Así fueron los ‘campos de concentración’ de Costa Rica durante la II Guerra Mundial
“Hay que liquidar económicamente a los simpatizantes de los crímenes de la Gestapo, la guerra es a muerte: contra ellos o con ellos”. Texto del 28 de junio de 1942 en el diario La Tribuna de Costa Rica.
Cuatro días después, el 2 de julio a las 8:01 p. m., ocurriría un suceso que, como efecto mariposa, marcó la historia nacional: un submarino de la Alemania nazi torpedeó y hundió al barco mercante San Pablo, propiedad de la bananera estadounidense United Fruit Company, que se encontraba en el muelle de Puerto Limón, y provocó la muerte de 23 limonenses y un norteamericano.
Muchos costarricenses conocen la historia del bombardeo del San Pablo, pero no han leído sobre la cadena de acontecimientos que esto desató, como un perverso efecto dominó que terminó con niños nacidos en Costa Rica trasladados a Estados Unidos y después a Alemania solo por su apellido.
Cientos de ciudadanos alemanes, italianos, japoneses, españoles, o incluso sus descendientes, hombres, mujeres y niños nacidos en Costa Rica pero de apellido “Schmidt”, “Del Vecchio” o “Hitachi”, eran internados en campos de detención en plena ciudad capital, sometidos a hacinamiento, durmiendo en colchones llenos de ácaros, despojados de todas sus pertenencias y vistos como parias, enemigos de la nación.
Hace un año, en ocasión de los 80 años del fin de la guerra, la Revista Dominical contó a sus lectores cómo Costa Rica no vivió la II Guerra Mundial solo como un testigo, sino que fue partícipe e incluso tuvimos un presidente de la República pronazi que llegó a recibir una carta firmada de puño y letra por el mismísimo Adolfo Hitler.
Ahora, en este artículo, repasaremos qué ocurrió con el barco San Pablo, dónde terminaron sus restos (de los que incluso hay videos) y cómo quizás, solo quizás, el hundimiento de ese navío pudo ser la chispa que encendió la mecha que detonó la Guerra Civil de 1948.
Ambiente caldeado precedió bombardeo del San Pablo
Por lo general, la población considera que la II Guerra Mundial tocó a Costa Rica el día que dos torpedos impactaron el casco del San Pablo y lo hundieron en aguas limonenses. En realidad, los efectos del conflicto bélico llegaban a Costa Rica desde casi un año antes.
De hecho, comenzó en la otra costa del país, la del océano Pacífico. Al muelle de Puntarenas llegaron dos barcos de las potencias del Eje. El Eisenach, un buque a vapor de Alemania, llegó el 1.° de setiembre de 1939, día en que se declaró la guerra. Su capitán, Gerhard Loers, buscó refugio en las todavía neutrales aguas costarricenses, pues era perseguido por buques y submarinos ingleses y franceses.
Por su parte, el Fella, de Italia, llegó en junio de 1940, cuando el dictador italiano, Benito Mussolini, le declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña, lo que significó la entrada de su país en el conflicto bélico. Al igual que el Eisenach, el capitán Gabriel Locatelli, del Fella, buscó guarecerse en costas neutrales.
Todo esto provocó que, durante meses, un centenar de marineros italianos y alemanes se pasearon por Puntarenas, mientras las potencias aliadas presionaban al presidente de Costa Rica, Rafael Ángel Calderón Guardia, para abandonar su neutralidad.
Finalmente, a mediados del 41, se combinaron los factores. La relación diplomática entre Costa Rica y la Alemania nazi se empezó a fracturar. El Tercer Reich excedió sus atribuciones y ordenó al gobierno de Calderón retirar sus representaciones consulares en los países ocupados, Austria y Polonia. El mandatario se negó y rompió relaciones con Berlín.
Mientras tanto, el gobierno calderonista intentaba solucionar la situación de los dos barcos atracados, pero todo salió mal. La madrugada del 30 de marzo, una delegación oficial, acompañada por policías armados, salió en tren hacia Puntarenas con el objetivo de tomar los dos barcos.
Para su sorpresa, cuando arribaron, el Eisenach y el Fella ardían en imponentes llamaradas: los marinos prefirieron inhabilitar sus navíos antes que permitir su captura y, según el relato, cantaban himnos fascistas cuando las autoridades ticas llegaron.
