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Pogacar busca la cumbre de los monumentos

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Abc.es 
La historia de la reina de las clásicas se condensa en la vida de Jean Stablinski, el ciclista francés de origen polaco en los años 50 cuya familia se asentó en el norte de Francia al acabar la Segunda Guerra Mundial y trabajó en una mina bajo el bosque de Arenberg. Este lugar del planeta es el punto culminante de la París-Roubaix . Stablinski cruzaba cada día Arenberg, el pasillo de adoquines más temido y emblemático de la clásica. Son 2,3 kilómetros de ruta empedrada, con adoquines extremadamente irregulares y mal alineados, que han provocado a lo largo de décadas vibraciones y pinchazos, caídas y desgracias entre el gremio de los ciclistas. «Cuando entras en el bosque de Arenberg, cierra los ojos y reza», sentenció el minero Stablinski. Tadej Pogacar busca este domingo el monumento ciclista que le falta, la París-Roubaix. Stablinski trabajaba en la mina de carbón de Arenberg y los fines de semana tocaba el acordeón en fiestas y celebraciones. Su madre desaprobaba la afición de su hijo, pero no le hacía ascos a los ingresos que le procuraba. Gracias al acordeón, el minero ganó un concurso y el premio fue una bicicleta. Cuando Stablinski debutó en la París-Roubaix ya se habían celebrado más de cincuenta ediciones de una carrera fundada en 1896, siglo XIX, denominada el 'Infierno del Norte' por tramos como el de Arenberg, que suele machacar a los ciclistas más débiles o desafortunados. La París-Roubaix es una prueba que trasciende al deporte y se convierte en un ejercicio de supervivencia. Magia que reside en el equilibrio brutal entre la épica del pasado y el caos del presente. Piedras, sangre y polvo en 55 kilómetros de pavés repartido en 30 tramos por el norte de Francia. Las piedras con historia no son calles cuidadas, sino caminos agrícolas antiguos, irregulares y cortantes. Senderos de paso para los tractores que son cuidados por una sociedad, 'Los amigos de Roubaix', que realizan labores de mantenimiento: sustituyen adoquines dañados por nuevas piedras, y usan cabras para limpiar la vegetación entre el pavés y garantizar así que los principales tramos sean transitables. Además de iconos como el bosque de Arenberg y el Carrefour de l'Arbre, la carrera es depositaria de otros símbolos. El viejo velódromo de Roubaix, pocas llegadas en el ciclismo con tanta mística, ciclistas que tienen que dar una vuelta y media después de recorrer 260 kilómetros. También hay magia en lo que ocurre después. Las duchas de cemento dentro del velódromo, cubículos de hormigón donde los ciclistas se refrescan y que llevan nombres de antiguos vencedores. El trofeo que recibe el ganador es un adoquín de la propia carrera sobre una peana de mármol pulido y fabricado por la marmolería Sloss de Orchies. A diferencia de otras copas de oro o plata, es uno de los trofeos más deseados del ciclismo porque simboliza el dominio sobre la piedra que intentó destruirte. El vencedor recibe además un premio de 30.000 euros. A este compendio de tradiciones, épica e historia se enfrenta Tadej Pogacar, quien el año pasado debutó en Roubaix y fue segundo después de resbalar en una curva y permitir el triunfo del mejor ciclista de clásicas que puede recordar la memoria, Mathieu van der Poel, tres primaveras consecutivas campeón de la reina de las clásicas. Van der Poel es un prodigio que ha puesto rumbo a la grandeza, con un físico potente ideal para las clásicas de primavera. Mide 1,84 metros y su peso ronda los 75 kilos. No puede con los puertos largos del Tour, pero es perfecto para no botar en los adoquines de Roubaix o para subir los cortos muros de Flandes. Tadej Pogacar mide 1,76 y pesa 66 kilos. Es incontenible en los puertos del Tour, del Giro, de la Vuelta, en cualquier montaña, en las cotas empedradas de Flandes, las escarpadas cimas de Lombardía, las colinas de Lieja. Todo lo ha ganado, 5 Giros de Lombardía, 3 Tour de Flandes y 3 Lieja-Bastoña-Lieja, más 1 Milán-San Remo. La falta un monumento, la París-Roubaix. Con esa morfología tan liviana, cualquier otro corredor de la élite podría ser más favorito que Pogacar. Van der Poel desde luego, también Van Aert, Filippo Ganna, Philipsen o Mads Pedersen. Pero hablamos de Pogacar, el mejor ciclista de la historia para tanta gente, siempre con permiso de Eddy Merckx. «Pogacar me ha dado varias palizas en el Tour de Flandes, espero impedir que gane en Roubaix», declaró Van der Poel a Eurosport. Sólo tres hombres, todos belgas -Eddy Merckx, Rik van Looy y Roger de Vlaeminck-, han logrado el grand slam de los 5 monumentos durante su carrera. Para hacerlo aún más interesante, el esloveno podría elevar la dimensión de su obra: ganar los cinco grandes en un mismo año, algo que nadie ha conseguido hasta ahora.



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