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La escasez de diésel pone en alerta a Reino Unido

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Downing Street ya trabaja en modo crisis, aunque nadie quiera llamarlo así. El primer ministro Keir Starmer se ha reunido con las grandes energéticas —Shell, BP y Equinor— junto a navieras y aseguradoras para anticipar el impacto de la guerra con Irán sobre el suministro de combustible en el Reino Unido, que se encamina hacia una escasez de diésel a partir de mediados de abril.

Los ministros evitan lanzar cualquier mensaje que sugiera problemas de abastecimiento por miedo a desatar una avalancha en las gasolineras, como ocurrió en 2021, cuando los surtidores se vaciaron tras las informaciones sobre la escasez de conductores de camiones cisterna en plena resaca de la pandemia, agravada por el Brexit.

Pero la realidad se impone. A medida que se consumen las reservas adquiridas antes del estallido del conflicto, el Reino Unido se enfrenta a un calendario cada vez más exigente. Con el estrecho de Ormuz prácticamente cerrado por Irán, en represalia a los ataques iniciados por Estados Unidos e Israel, cerca del 15 % del petróleo mundial no logra llegar a sus consumidores.

Esto plantea un problema estructural para los británicos, que importan aproximadamente la mitad del diésel que consumen y más del 60 % del combustible de aviación, gran parte procedente de Oriente Medio. Cada año, el Reino Unido utiliza en torno a 23 millones de toneladas de diésel, de las cuales unos cinco millones llegan desde refinerías europeas —especialmente en Países Bajos y Bélgica—, que a su vez dependen en buena medida del crudo del Golfo. A ello se suma un 7 % de importaciones directas desde la región. Este combustible es clave para el funcionamiento de la economía: representa cerca del 40 % de la demanda asociada a la movilidad y sostiene el transporte por carretera.

La gasolina, en cambio, no genera la misma inquietud. El Reino Unido produce más de la que necesita y la exporta, lo que permite al Ejecutivo defender que el sistema energético es “resiliente”.

Sin embargo, las grandes petroleras llevan semanas advirtiendo de los riesgos derivados del conflicto. Wael Sawan, consejero delegado de Shell, ha señalado que Europa podría enfrentarse a escasez de combustibles fósiles en cuestión de semanas si no se restablecen los flujos a través del estrecho. Según explicó recientemente, la crisis ha seguido un patrón geográfico claro: comenzó en el sur de Asia, se extendió al sudeste asiático y al noreste asiático y acabará alcanzando Europa a medida que avance abril.

El impacto ya es visible en algunos segmentos. El combustible de aviación ha sido el primero en encarecerse, con precios que prácticamente se han duplicado desde el inicio de la guerra. El siguiente en verse presionado será el diésel, seguido previsiblemente por la gasolina, en un momento especialmente delicado por el aumento de la demanda asociado a la temporada de viajes en Estados Unidos y Europa.

En el Reino Unido, las primeras señales de tensión comienzan a aflorar. Algunas estaciones de servicio, especialmente las más pequeñas, están encontrando dificultades para acceder a proveedores, mientras que las terminales de almacenamiento priorizan a los clientes con contratos a largo plazo. No se trata aún de una escasez generalizada, pero sí de un mercado que empieza a estrecharse.

Ellen Fraser, analista de la consultora Baringa, advirtió a la BBC de que el suministro global se está volviendo cada vez más “ajustado”. La combinación de alta dependencia del estrecho de Ormuz, reservas limitadas y una cadena logística tensionada deja al Reino Unido en una posición especialmente expuesta. En su opinión, existe un riesgo real de que el país no pueda cubrir la demanda si la situación se prolonga.

Las consecuencias podrían sentirse en múltiples frentes. Los vuelos de larga distancia hacia Asia podrían complicarse en las próximas semanas, mientras que la movilidad interna también podría verse afectada. Ante este escenario, algunos expertos plantean medidas preventivas para contener el consumo, como fomentar el uso del tren en rutas nacionales o reducir los límites de velocidad.

Aunque, de momento, el Gobierno británico se resiste a adoptar este tipo de decisiones, otros países europeos ya han comenzado con planes de contingencia. En Eslovenia se ha limitado el repostaje a 50 litros diarios. En Eslovaquia se han impuesto restricciones a la venta de diésel y se aplican precios más elevados a conductores extranjeros. Irlanda, por su parte, estudia posibles racionamientos y ha comenzado a recomendar a los hogares que reduzcan su consumo energético.

Organismos internacionales como la International Energy Agency han instado a los gobiernos a actuar para contener la demanda, incluyendo la reducción de desplazamientos y la rebaja de los límites de velocidad.

La cuestión es que la guerra no tiene atisbos de terminar a corto plazo. En este sentido, el Reino Unido prepara el despliegue de un buque de la Marina Real en el estrecho de Ormuz, equipado con drones para detectar minas, con el objetivo de proteger las rutas marítimas. La medida responde también a la presión internacional, especialmente desde Estados Unidos, donde el presidente Donald Trump ha criticado la cautela británica.

Irán, pese a estar en el centro del conflicto, ha logrado aumentar sus ingresos por la venta de crudo. Mientras sus petroleros siguen operando, Teherán ingresa casi el doble que antes del inicio de los bombardeos del 28 de febrero. Un escenario que evidencia que, mientras la guerra se libra sobre el terreno, la batalla energética sigue abierta y con efectos que ya empiezan a sentirse en Europa.




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