Sin encender motores: así es la maniobra del ‘infinito’ con la que Artemis II volverá a la Tierra
Llegó el día 9. La tripulación de Artemis II inicia su último día completo en el espacio mientras prepara el regreso a la Tierra. Hoy ajusta la trayectoria de la nave Orion, revisa procedimientos de reentrada y configura la cápsula para el amerizaje previsto frente a California.
El equipo de astronautas (Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen) dedica la jornada a asegurar equipos, verificar condiciones meteorológicas y ejecutar una corrección de trayectoria que alinea la nave para su ingreso a la atmósfera.
La ruta de regreso no depende de un motor: una solución pensada antes de que existieran las misiones Apolo
La misión no necesita encender motores para volver. Orion sigue una trayectoria de “retorno libre”, una figura que recuerda a un infinito y que utiliza el equilibrio gravitacional entre la Tierra y la Luna.
Esta maniobra no nació con el programa Artemis ni con Apolo. Fue modelada décadas antes, en plena carrera espacial. Un informe técnico de la NASA de 1963 ya describía estas rutas como trayectorias “simétricas de retorno libre”: caminos que permiten viajar hasta las cercanías de la Luna y regresar a la Tierra sin necesidad de propulsión tras el impulso inicial.
De hecho, el análisis ya contemplaba escenarios de fallo. Si un sistema crítico no permitía frenar para entrar en órbita lunar, la nave aún podría rodear la Luna y volver a la Tierra bajo condiciones controladas. Esa lógica es la que décadas después permitió el regreso de Apolo 13.
El proceso es el siguiente: la nave se lanza hacia la Luna en un ángulo que permite que el satélite la “capture” parcialmente y la redirija de regreso. La gravedad lunar actúa como una curva en la trayectoria. No hay frenado activo en el retorno. La Tierra, al final, completa el proceso.
Este tipo de navegación responde a un problema clásico de la física: el sistema de tres cuerpos. La nave se mueve bajo la influencia simultánea de la Tierra, la Luna y, en menor medida, el Sol. El resultado es una ruta estable, pero sensible a pequeñas variaciones.
Del ‘infinito’ al descenso: la parte más crítica
El regreso no termina con la trayectoria correcta; más bien, allí comienza la fase más exigente.
Orion entrará a la atmósfera a unos 11 kilómetros por segundo, más rápido que cualquier nave en órbita baja. La energía que debe disipar casi duplica la de un regreso desde la Estación Espacial Internacional.
Esa velocidad genera temperaturas superiores a los 3.000 °C. El aire se ioniza y forma plasma alrededor de la cápsula. Durante varios minutos, las comunicaciones se interrumpen.
Según el investigador Chris James, experto en aerotermodinámica hipersónica de Universidad de Queensland, ese momento concentra los mayores riesgos: calor extremo, fuerzas de desaceleración y aislamiento total de la tripulación.
Para reducir ese impacto, Orion no desciende en línea recta. Utiliza una variante del “skip re-entry” (reentrada con salto), una maniobra heredada de las misiones Apolo. La cápsula genera sustentación aerodinámica al entrar con cierto ángulo, lo que le permite “rebotar” parcialmente en la atmósfera y distribuir el calor y la desaceleración en más tiempo.
Sin ese efecto, las fuerzas podrían ser letales para humanos.
Una coreografía medida en minutos
El regreso de Orion no ocurre en etapas aisladas, sino como una secuencia continua que transforma una nave hipersónica en una cápsula flotando en el océano en menos de 20 minutos.
Todo inicia antes de tocar la atmósfera. El módulo de servicio, que lleva paneles solares y sistemas de propulsión, se separa y se pierde en la reentrada. Desde ese punto, la tripulación queda dentro del módulo de mando, protegido por un escudo térmico diseñado para soportar temperaturas extremas.
La cápsula entra a unos 400.000 pies de altura a casi 11 kilómetros por segundo. El aire frente a la nave se comprime, se calienta y se convierte en plasma. Durante varios minutos, ese plasma bloquea las comunicaciones. La nave sigue descendiendo sin contacto con la Tierra.
Cuando emerge de ese apagón, ya ha perdido buena parte de su velocidad, pero aún viaja a velocidades supersónicas. En ese punto, el sistema comienza a desacelerar de forma mecánica. Primero se desprende la cubierta frontal. Luego se despliegan los paracaídas de arrastre, pequeños pero críticos: estabilizan la cápsula y reducen la velocidad inicial.
A menor altura, entran en acción los paracaídas principales. Son tres y se abren en fases para evitar tensiones bruscas. En cuestión de segundos, la cápsula pasa de una caída violenta a un descenso controlado.
El impacto final no es suave. Orion golpea el océano a velocidad suficiente para sentirse como un choque seco, aunque dentro de los márgenes previstos. La estructura está diseñada para absorber ese impacto y mantener la orientación adecuada.
Una vez en el agua, la cápsula no queda estable de inmediato. Puede oscilar o incluso voltearse. Por eso despliega un sistema automático que la endereza antes de la llegada de los equipos de rescate.
En menos de dos horas, helicópteros y embarcaciones recuperan a la tripulación y la trasladan al buque asignado. El viaje termina en el océano, pero la misión continúa con evaluaciones médicas y análisis de datos que definirán los siguientes pasos del programa lunar.
