Tecnología para la atención frente al vacío terapéutico del TDAH
Fue en el año 1775 cuando, por primera vez, un médico alemán hizo referencia a lo que hoy se conoce como Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Melchior Adam Weikard escribió lo que sería la primera descripción médica de esta afección relacionada con el neurodesarrollo, y habló de descuidos, dificultad para finalizar tareas, desorden y paciencia insuficiente… En España, el término no llega hasta 1907, año en el que las publicaciones científicas se hacen eco de este síndrome. Augusto Vidal Parera (psiquiatra infantil) detalló los síntomas que presentaban algunos niños y niñas y que podían relacionarse con el TDAH. Estos síntomas estaban relacionados con alteraciones de las funciones cognitivas (percepción, atención, razonamiento, memoria); afectivas (emociones y sentimientos); y afectaban a la capacidad de tomar decisiones.
Según el último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicado en 2022, cerca de un 8,8% de la población mundial vive con esta patología, que suele manifestarse en la infancia y perdura en la adultez. Organismos como la propia OMS o la Asociación Americana de Psiquiatría coinciden en definir el TDAH como «un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por inatención y/o impulsividad persistentes», que afecta de forma significativa a la vida diaria. La Asociación Americana de Psiquiatría especifica que los síntomas deben estar presentes en más de un contexto (trabajo, casa…); aparecer antes de los 12 años; y causar deterioro significativo.
La Federación Española de Asociaciones de Ayuda al Déficit de Atención e Hiperactividad (Feedah) defiende que estamos ante «uno de los trastornos más importantes dentro de la Psiquiatría Infanto-Juvenil», y estima que en España un 6,8% de menores y adolescentes padecen esta enfermedad. Un porcentaje que se sitúa entre el 4% y el 5% de la población adulta (entre un 1,5 y 2 millones de personas). Sin embargo, las cifras podrían tomar otra dimensión al considerar que solo un 3% está diagnosticado: o bien porque desconocen que padecen este trastorno, o bien porque sus diagnósticos han sido otros como ansiedad o depresión.
Miguel Toribio-Mateas es un neurocientífico clínico y nutricionista, y fue diagnosticado con trastorno por déficit de atención e hiperactividad cuando tenía 47 años. En una reciente entrevista para LA RAZÓN comentó que «se habla mucho de sobrediagnóstico, pero creo que la realidad es la contraria, y hay muchísimos adultos con TDAH que viven durante décadas con problemas que ahora tienen una explicación». Para él, la llegada del diagnóstico fue la puerta a «autocomprenderme mejor y entender muchas de las cosas que me ocurrían».
No obstante, el debate sobre el diagnóstico sigue abierto. Elsevier, proveedor mundial de información biomédica, publicó un artículo sobre la «Prevalencia de síntomas de TDAH en adolescentes y adultos jóvenes con otros trastornos psiquiátricos refractarios a tratamientos previos». En él se hacía referencia a que los falsos diagnósticos positivos pueden conllevar «tratamientos inadecuados, efectos psicológicos adversos y una carga económica para las familias, además del riesgo de etiquetado, estigmatización y medicación innecesaria».
A este debate se suma otro factor clave: el acceso al tratamiento. Más allá de la medicación, las guías clínicas recomiendan intervenciones psicológicas –como la terapia cognitivo-conductual– que han demostrado eficacia en el manejo del TDAH. No obstante, estos métodos no siempre están al alcance de todos. Las listas de espera en la sanidad pública, el coste en el ámbito privado y la falta de especialistas dificultan que muchos pacientes, especialmente adultos, reciban una atención adecuada. Y aquí toman protagonismo las herramientas digitales.
Soluciones tecnológicas
Aplicaciones de inteligencia artificial, plataformas online y programas de apoyo cognitivo emergen como alternativas accesibles para quienes buscan mejorar su organización, atención o gestión emocional fuera de la consulta. Aunque no sustituyen el tratamiento clínico, estas soluciones tecnológicas se presentan como un recurso complementario en un sistema donde no siempre es fácil acceder a una atención personalizada.
El portal Simply Psychology (recurso online que se hace eco de evidencias científicas) analizó recientemente un estudio («La terapia digital cubre la brecha del TDAH en adultos») que explora los beneficios de una aplicación móvil (Inflow) para personas con esta patología. Lo que ofrece esta app, entre otras cosas, es: programas estructurados sobre cómo abordar la ansiedad, la procrastinación, la impulsividad o la evitación; microlecciones diarias para facilitar la constancia; herramientas prácticas a favor de la concentración, los hábitos y la gestión del tiempo; y comunidades y eventos en vivo que buscan la interacción con otras personas con TDAH y expertos.
Los investigadores realizaron un ensayo controlado aleatorizado con el fin de probar cómo esta herramienta digital «cambia los comportamientos diarios y desafía patrones de pensamiento negativos». Según los resultados, Inflow «redujo significativamente los síntomas de inatención e hiperactividad en adultos con TDAH». Tras ocho semanas, los participantes informaron de una mejor calidad de vida y de una mejoría notable en sus habilidades organizativas. Se observó a su vez que «la implicación de los usuarios era alta y los resultados estaban directamente relacionados con la cantidad de ejercicios que realizaban las personas». Para los expertos, «este hallazgo refuerza la idea de que la terapia cognitivo-conductual es una intervención basada en habilidades. Al igual que aprender a tocar un instrumento musical, gestionar el TDAH requiere la práctica regular de nuevos comportamientos». Al tener «herramientas terapéuticas en un bolsillo», las personas con TDAH pueden recibir ayuda en tiempo real, algo que se vuelve trascendental ante la falta de «recursos de crisis». Según este estudio, alrededor del 8,5% de los participantes evaluados informaron de pensamientos suicidas. «Los desarrolladores de aplicaciones deben asegurarse de que los usuarios en apuros puedan encontrar ayuda de inmediato», consideran sus impulsores.
A día de hoy existe todo un ecosistema creciente de aplicaciones diseñadas específicamente para este perfil neurodivergente. Las herramientas digitales se han convertido en unas buenas aliadas para quienes deben lidiar con el TDAH, y si bien es cierto que no curan el trastorno, sí hay evidencias que demuestran que reducen las complicaciones del día a día y ayudan a construir rutinas sostenibles. Listas de tareas, seguimiento de hábitos, bloqueo de distracciones, registro del estado de ánimo, asistentes de inteligencia artificial que ofrecen acompañamiento o información fiable sobre la patología… Son muchos (y muy variados) los recursos que alberga la red y a los que cada vez acuden más personas. Recursos que funcionan como apoyo pero en ningún caso sustituyen terapia ni medicación.
Aunque lejos de ser una solución mágica, la evidencia científica sí empieza a mostrar que aplicaciones bien diseñadas y usadas con constancia pueden convertirse en una herramienta útil para organizar la mente en un mundo cada vez más digitalizado.
En un contexto marcado por el infradiagnóstico, las dificultades de acceso a tratamiento y el debate en torno a la medicalización, la tecnología se abre paso como una vía intermedia entre necesidad y solución. No sustituye a los profesionales sanitarios ni resuelve por sí sola un trastorno altamente complejo, pero ofrece herramientas concretas para quienes, durante años, han convivido con el desorden sin respuestas.
