Una novela irregular, pero con actitud en su escritura: “El espíritu de la ciencia ficción” de Roberto Bolaño
Roberto Bolaño es como el fútbol. Todo lo que se haga en relación a su nombre genera interés. Exposiciones, obras de teatro, charlas, conferencias, reediciones y publicaciones póstumas. Al respecto, en estos últimos días de marzo se acaba de publicar Notas para una autobiografía: entrevistas 1975-2003 (Alfaguara). Por el arco temporal que abarca la publicación, estamos ante un proyecto que cubre buena parte de su etapa literaria en México y España.
Roberto Bolaño murió el 15 de julio del 2003. Si en vida ya era una leyenda, su partida, sin duda alguna, la repotenció. Un año después se publicó su proyecto novelístico 2666, el cual contiene cinco novelas autónomas y en el que venía trabajando para asegurar el futuro económico de su familia. En el 2024, esta novela (de novelas) fue posicionada en el puesto seis de las mejores novelas del siglo XXI por The New York Times.
Desde su muerte, se han publicado cerca de catorce títulos entre libros póstumos y recopilatorios. En el 2016, la obra de Bolaño debutó en una nueva editorial. Pasó de Anagrama a Penguin Random House, específicamente a su sello Alfaguara. Lo hizo con la novela El espíritu de la ciencia ficción.
La polémica
La obra de Bolaño enciende no pocas discusiones. Y esta novela en cuestión tuvo no poco fuego extraliterario. Bolaño, al morir, según mi perspectiva, no dejó las cosas en claro sobre lo que deseaba que se hiciera con su obra que venía trabajando. Eso solo sucedió con 2666. El resto es un misterio.
La novela vino blindada. Cuenta con un prólogo del crítico Christopher Domínguez Michael. Quien esto escribe es admirador del trabajo del mexicano, pero también debo señalar que su prólogo es un texto forzado, uno que intenta cumplir un objetivo: que Bolaño dio por cerrado el proyecto. Sumemos también los anexos, los cuales nos brindan luces sobre el proceso de composición de la novela, que serán de la delicia de los seguidores del chileno. Sin embargo, ni el prólogo ni los anexos aportan en la apreciación que ante todo nos debe interesar: la novela como novela.
La lectura de El espíritu… nos arroja varias preguntas y una sola certeza. No estamos ante una novela acabada, en absoluto, sino ante una novela cuya escritura se hizo necesaria para su autor, con el objetivo de encausar y expandir los tópicos que desarrollaría en las cinco novelas que componen 2666, como también en la proyección del universo que vimos en Los detectives salvajes.
La novela
Cuando nos referimos a la novela como proyección trunca, tenemos que subrayar su debilidad mayor, asociada a la configuración moral de sus protagonistas, los aspirantes a escritores Remo Morán y Jan Scherella, que contra todo persiguen el objetivo de dedicarse exclusivamente a la literatura, habitando una galaxia dependiente de las referencias literarias. Hasta cierto punto (uno muy remoto) podríamos barajar la idea de que estamos ante una novela insertada en la tradición de las novelas de aprendizaje, pero cartografiarla en dicha tradición, aparte de demagógico, vendría a ser una mentira contraria a los postulados que Bolaño cultivó en vida.
A Morán y Scherella les falta un componente vital que los libre de la plasticidad que los divorcia de la verosimilitud, ese componente que hemos sabido apreciar y admirar en los personajes de sus novelas y cuentos más celebrados.
Este par de personajes y los demás que los acompañan no tienen malditismo ni la emoción quebrada. Su configuración moral no tiene fibra. Es obvio que Bolaño mantuvo oculta la novela durante muchos años porque no estaba madura. Cuando la escribió, Bolaño era un narrador en formación, no se consideraba un autor cuajado. Su decisión de no publicarla no obedeció al olfato del oficio, sino a su condición de voraz lector. Y de haberse dado el caso de que haya podido publicarla, estaríamos hablando de la novela más floja de toda su producción.
Entonces, las preguntas se imponen para explicarnos la existencia de esta novela que leímos en su momento con mucho ánimo, pero intuyendo que no se trataba de lo mejor, ni de lo regular, del autor. Al respecto, una respuesta potencial: el cambio de casa editorial debía estrenarse con un título nuevo, no con uno emblemático. Bolaño la terminó de escribir en 1984.
Más allá de las falencias de construcción emocional de sus personajes y de la ligera estructura de la que hace uso, Bolaño triunfa en la ética de su estilo. Sabiendo de lo que hacía, desde el borrador se propuso (¿involuntariamente?) rescatar la prosa en español de la ciénaga, de la sonaja, del florido verbo sin sustancia, y en esta gesta, que a otro hubiera intimidado, terminó legitimando su estilo años después. Seguramente no sintonicemos con Morán y Scherella, pero eso poco o nada le importa al lector de Bolaño, puesto que su celebrada vitalidad refulge en ellos, lo que nos testimonia lo siguiente: a Bolaño jamás se le ocurrió hipotecar su escritura. Peleó y ganó.