En consecuencia, los 42 marineros alemanes y 49 italianos fueron llevados a la Penitenciaría Central de San José (hoy Museo de los Niños) y, súbitamente, Costa Rica se implicó de lleno en las tensiones de la II Guerra Mundial. El ambiente empezaba a calentarse.
La temperatura bélica se terminó de elevar la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, cuando 353 aviones japoneses atacaron la base naval de Estados Unidos en Pearl Harbor, Hawái, y provocaron la entrada del país norteamericano en la II Guerra Mundial.
Costa Rica no se quedó atrás. Cuatro días después, Calderón Guardia rompió la imparcialidad diplomática al declarar la guerra a las Potencias del Eje: Alemania, Italia y Japón. “Una potencia asiática le hace la guerra a una potencia americana, con la cual nos ligan no solo lazos de solidaridad, sino los de afecto y sincera devoción que unen al pueblo de Costa Rica con la gran nación americana”, cita el acuerdo aprobado por la Asamblea Legislativa.
Ese mismo día, Calderón emitió un decreto según el cual “El Gobierno garantiza entera seguridad en sus personas y bienes a los súbditos de las naciones con las cuales existe el estado de Guerra siempre que observen una conducta correcta a juicio de las autoridades”. Según el decreto, cualquier “súbdito que ejercite actividades peligrosas al interés del Estado será reconcentrado en los campos de internamiento”.
De este modo, siete meses después, en el contexto de la guerra declarada, se pudiera considerar el barco San Pablo en Puerto Limón como un blanco. Después de todo, se trataba de un enfrentamiento entre bandos enemigos. Pero no solo eso. Ya en Costa Rica los ánimos estaban más que caldeados, y una famosa lista negra despertó odios latentes.
La lista negra
El 28 de junio de 1942, cuatro días antes del bombardeo al San Pablo, el diario La Tribuna publicó un texto titulado: “Lista negra o proclamada para Costa Rica”. El espacio fue pagado por la Directiva de Acción Democrática Costarricense, y no dejaba lugar a interpretaciones.
“No deben tratar con personas y firmas incluidas en la llamada lista negra. No compre a los enemigos de la democracia, el dinero que usted les da servirá para que lo ataquen a usted mismo. Hay que liquidar económicamente a los simpatizantes de los crímenes de la Gestapo, la guerra es a muerte: totalmente contra ellos o con ellos”, sentenciaba el escrito.
En la lista aparecían nombres de establecimientos que efectivamente tenían vínculos nazis, como el Club Alemán, ubicado donde hoy está el Liceo Napoleón Quesada, donde se realizaron reuniones del partido nacionalsocialista; o el tico-alemán Max Effinger, líder nazi en Costa Rica y exencargado de migración durante el gobierno de León Cortés (1936-1940).
Pero “pagaron justos por pecadores”. Empresas como la Librería Lehmann o la panadería Musmanni, y apellidos hoy conocidos en Costa Rica como Neuhaus, Steinvorth, Pandolfi, Feoli, Bruno, Rímolo, Grosser, Knöhr, Lachner o André resultaron manchados.
Los nombres de la “Lista Negra” fueron proporcionados por Estados Unidos e Inglaterra, en especial el país americano, temeroso de que se levantaran células nazis en su propio continente.
Si ya de por sí el ambiente no era propicio, basta con agregar el bombardeo de un barco y la muerte de 23 ticos para aderezar la receta de la insurrección. El odio y los rencores se exacerbaron.
Las consecuencias: desabastecimiento y linchamientos
A las 8:01 p. m. del 2 de julio de 1942, la tripulación del San Pablo descargaba la carga del barco en el muelle de Puerto Limón, cuando dos torpedos submarinos dieron en la proa y abrieron un enorme hueco en el casco. De inmediato, el barco empezó a hundirse, pero el poco calado del puerto provocó que la nave se asentara en el fondo marino y las amarras impidieron que se volcara. Solo quedó ahí, ardiendo. Así lo contó el propio capitán del submarino nazi U-161, Albrech Achilles, en su bitácora.
Dentro de las bodegas en llamas quedaron atrapados los cuerpos de los estibadores, fue tras 15 días de llamas, humo y putrefacción que las autoridades rescataron los maltrechos cadáveres.
