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La joven que aprendió a leer la tierra

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Abc.es 
El viento arrastra polvo sobre las Bardenas Reales, levantando pequeñas nubes que difuminan el horizonte. A primera vista, todo parece inmóvil: tierra seca, formas erosionadas y silencio. Un paisaje que muchos describen como vacío. Pero no lo está. Nunca lo ha estado. «La gente piensa que es un lugar muerto, seco, que no hay vida… pero la realidad es muy distinta», dice la joven Elvia Gómez Troya, mientras clava la mirada en el suelo con una concentración que desarma. Donde otros pasan, ella se detiene. Donde otros ven barro, ella lee vida. Y es que Elvia no camina por las Bardenas, las interpreta. Cada paso que da es una forma de leer el terreno, de descifrar un lenguaje escrito en huellas, restos y pequeños indicios. «El rastreo es algo más que una actividad», explica, «es estar en contacto con la naturaleza». Y no habla de una afición pasajera, sino de una forma de estar en el mundo». Cuando veo un rastro me gusta descubrir por mí misma quién o qué lo ha dejado. Es como jugar a los detectives, como ser Sherlock Holmes». La comparación no es casual. En el rastreo hay deducción, hipótesis y observación minuciosa. Existe una lógica que se construye a partir de detalles: la profundidad de una huella puede indicar el peso del animal; la distancia entre pasos, su velocidad; la dirección, su intención. Cada elemento suma, cada señal construye una historia. Pero ese lenguaje no se aprende en un libro. Se aprende mirando. Fallando. Volviendo a mirar. Y, en el caso de Elvia, incluso antes de nacer. «Mi madre estaba embarazada de mí y con seis meses mi padre le ponía cascos en la barriga con sonidos de anfibios, aves… ya nací un poco con todo esto en la sangre», cuenta. Su primera gran aventura llegó pronto: «Con cuatro años fui a Finlandia para encontrar a los renos de Papá Noel… y lo conseguí». A partir de ahí, Bulgaria, Tanzania, Kenia, Zambia, Bolivia… lugares distintos, ecosistemas diversos y, sin embargo, siempre ha tenido un punto de retorno: «Tengo un vínculo especial con Bardenas Reales desde pequeña», explica. «Mis padres me traían a buscar animales, rastros… y venía a salvar anfibios de los pozos que se formaban tras las lluvias. Paisajísticamente es precioso y está lleno de vida», insiste. El Parque Natural de las Bardenas Reales constituye uno de los paisajes más singulares de la península ibérica, un territorio de apariencia casi desértica modelado durante millones de años por la acción del viento, el agua y los cambios extremos de temperatura. Con más de 42.000 hectáreas, fue declarado parque natural en 1999 y Reserva de la Biosfera por la UNESCO en el año 2000, un reconocimiento que pone en valor no solo su riqueza ecológica, sino también el delicado equilibrio entre la actividad humana y la conservación. Su fisonomía está marcada por formaciones geológicas únicas —cabezos, barrancos y mesetas— que dibujan un paisaje cambiante, casi escultórico, donde cada rincón parece moldeado por el tiempo. A pesar de su apariencia árida, alberga una notable biodiversidad: aves rapaces como el águila real o el buitre leonado dominan el cielo, mientras mamíferos como zorros, jabalíes o gatos monteses recorren discretamente el terreno, perfectamente adaptados a condiciones extremas. La vegetación, escasa pero resistente, está formada por especies xerófitas capaces de sobrevivir con escasez de agua, completando un ecosistema en equilibrio. Además, las Bardenas han sido históricamente un territorio de uso humano —pastores, agricultores—, lo que añade una dimensión cultural a su valor natural y refuerza su condición de paisaje vivo. Una realidad que también pone en valor la serie documental Vidas protegidas , que muestra cómo la intervención humana, cuando se basa en el conocimiento y el respeto, puede contribuir a preservar y mejorar estos entornos. Durante mucho tiempo, la necesidad de compartir de Elvia tuvo un único destinatario: su padre. «Se iba de viaje y yo no encontraba la forma de enseñarle lo que descubría», recuerda. La solución fue espontánea: grabar vídeos. «Cuando salía con mi madre y encontraba algo que me flipaba, lo grabábamos y se lo enviábamos». Así nació su cuenta de Instagram: Elvia la rastreadora. En una generación acostumbrada a la inmediatez digital, su discurso introduce una pausa. «Lo más normal es que la gente de mi edad juegue a la Play, a la Wii o vea TikTok… pero es mejor estar en el campo, respirar aire fresco y estar sin móviles». Porque el rastreo, en el fondo, no es solo una técnica. Es una forma de atención. «Deseo hacer documentales como los de Félix Rodríguez de la Fuente o como David Attenborough», y aspira también a formar parte de instituciones como National Geographic o la BBC, espacios donde la naturaleza se estudia, se cuenta y se protege. «Bardenas me ha dado momentos de felicidad, tranquilidad, tardes preciosas que he pasado con mi familia junto a la naturaleza, descubriendo todos los secretos de este sitio espectacular», cuenta Elvia recordándonos esa capacidad humana de reconectar con su entorno. «Nos estamos olvidando de nuestra verdadera casa, que es lo que nos rodea», sentencia. Porque que la naturaleza nunca ha dejado de hablar. Solo hace falta alguien que, como Elvia, se detenga a mirarla. Ahora tienes la opción de detenerte y conocer increíbles historias de la España protegida suscribiéndote al canal de Nuestros Espacios Protegidos.



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