Faltan cuatro minutos para que empiece el Real Madrid-Atleti y el anuncio televisivo de la Liga en Movistar termina con el siguiente rótulo: 'Transforming the game'. Hora y media después, cuando queda un cuarto de hora para el final, los comentaristas animan a los espectadores para que no se olviden de votar al 'MVP' del partido (el mejor futbolista del encuentro, que acabará siendo Vinicius Júnior). Antes de terminar la retransmisión, como de costumbre, se resumen las 'analytics' del partido para estimular el 'fan engagement' (en español, 'participación de los fans'), probablemente el término más utilizado en mercadotecnia deportiva en el siglo XXI: la obsesión por mantener la atención de los espectadores y encontrar nuevas formas de monetización en medio de la disrupción digital y los cambios de hábitos de las generaciones jóvenes en un mundo multipantalla. En el videomarcador del estadio Santiago Bernabéu también aparece el término «MVP», patrocinado por una conocida marca de cerveza. La Liga (financiada por la empresa estadounidense Electronic Arts Sports) elige cada 30 días al mejor jugador del mes. Denomina al premio 'Player of the Month'. También entrega un premio al mejor entrenador de cada mes: lo llama 'Coach of the Month'. Lo mismo hace la liga profesional femenina (Liga F), uno de cuyos clubes se llama ahora 'Badalona Women' tras su adquisición por el fondo estadounidense Mercury 13. Mantener la portería a cero en un encuentro se llama ahora «clean sheet». El idioma del fútbol español siempre adoptó anglicismos provenientes de la isla donde nació el deporte más popular del planeta (penalti, córner, 'off-side'). Desde hace 15 años, la invasión parece irreversible. Y cada vez llama menos la atención, como explica en conversación con ABC el periodista (y exdirector del AS) Alfredo Relaño : «El inglés nos cae por todas partes, y me molesta bastante, sí... Sorprende tener que escuchar 'match day' o 'expected goals' incluso en la Copa de España. Es como una lluvia fina, un calabobos. El fútbol es una palabra inglesa, lógicamente, que podemos admitir sin problemas cuando vienen junto al hecho en sí. Pero muchas son completamente innecesarias». Relaño recuerda cuando se intentó introducir el término 'balompié', hace mucho tiempo. «La palabra tuvo un éxito muy reducido (el Betis, el Albacete, el Linense). Ahora el idioma se va perdiendo poco a poco. Decimos 'haters' sin preguntarnos por qué… Son golpes que vienen poco a poco, en las retransmisiones, en los rótulos… Es imparable. Mi generación ha sido la última que ha podido funcionar bien sin dominarlo. Ahora parece que eres más culto por decir 'shortlist' que lista corta». El congreso de fútbol más importante de España (fundado en 2016) se llama 'World Football Summit' . Su directora general, Marian Otamendi , no tiene reparos en justificar la elección del nombre: «Tenía que ser en inglés si queríamos jugar en un terreno internacional e íbamos a salir fuera de España. No se trataba de congregar sólo a la industria del fútbol nacional; y la 'lingua franca' contemporánea es el inglés, le pese a quien pese. Nos trajo críticas, pero no podía ser de otra forma». El vocabulario del juego se ha ido alineando con el del producto, como explica el responsable de marketing de un club que prefiere el anonimato: se trata de una «decisión totalmente consciente, porque el deporte ya no se dirige sólo al aficionado local. La Liga y los grandes clubes europeos operan en un mercado internacional, con audiencias fragmentadas y patrocinadores que no piensan en términos de fronteras». El inglés, en ese contexto, funciona como un magnífico atajo: permite homologar mensajes, simplificar campañas y evitar traducciones que, en ocasiones, restan velocidad a la maquinaria comercial de un mundo medido en 'likes' ('me gusta') y retransmitido por 'streaming'. No se trata de una preferencia lingüística, sino sencillamente de negocio. El departamento de Comunicación de la RAE declinó valorar esta evolución por cuestiones de agenda. Jesús Castañón , lingüista y uno de los principales especialistas en el estudio del lenguaje deportivo en español, distingue varias oleadas en la incorporación de anglicismos al lenguaje deportivo en español: una primera vinculada a la llegada de