Según el historiador y docente de la Universidad de Costa Rica (UCR), Axel Alvarado, las consecuencias económicas, sociales y políticas del bombardeo fueron inmediatas y evidentes. Para empezar, el San Pablo traía en sus bodegas sacos de harina que se perdieron. Esto provocó desabastecimiento en las panaderías y especulación de precios en la capital.
Pero lo más grave fue la “cacería de brujas” que se desató. Al día siguiente, Costa Rica empezó a detener a alemanes, italianos, japoneses, españoles o sus presuntos descendientes.
El 4 de julio, dos días después del bombardeo, se celebró una marcha multitudinaria en San José como protesta. Era un sábado, y protestantes de todas las tendencias políticas se congregaron para condenar la agresión y el fascismo.
Sin embargo, la manifestación se degradó hasta la violencia: a lo largo de toda la capital, los comercios propiedad de italianos, alemanes, japoneses o españoles fueron apedreados, quebraron ventanas y hubo saqueos. Hubo heridos y detenidos.
Irónicamente, estos acontecimientos fueron similares a los de la “Noche de los cristales rotos”, una serie de linchamientos perpetrados apenas unos años antes, en 1938. Por orden de Adolfo Hitler y con la organización de Joseph Goebbels, tanto nazis como personas de la población civil atacaron los comercios judíos en Alemania y Austria.
Pero no se quedó ahí. La cacería conllevó la confiscación de todos sus bienes a los citados ciudadanos extranjeros —o ticos con apellidos extranjero—. Casas, carros, fincas, cuentas bancarias, efectivo, animales, comercios y todo tipo de bienes pasaron a estar bajo la administración de la Junta de Custodia de la Propiedad Enemiga, fundada en 1941 para esos fines como parte de los compromisos con Estados Unidos para “defender al hemisferio”.
¿Dónde recluyeron a todos esos “enemigos” de Costa Rica? Acá entra la historia de los “campos de concentración” ticos.
“Campos de concentración”
Algunos historiadores prefieren llamarles “campos de internamiento” o “campos de detención”, para no provocar confusiones con los campos de concentración de la Alemania nazi, donde sistemáticamente se exterminaron a millones de personas.
En los campos ticos no se asesinó, pero sí se violaron derechos, se maltrató, se humilló, se amedrentó y se sometieron a cientos de personas a un trato vejatorio. Fueron dos los principales centros de detención: el de mujeres y niños se ubicó en lo que era el Club Alemán, hoy Liceo Napoleón Quesada, en Guadalupe de Goicoechea; el segundo, menos agradable, se situó en la avenida 10 de San José, contiguo al Cementerio Obrero, con capacidad para 400 personas.
Pero el expresidente Rodrigo Carazo (1978-1982), en su libro Carazo: Tiempo y marcha de 1989, sí definió el centro de avenida 10 como “campo de concentración”:
“Los galerones de madera y zinc rodeados de alambre de púas que se levantaron en el centro de San José con el nombre de Campo de Concentración, sirvieron para ‘concentrar’ a quienes podían ser una ‘amenaza’ contra los aliados.
“Allí se fue metiendo a ‘alemanes’ muchos de ellos nacidos en Costa Rica, a familias enteras —niños y ancianos— ‘sospechosos’ de complicidad con el Eje. Amigos y amigas de nuestra edad, estudiantes un día, pasaban a ser prisioneros al día siguiente. A esos ‘alemanes’ se les intervenía sus empresas, fincas, casas de habitación y bienes en general, muchos de los cuales pasaron con el tiempo a manos de amigos del Gobierno“, detalló el mandatario.
Con el tiempo, las detenciones arbitrarias dejaron de ser una supuesta medida de guerra para proteger al hemisferio, y se tornaron en una herramienta de venganza y avaricia.
Para algunos, denunciar al hombre de apellido alemán como simpatizante nazi era una forma de eliminar competidores comerciales o políticos y hacerse con sus propiedades. Las intenciones del gobierno no se alejaban de eso, ya que el Estado costarricense se apropió de riquezas ajenas en un momento de flaqueza para el erario público. En esta temática abunda la novela Las posesiones (Uruk Editores), escrita por el expresidente Carlos Alvarado en 2012.
