Una puerta metálica negra se entreabre en medio del silencio de una procesión. De sus hojas macizas el oído más curtido en lugares oscuros y ruidosos reconoce un verso de una canción de Parálisis Permanente: «Me miro en el espejo y soy feliz...». Un tipo se asoma con un cubata entre las manos, gira la cabeza a un lado y a otro de la calle Cienfuegos y vuelve a cerrar.