los deportes modernos a finales del siglo XIX (fútbol, tenis, boxeo), una segunda en la segunda mitad del siglo XX asociada a la expansión televisiva, una tercera ligada a la globalización del deporte como industria y espectáculo, y una cuarta, ya reciente, impulsada por el 'marketing', la digitalización y las redes sociales. «El inglés deja de ser terminología técnica para convertirse en lenguaje de marca y comunicación», explica a este periódico. Castañón sitúa en 2010 el inicio de esta última oleada: concretamente, en los Juegos Olímpicos de la Juventud de aquel año, en plena crisis financiera internacional, «cuando cogieron a periodistas entonces jóvenes (que ahora tienen 40 o 50 años y tienen puestos de responsabilidad) para efectuar un cambio social en el deporte: colocar al espectador no como espectador, sino en el centro de la acción; un proceso envolvente para que comparta un entusiasmo global centrado en la tecnología. Se produjo un cambio de sistemas: una nueva organización del deporte en torno a la tecnología, la mercadotecnia, las redes sociales y el hecho de compartir experiencias envolventes». «El lenguaje tiene que ser muy corto, muy rápido», explica el filólogo. «El entusiasmo, global. Y se han aliado todas las industrias del ocio; tecnología, música y medios de comunicación. Lo que hay detrás son intereses financieros y comerciales. Los estadios se han rebautizado comercialmente, en base al 'naming'. Ya no hay resúmenes de jornadas, sino 'highlights'». Los periodistas, continúa Castañón, son colaboradores necesarios del proceso: «Hacen mezclas constantes entre lengua española e inglesa. La comunicación ha de ser muy breve, para pantallas (y con un lenguaje sintético, con la mitad de sílabas, fragmentada). Todo es hacer croquetas, adaptadas a la red. Y que emocionen… Son parte de la industria que los sufraga. Y la industria sólo mide 'impactos': de rendimiento deportivo, de gestión, de experiencias, de jugadores, de árbitros… En las carreras de Educación Física los estudiantes se forman ya en inglés. Es un fenómeno imparable. Las Ligas profesionales lo que quieren es un Madrid-Barça que venda más fuera del estadio que dentro. Si se le añade al cóctel la inteligencia artificial, con traducciones inmediatas, es una auténtica locura». La normalización lingüística se ha producido sin apenas fricción, a diferencia de otros ámbitos —como la política o la educación—, y a una velocidad incluso mayor que en la publicidad privada o institucional. 'Scouting', 'hospitality', 'Media Day'… Los medios, acuciados por las prisas digitales y el terremoto de su modelo de negocio, colaboran a su manera con esta metamorfosis, favorecida por la creciente hibridación entre comunicación y 'marketing' y por la externalización de ambas funciones a agencias y consultoras que replican con entusiasmo la terminología importada. La adopción definitiva del inglés en el deporte no es un fenómeno exclusivamente español, por supuesto, pero sí tiene especial arraigo en nuestro país. En Francia, por ejemplo, la protección del idioma sigue siendo una cuestión identitaria e institucional. En Italia, la tradición pesa todavía más que la importación. Álex Grijelmo , periodista y especialista en el uso del lenguaje en los medios, lleva lustros luchando contra esta «colonización»: sostiene que detrás de muchos anglicismos no hay precisión ni modernidad, sino pereza y complejos. «El lenguaje del deporte oscila entre tradición, innovación y extranjerismos», afirma; «y estos últimos, cuando se usan sin necesidad, pueden empobrecer la eficacia y la belleza del idioma». La Liga fue contactada, pero rehusó dar su parecer para la elaboración de este reportaje. Lejanas y casi retrógradas suenan ya las palabras de don Torcuato Luca de Tena , periodista, académico de la RAE y heredero de la saga fundadora de ABC, cuando en mayo de 1981 escribía : «Aquellas voces extranjeras que designen cosas que ya tienen nombre en español deben ser resueltamente rechazadas y sustituidas por el vocablo castizo [...] Por cada voz definitivamente incorporada al español habríamos metido un rotundo gol, un espléndido golazo, a la invasión de extranjerismos». Probablemente se preguntaría hoy: ¿en qué momento dejamos de llamar a las cosas por su nombre?