Tomás Roncero, tras el penalti no pitado a Mbappé: "Que se coman esta Liga con patatas"
El Bernabéu se vistió de gris este vieren Un gris plomizo, cargado de la impotencia de quien ve desvanecerse una oportunidad. El Real Madrid emitió un murmullo resignado. El empate ante el Girona, un equipo valiente que se marchó con la cabeza alta, no solo le negó dos puntos vitales, sino que también le hurtó el impulso anímico necesario para afrontar la inminente batalla europea contra el Bayern. La noche de Champions se avecina con un sabor agridulce, teñida por la sombra de la duda.
Una jugada decisiva
La jugada que encendió la mecha del debate, el epicentro de la frustración, ocurrió a escasos instantes del pitido final. Cuando el reloj se acercaba al minuto 90, y la afición blanca aferraba sus últimos hilos de esperanza, un murmullo colectivo recorrió las gradas. La exigencia de un penalti sobre su estrella, Mbappé, se convirtió en un clamor sordo. El francés se internaba por la derecha del área. Su intención era clara, su pierna izquierda apuntaba al gol, la ocasión se presentaba propicia. Pero en su camino se interpuso un obstáculo inesperado. Un codazo certero de Vitor Reis, el zaguero del Girona, impactó con violencia en el rostro del delantero. El golpe, seco y contundente, detuvo en seco su progresión, truncando la fantasía de gol y dejando a medio camino la acción.
Alberola Rojas, el colegiado principal, lejos de señalar el punto fatídico, optó por dejar seguir el curso del encuentro. Ni rastro de la pena máxima. La decisión arbitral, o la falta de ella, desató una tormenta de indignación en los ecos de la radio. En Carrusel Deportivo, la voz de Tomás Roncero resonó con fuerza, un torrente de reproches ante la pasividad del estamento arbitral.
Tomás Roncero no se calla
"Es un escándalo que el del VAR no vea eso", tronó Roncero, su voz cargada de incredulidad. "Es un escándalo que el del VAR se trague esa". La frustración se palpaba en cada sílaba, en cada exclamación. Lo que más le escocía, lo que alimentaba su enfado hasta un punto casi insostenible, era la convicción de que la jugada era diáfana, visible para cualquiera con dos ojos. "Lo hemos visto todos", repetía, como si buscara consuelo en la unidad de la observación.
La repetición de la frase "Hasta el gorro ya, hasta el gorro" se convirtió en un mantra, el eco de un hartazgo acumulado que parecía no tener fin. Trujillo Suárez, el oficial del VAR, tampoco intervino, ni siquiera para sugerir una revisión en el monitor. Un silencio cómplice, un vacío de actuación que Roncero no estaba dispuesto a pasar por alto.
"No me voy a callar ni una más", sentenció, su voz adoptando un tono de determinación férrea. La decepción se transformó en un pronóstico sombrío. "Que no quieren que haya Liga", proclamó, un juicio contundente sobre la competición. "Mejor, mala audiencias, que se lo coman con patatas esta Liga. Estoy hasta el gorro. Esto no es una Liga, es un desastre". Un desgarro audible, la expresión de un aficionado que ve cómo la pasión se ve empañada por lo que considera una injusticia inaceptable.
