La trampa de vivir más: por qué muchos llegaremos a viejos… pero no a sanos
Durante décadas se ha celebrado, con razón, el aumento de la esperanza de vida como uno de los grandes logros del progreso social y sanitario. Vivimos más que nunca. Sin embargo, empieza a emerger una pregunta que rara vez afrontamos con honestidad: ¿estamos envejeciendo mejor o simplemente estamos prolongando hábitos que antes no llegaban tan lejos?
Como explica el Dr. Miguel Sánchez Encinas, jefe del Servicio de Urología del Hospital Universitario Rey Juan Carlos y jefe de Equipo de Urología en el Ruber Internacional, centro perteneciente al Grupo Quirónsalud, algunos análisis recientes, como los publicados por The Economist, señalan una “realidad incómoda”: una parte significativa de la población mayor de 55 años, especialmente la generación del baby boom mantiene en la madurez y la jubilación conductas que hoy sabemos claramente perjudiciales para la salud. “Alcohol en exceso, sedentarismo, mala alimentación, poco interés por la prevención y una confianza casi automática en que la medicina ‘ya lo arreglará’. No es una cuestión moral. Es una cuestión biológica, sanitaria y social”, apunta este especialista.
Durante años, muchos de estos comportamientos no tuvieron consecuencias visibles. La juventud, y después la madurez, actuaban como un colchón fisiológico. “Pero ese margen se agota”, apunta el doctor Sánchez Encinas. “El organismo envejece, la reserva funcional disminuye y lo que antes era tolerable se convierte en patológico. El resultado es conocido: más diabetes, más hipertensión, más obesidad visceral, más enfermedad cardiovascular, más deterioro cognitivo, más dependencia… y todo ello durante más años. Quizás hemos conseguido alargar la vida más rápido de lo que hemos aprendido a cuidarla”, añade.
Hay una idea que se viene repitiendo en la comunidad médica desde hace tiempo: el resultado de lo que llamamos “envejecer mal” se acumula en forma de hábitos cotidianos. Un estudio muy citado en Circulation estimó el impacto de cinco factores clásicos y nada exóticos, no fumar, peso saludable, dieta de calidad, actividad física regular y consumo moderado de alcohol, y concluyó que, si se adoptan a partir de los 50, pueden asociarse a más de una década adicional de esperanza de vida (aproximadamente 14 años en mujeres y 12 en hombres, según el modelo). Lo interesante no es solo el número, es el mensaje de fondo: no hablamos de tecnología futurista, hablamos de sentido común, de virtudes antiguas con nombre de siempre: templanza, disciplina, constancia, aplicadas a la biología moderna.
Cuanto antes mejor, pero empezar tarde también ayuda
“En consulta lo escucho a menudo: ‘Doctor, a mi edad ya no merece la pena’. Pero la buena noticia y aquí la evidencia es firme, es que no existe una edad límite a partir de la cual los cambios ya no impacten en la longevidad y, sobre todo, en la calidad de vida. Lo que sí existe es una diferencia de rendimiento: cuanto antes se empieza, más se gana; pero empezar tarde sigue funcionando”, según este especialista. De hecho, un trabajo de modelización publicado en PLOS Medicine estimó cuántos años de vida podría añadir un cambio dietético importante. El mensaje era claro: incluso a edades tardías, el organismo sigue respondiendo. No como a los 30, naturalmente. Pero responde.
Y esto enlaza con lo que se ve en consulta: muchas personas no necesitan vivir quince años más; necesitan vivir mejor los próximos diez. “Porque la diferencia real no está entre morir a los 83 o a los 86, sino entre llegar con autonomía, fuerza, lucidez y proyectos, o llegar con fragilidad, cansancio crónico y dependencia”, asegura el doctor Sánchez Encinas.