De hecho, la portada de la novela muestra una fotografía de Werner y Starr Gurcke en la piscina del Club Alemán, en Guadalupe, en 1936. Los Gurcke fueron parte de los nombrados en la “Lista Negra” y ellos, junto a sus dos hijas, fueron confinados (y apartados) en campos de internamiento por ser considerados “capaces de actividades peligrosas al interés del Estado”.
A los Gurcke, y a cientos de familias más, se les deportó posteriormente a campos de detención en Estados Unidos. Muchos de ellos nunca regresaron al país y perdieron todas sus propiedades. Otros, después de 1945, retornaron para intentar sin éxito reclamar sus bienes.
“Veíamos a nuestros amigos por las rendijas que se abrían entre las tablas de madera ‘verde’ con que se había construido el campo, prisión que era muestra clara de cómo los pueblos se degradan por intereses económicos“, recuerda en su libro el expresidente Carazo.
Para Estados Unidos también era un “buen negocio” recibir a esos “miembros nazis”. Carazo lo explica: “Desde Estados Unidos, costarricenses de nacimiento fueron canjeados por soldados norteamericanos prisioneros de guerra en Alemania”.
El exmandatario relata que, incluso, niños nacidos en Costa Rica que no hablaban ni un poco de alemán fueron a parar al Tercer Reich, después de haber vivido por meses en campos de detención en su propia patria y en norteamérica.
“Recuerdo el caso de una niña de nombre y apellidos costarricense, que creo no sabía hablar alemán y que sin embargo fue objeto del trato señalado por el hecho de haber sido adoptada por un ‘alemán’“, rememoró Carazo.
El efecto mariposa
Como decíamos, el bombardeo del San Pablo provocó un efecto mariposa que marcó la historia de Costa Rica.
Nunca lo sabremos pero, quizás, solo quizás, el hundimiento del San Pablo pudo ser el accionador de un efecto mariposa que detonó la Guerra Civil de 1948. Un nombre clave explica esta posibilidad: José Figueres Ferrer.
El 8 de julio de 1942, aprovechando la indignación tras el bombardeo y las revueltas en San José, un empresario y agricultor ramonense de 35 años, hijo de inmigrantes españoles de origen catalán, dio un incendiario discurso radiofónico en el que denunció actos de corrupción en el gobierno de Rafael Ángel Calderón, lo responsabilizó del ataque al mercante y de la muerte de los 23 limonenses.
No había terminado su alocución cuando la policía irrumpió en la radioemisora y lo arrestó. Ese joven Figueres fue encarcelado y empujado al exilio en México.
Calderón no sabía que estaba gestando a su futuro enemigo político y bélico, ese que, en México, conoció a algunos mercenarios de Centroamérica y el Caribe con los que gestó, en 1947, la “Legión del Caribe”, organización militar que integró el Ejército de Liberación Nacional, bando figuerista que ganó la guerra civil de 1948 que dio origen a la Segunda República y la Constitución Política que hasta hoy sigue vigente.
Tal vez, si Calderón nunca hubiese declarado la guerra al Eje, el San Pablo nunca hubiera sido bombardeado, Figueres nunca hubiera pronunciado su discurso, nunca hubiera sido desterrado, nunca hubiera armado el Ejército de Liberación Nacional y la guerra del 48 no hubiera ocurrido. Pero eso es materia de alguna historia alternativa.
Hoy, casi 84 años después, el proyecto de ley 24.592 de la diputada limonense Katherine Moreira Brown propone declarar el 2 de julio como el Día Nacional del Hundimiento del Barco Mercante San Pablo, no solo para conmemorar la muerte de los 23 limonenses en el puerto de Limón, sino también para remarcar el rol trascendental que jugó este bombardeo en la historia de Costa Rica.
El proyecto fue aprobado en comisión y ahora debe votarse en el plenario. ¿Despertará el tema las mismas pasiones que entonces?
Imágenes del naufragio del San Pablo. Es conocido como “Carguero ruso” porque, cuando fue hundido, en 1944, los habitantes de Florida pensaron que se trataba de un barco ruso. Sin embargo, documentos gubernamentales de Estados Unidos posteriormente desclasificados mostraron que el navío fue hundido como objeto de prueba de explosivos.
