Sandra Petrignani, una vida de perros
Sandra Petrignani tiene cuatro perros. Pero ha tenido otros tantos. La compañía canina, siempre tan fiel y cariñosa, tan amable y afable, ha sido para la periodista italiana (Piacenza, 1952) un pilar vital. También una forma de entender su propia existencia: «Amo a todos los animales de la creación; los prefiero a los humanos en general», confiesa a este diario la autora, entrevistada por publicar una obra en la que narra sus memorias... a través de los perros que la han acompañado. En «Autobiografía de mis perros» (Nórdica), Petrignani continúa cultivando su perfil de escritora exigente, situándose entre la novela y la biografía, entre el relato de los hechos y la narración de vidas extraordinarias. Unas páginas en las que echa la vista hacia atrás, pero donde no es relevante si lo que narra «ocurrió o no. No importa si cambié los nombres de los perros y el mío porque en la realidad narrativa fueran más funcionales a la historia. Lo que sí importa es si logré despertar en el lector la emoción que pretendía», matiza.
Más que pasión, lo que siente Petrignani hacia los perros es una especie de reflejo. «Cuando era niña, me parecían las criaturas más tristes e incomprendidas de la Tierra. Y como sentía lo mismo, me fue fácil identificarme con ellos, protegerlos, acariciarlos y enamorarme de ellos sin miedo». No se trata, matiza, de una cuestión de respuesta a una situación de soledad, pues en su infancia «mis padres me querían y me protegían incluso de mí misma. Después tuve muchos amores, tres matrimonios, un hijo y siempre tuve perros y gatos conmigo. Siempre he sentido la necesidad de protegerlos, sobre todo a los perros. Nunca compré uno de raza, solo callejeros», explica.
Thomas Mann, Franz Kafka, Marguerite Yourcenar, Colette... No faltan en la obra de Petrignani las referencias literarias, pues «en esta autobiografía quería hablar de mí a través de dos elementos fundamentales que moldean mi carácter: los perros y la literatura», explica. En un mundo, continúa, de «hombres en guerra, autoproclamados Grandes, donde la naturaleza es destruida irreparablemente junto con sus criaturas completamente inocentes, una masacre diaria de la que nadie habla, el silencio no es practicable». Es por esto que, aunque observa que «la literatura y el arte en general tienen poco impacto en la vida contemporánea, los escritores auténticos buscan el inconsciente, tanto el propio como el de los otros, hablándole a los individuos, mientras que los tiranos y los políticos hablan a los pueblos». Y retrata en el libro, además, un ambiente literario a veces competitivo, predominantemente masculino. Explica Petrignani que entre Electra, su álter ego en la obra, y su amigo escritor se dan muchas cosas: «Literatura, erotismo, amor... Cada uno tiene sus ideas y las comparten por igual. Pero con otros escritores masculinos, en el libro como en la vida, esto no ocurre, pues es un largo camino, una ardua lucha para derribarlos de una posición de superioridad heredada por tradición, y casi siempre sin mérito, de los grandes del pasado», zanja la autora.
Uno, ninguno, cien mil
«Todo es verdad y todo es falso», escribe una autora que plasma su vida a través de sus perros, en una época obsesionada con la autenticidad y que tiende al individualismo, volcándose incluso más en las mascotas que en el resto de las personas. «Creo, como decía Luigi Pirandello, que somos ‘‘uno, ninguno, cien mil’’, y no hay nada como escribir para comprender esto íntimamente», plantea. Pero no considera que «sea una cuestión de individualismo. Si la gente se apega más a sus mascotas que a las personas, se debe al profundo egoísmo que reina, a la falta de comprensión y amor hacia los demás. Estamos cada vez más solos y armados unos contra otros», concluye.
