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De la lepra de Juanita Reina al pique entre Rocío Jurado e Isabel Pantoja: los secretos de las folclóricas, al descubierto

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Abc.es 
Concha Piquer , a la que muchos consideran la reina de la copla, mantuvo hasta el final de sus días aquella impronta de mujer fuerte que valió para que dijeran que tenía mal carácter. Una actitud incluso altiva que muchos achacaban a su gran nivel de exigencia, algo que la valenciana aprendió en la adolescencia, durante su paso por Broadway . «Era una profesional que se enfrentó directamente a las ordenanzas gubernativas de aquel momento tan duro de posguerra, llenas de moral eclesiástica, que le impedían realizar su trabajo. Pese a las multas que le imponían por desobedecer, no interrumpía el espectáculo para ponerse de pie con el brazo en alto cuando sonaba el clarín que anunciaba el parte. Además, se negaba a cambiar la palabra mancebía en la canción 'Ojos verdes', y no complació a Franco cuando le pidió que cantara una canción durante la merendola al final de una cacería», comentó Manuel Vicent, autor de una novela que narra la vida de quien fuera la primera tonadillera en tener compañía propia y en contar con canciones exclusivas en sus obras. Sus palabras aparecen recogidas en 'Yo, folclórica', un ensayo donde el periodista y escritor Juanra López rescata la historia de 25 figuras que protagonizaron momentos históricos de gran calado, sobrevivieron a circunstancias adversas, rompieron techos de cristal y, en algunos casos, apostaron por la copla cuando era nadar contracorriente. A lo largo de más de 300 páginas, el autor relata numerosas anécdotas y rompe algunos mitos persistentes. Por ejemplo, que Concha Piquer fue la responsable del exilio de Miguel de Molina, su gran rival masculino de la época, y que sentía desprecio por Juanita Reina, con la que compartió a Quintero, León y Quiroga. «Ella lo niega y yo la creo», apunta Vicent al respecto. «Su rivalidad con Juanita Reina era evidente, normal, una moneda corriente entre artistas folclóricas, pero Conchita Piquer se decía amiga de Miguel de Molina. En este tema con Serrano Suñer −político afín al nazismo y cuñado de Carmen Polo− en la trastienda, la verdad y la mentira entran a saco para convertirse en literatura. Esa ficción es el sustento en que se forman los personajes». Hablando de leyendas, en su día hubo maledicentes que se dedicaron a propagar noticias falsas sobre Juanita Reina con el objetivo de dañar su imagen. Tanto es así que, a principios de los cincuenta, se empezó a comentar en mercados y corralas que la tonadillera y actriz dramática sevillana había enfermado de lepra. Ella, que entonces no solo estaba en la cumbre de su carrera, sino que además se encontraba más sana que una manzana, tuvo que desmentir aquello, comentando que tan solo se había tomado unos días de descanso en un cortijo de Sevilla. Años después se dijo también que Franco sentía especial predilección por la tonadillera, cosa que ponía celosa a su esposa Carmen Polo, a quien le sonaba a gloria cualquier bulo sobre aquella. Quizás muchos desconozcan este dato, pero doña Ana Martín, la famosa madre de la Pantoja, fue bailaora en la compañía de Juanita Rena en su juventud. Y hablando de la Pantoja, López dedica unos párrafos a los motivos por los que la intérprete de Marinero de luces y Rocío Jurado no compartieron escenario nunca. Aunque es cierto que no eran amigas íntimas, las dos se respetaban y admiraban, incluso se llegaron a profesar cierto cariño. Varios empresarios y promotores trataron de contratarlas para que cantasen juntas, pero no tuvieron éxito. Se han manejado distintas teorías, pero todo apunta a que fue Rocío la que nunca terminó de decidirse a dar el paso, quizás por un tema económico, tal vez por una cuestión de inseguridad. «Cuando mi tía Juana murió, se proyectó un espectáculo para los Reales Alcáceres de Sevilla en homenaje a ella con Rocío e Isabel, con quien yo tenía una gran relación en ese momento», apunta en el libro la tonadillera Charo Reina. «Isabel tenía hecho hasta el vestuario y Rocío también. Lo organizaba TVE, pero hubo un problema de dinero, no fue entre ellas». Otro motivo de fricción entre folclóricas fue el mítico espectáculo musical Azabache, celebrado en el marco de la Expo 92. Cuatro reinas de la canción española formaron parte del show: Nati Mistral, Rocío Jurado, Imperio Argentina y Juanita Reina. Según la versión de una de las protagonistas, los organizadores se plantearon la posibilidad de contar con la presencia de la Pantoja, pero Rocío lo impidió. Incluso le habría llegado a decir al escritor y director de aquello, Gerardo Vera, algo así como «decide: la Pantoja o yo, pero las dos juntas, no». A partir de entonces, Encarna Sánchez, cogió tirria a 'La Más Grande', otrora amiga suya, y se dedicó a encizañar la relación de Isabel, la gran obsesión de su vida, con la susodicha. Tampoco tenía muy buen recuerdo de Azabache Marifé de Triana, a quien por lo visto le sentó muy mal que no la incluyeran en ese espectáculo. «Es algo que han tenido siempre las artistas de este género, veían mucha competencia en sus compañeras», cuenta el artista Pive Amador. «Al margen de esta consideración, como cantante era una fuera de serie, nunca la verías desafinar». También desfilan por las páginas del libro divas algo menos mediáticas como Gracia Montes, conocida por temas como 'Soy una feria' o 'Maruja limón', que según una de sus compañeras de faena tenía auténtico pánico escénico. De Marián Conde, que estuvo casada brevemente con Juan Valderrama, hijo del mítico cantaor flamenco, se cuenta que Saddam Hussein era fan suyo (un dato que la donostiarra descubrió cuando Basilio Rogado la llamó para contarle que en los partes de guerra del ex dictador iraquí en la radio ponía su canción Taka Takata —claro que nunca llegó a descubrir cómo le llegó el disco a aquel hombre—). Y por supuesto sale Paquita Rico, que estuvo casada con el banderillero Juan de la Palma y durante un tiempo formó parte de la famosa tertulia radiofónica 'Mesa Camilla'. Según el escritor Pedro Víllora, la estrella del cine y la canción decidió decir adiós a todo en cuanto empezó a oler cómo era el mundo del corazón: «Era muy elegante, detestaba discutir y no soportaba estar en entredicho. Tampoco le gustaba que se hablara de su vida privada y la mejor manera de conseguirlo era no estar. Le hubieran sacado la trágica muerte de su marido y muchas más cosas».



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