostro.