Si hay un territorio donde se decide gran parte de la calidad del envejecimiento es el cardiometabólico: obesidad, hipertensión y diabetes. Es el triángulo que acelera el desgaste del sistema vascular, del riñón, del cerebro y del corazón. Y aquí el mensaje vuelve a ser esperanzador, incluso en edades avanzadas, tratar bien los factores de riesgo cambia el pronóstico. El ensayo HYVET, en mayores de 80, mostró beneficios clínicamente relevantes al tratar la hipertensión: reducción de insuficiencia cardiaca, reducción de ictus y también descenso de mortalidad total en el grupo tratado. Además, abandonar tóxicos a edades tardías sigue teniendo premio. Estudios en población mayor encuentran reducción de mortalidad en quienes dejan de fumar frente a quienes continúan, incluso con historias largas de consumo.
La urología, clave en el envejecimiento
Asimismo, la urología ofrece otro “buen ejemplo” de aspectos clave del envejecimiento que a menudo pasa desapercibido: el equilibrio hormonal y metabólico. Según el especialista de Quirónsalud, en muchos hombres, las primeras señales no aparecen como enfermedad, sino como pérdida de energía, fuerza o vitalidad, reflejo de un envejecimiento biológico acelerado por factores modificables como la grasa visceral, el sedentarismo o el mal descanso.
“El descenso de testosterona en la mediana edad no suele ser solo cuestión de edad, sino la expresión de un terreno metabólico alterado. La grasa abdominal actúa como un órgano endocrino que favorece inflamación, resistencia a la insulina y un entorno hormonal desfavorable, con consecuencias claras: pérdida de masa muscular, deterioro óseo y mayor riesgo de sarcopenia, osteopenia y fragilidad”, explica el doctor Sánchez Encinas. Las guías europeas recomiendan en estos casos empezar por pérdida de peso, ejercicio y corrección de comorbilidades, porque mejorar el terreno metabólico puede elevar la testosterona endógena y mejorar síntomas. “No es teoría: ensayos clínicos han mostrado que adelgazar y moverse más puede mejorar la función eréctil, y estudios sobre dieta mediterránea han apuntado en la misma dirección. Dicho de otro modo: a veces el cuerpo avisa a través de la sexualidad de que el envejecimiento ya se está acelerando”, añade.
Lo que comienza como cansancio puede traducirse años después en caídas, fracturas y pérdida de autonomía. Por eso, la longevidad no depende solo de evitar enfermedades, sino de preservar músculo, hueso y equilibrio hormonal. Llegar bien a edades avanzadas no es una cuestión estética, sino una estrategia de prevención que va a condicionar directamente cómo será nuestra vejez.
“No se busca medicalizar la vida ni de convertir la vejez en una obsesión por la eterna juventud. Es algo más simple, la salud es un capital que se cuida a lo largo del tiempo, y cuanto más tarde se empieza, más difícil resulta conservarlo. La medicina actual no solo trata enfermedades; también intenta corregir trayectorias deterioradas por años de malos hábitos. Pero no puede hacerlo sola. Cuando se espera que un fármaco compense décadas de descuido, el problema deja de ser solo individual: aumentan las enfermedades crónicas evitables, la carga sobre las familias y la presión sobre sistemas sanitarios ya exigidos”, sentencia el especialista.
No obstante, a su juicio “tampoco se trata de culpar, sino de asumir una responsabilidad dado que hoy tenemos más conocimiento sobre cómo prevenir y aplicarlo cambia el pronóstico” y, en el fondo, esa responsabilidad no requiere de “fórmulas complejas” sino que se apoya en unos “principios sencillos” para este especialista:
- Músculo: la fuerza es independencia.
- Cintura: menos ultraprocesado, más comida real.
- Control: medir presión, glucosa y riesgo.
- Sueño: un pilar terapéutico.
- Alcohol y tabaco: el cuerpo no negocia.
- Comunidad: la soledad también envejece.
“Porque el verdadero fracaso en esta época de un marcad edadismo no es cumplir años, es llegar a ellos sin haber aprendido a cuidarse”, apostilla el doctor Sánchez Encinas.
