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La dicotomía del vivazo, intrépido y ‘carga’, versus el baboso que sigue las reglas

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Vivimos –cada vez más– encerrados en nuestro metro cuadrado. En nuestras pantallas, en nuestras preocupaciones, en nuestras pequeñas urgencias. Y mientras tanto, lo colectivo se nos volvió paisaje: está ahí, pero ya no lo vemos. Casi sin darnos cuenta, simplemente, dejamos de mirar hacia los lados.

No es una idea abstracta. Se ve todos los días. En el bus o en el tren, donde nadie cede el asiento, aunque tenga al frente a una persona mayor o a una mujer embarazada: el espacio es de quien logra imponerse, no de quien más lo necesita. También ocurre en la carretera, donde dar campo parece un acto de debilidad, no de cortesía, de respeto ni de convivencia. En ese cruce donde nadie cede el paso, porque lo importante es avanzar primero, aunque todos terminemos avanzando peor.

Esto último, lamentablemente, ocurre todos los días cuando voy a salir del residencial donde vivo. Una escuela colinda con él. Se imaginarán que una multitud de padres y madres llega en sus vehículos para dejar a su prole. Mientras tanto, la lucha por un espacio, aunque obstaculice el paso de los demás, es la nota dominante. ¿Qué creen que están aprendiendo esos niños? Sí, exacto: la cortesía, la consideración, la amabilidad, el respeto por el derecho del otro, etcétera, son valores consignados en el diccionario y en uno u otro libro, pero no son aplicables en la vida real.

Estamos en la dicotomía del vivazo, listo, jugado, intrépido, el carga, y el baboso que sigue las reglas, que conserva y vive los valores. Así, tristemente, estamos cada vez más. No extraña, entonces, que nos gusten las figuras que gritan, golpean la mesa y se imponen por la fuerza. Ojalá sean sujetos con doctorado en el fino arte de la conducta pachuca.

Por otro lado, se ve también en lo que no ocurre: en la escasa participación en organizaciones comunales, en las asociaciones de desarrollo que sobreviven con los mismos de siempre, en la dificultad para convocar voluntades más allá de intereses inmediatos. Nos cuesta organizarnos si no hay un beneficio directo, tangible, casi inmediato. Y, aun así, abundan quienes piensan que, de por sí, “alguien lo hará y yo me guindo”. Arrecostados, gorrones.

No es que la solidaridad haya desaparecido; sería injusto y exagerado decirlo. Pero sí parece haberse vuelto episódica, casi ornamental. Aparece en momentos de crisis, en catástrofes o campañas puntuales, pero no como principio organizador de la vida cotidiana. No como hábito, como valor. Este fenómeno no es nuevo ni exclusivo de Costa Rica.

Para describir parte de este fenómeno en el que los vínculos sociales se debilitan y las normas comunes pierden fuerza, se ha acuñado el concepto de anomia: una suerte de desorientación colectiva en la que cada uno vela por sí mismo. Más de un siglo después, la intuición sigue vigente. Pero no vamos a aplicar aquello de que “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Zygmunt Bauman nos habla de la “modernidad líquida”: relaciones frágiles, compromisos reversibles, identidades cambiantes. Nada es para siempre y, por tanto, nada obliga demasiado. En ese mundo, el otro deja de ser un semejante para convertirse, muchas veces, en un competidor… o en un estorbo.

También se ha relacionado esta conducta con el modelo económico. El capitalismo contemporáneo, especialmente en su versión más desregulada, organiza la producción a la vez que moldea subjetividades. Nos entrena para consumir, competir y diferenciarnos. Nos dice, de forma sutil pero persistente, que valemos por lo que tenemos, no por lo que aportamos. Que el éxito es individual, y el fracaso también.

Así, la frase popular “cada uno en su casa y Dios en la de todos” deja de ser un dicho pintoresco para convertirse en una forma de vida.

El problema es que esa lógica tiene consecuencias. En salud pública, por ejemplo, sabemos bien que las sociedades más cohesionadas –con mayores niveles de confianza y apoyo mutuo– tienden a presentar mejores indicadores de salud. La solidaridad no es solo un valor moral: es un determinante social.

Cuando dejamos de ceder el asiento, de dar el paso, de involucrarnos en lo común, no estamos solo fallando en pequeños gestos. Estamos erosionando el tejido que sostiene la vida en sociedad.

No se trata de idealizar el pasado ni de negar la importancia del esfuerzo individual. Se trata, más bien, de recuperar el equilibrio. Hay que recordar que ninguna sociedad se sostiene solo en el esfuerzo individual de su gente.

Tal vez la pregunta no sea si hemos perdido la solidaridad, sino cuándo dejamos de practicarla en lo cotidiano: en el saludo, en el respeto, en el cuidado de lo público, en la disposición a pensar en alguien más allá de nosotros mismos, de nuestro metro cuadrado.

Vale, para cerrar, recordar una frase de Émile Durkheim: “El hombre es un ser moral solo porque vive en sociedad, ya que la moral consiste en la solidaridad con el grupo”.

juan.romero.zuniga@una.ac.cr

Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.




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